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Cuentos Clásicos del Norte

sus ademanes mayor compostura, pero su entusiasmo primitivo había desaparecido del todo. Sin embargo, parecía más bien abstraído que descontento. Conforme avanzaba la noche se absorbía más y más en sus meditaciones de las cuales no consiguieron arrancarle todos mis esfuerzos. Había tenido yo la intención de pasar la noche en la cabaña como lo acostumbraba a menudo, pero observando la actitud de mi huésped, pensé que era más oportuno despedirse. No me instó para que permaneciera en su compañía, pero estrechó mi mano al partir con mayor cordialidad aun que de ordinario.

Haría un mes de lo que he relatado, intervalo durante el cual nada había sabido de Legrand, cuando recibí en Chárleston la visita de su asistente Júpiter. Nunca había visto al buen negro tan trastornado y creí que algún serio desastre hubiera ocurrido a mi amigo.

— Y bien, Júpiter, —díjele,— ¿de qué se trata? ¿Cómo está tu amo?

— Pá decir verdá, patrón, él no etá tan sano.

— ¿Está enfermo? Lo siento mucho. ¿De qué se queja?

— ¡Ahí etá! ¡Eso é lo pior! Nunca se queja de ná. Pero tá mu mal.

— ¡Muy mal, Júpiter! ¿ Por qué no me dijiste eso de una vez? ¿Está en cama?

— No, señó; eso no. Pero no se sabe por ónde anda. Eso é lo que me duele. El pobre amo Will m'etá dando mucho dolore de cabeza.

— Júpiter, quisiera entender lo que estás diciendo.