Abrir menú principal

Página:Cuentos clásicos del norte.djvu/28

Esta página ha sido corregida
8
Cuentos Clásicos del Norte

 —Nemo me impune lacessit
 — ¡Bien! — exclamó.
 El vino chispeaba en sus ojos, y los cascabeles vibraban. Mi propia fantasía se exaltaba con el Médoc. Pasábamos entre grandes montones de esqueletos mezclados con barriles y toneles en lo más profundo de las catacumbas. Me detuve nuevamente y esta vez me atreví a coger el brazo de Fortunato arriba del codo.
 — ¡El nitro! —exclamé;— mirad, aumenta ahora. Cubre las paredes como musgo. Nos encontramos ahora bajo el lecho del río. Las gotas de humedad escurren entre los huesos. Venid, retrocedamos antes que sea demasiado tarde. Vuestra tos...
 — No vale nada, os digo, —insistió él.— Prosigamos. Pero antes, venga otro trago de Médoc. —
 Rompí una botella de Grave y se la pasé. Vacióla de una vez. Sus ojos relampaguearon con brillo feroz. Rió, y arrojó lejos la botella con un gesto que no pude comprender.
 Miréle sorprendido. Repitió el movimiento, algo grotesco.
 — ¿No comprendéis? — preguntó.
 — No, por cierto, — repliqué.
 — Entonces no pertenecéis a la hermandad.
 — ¿Cómo?
 — No, sois masón.
 — Sí, sí, —aseguré,— sí, sí.
 — ¿Vos? ¡Imposible! ¿Masón?
 — Masón, —repliqué.
 — Un signo, —dijo,— un signo.