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Cuentos Clásicos del Norte

donar el palacio. Sabía yo bien que dichas órdenes eran razón suficiente para provocar la desaparición inmediata de todos y cada uno de ellos tan pronto como hubiera yo vuelto las espaldas.

Cogí dos antorchas de sus candelabros y dando una a Fortunato le escolté a través de una serie de habitaciones hasta el pasillo que conducía a los subterráneos. Bajé una larga escalera de caracol, recomendándole tener precaución cuando siguiera este camino. Llegamos al cabo a la extremidad inferior del descenso, y nos detuvimos juntos sobre el húmedo suelo de las catacumbas de los Montresor.

La marcha de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro repiqueteaban a cada paso.

—¿La pipa? —preguntó.

—Está más allá, —respondí yo; — pero fijaos en las blancas telarañas que relucen en los muros de estas cuevas.—

Volvióse hacia mi y me miró con turbias pupilas que destilaban el reuma de la embriaguez.

—¿Nitro? —inquirió, al fin.

—Nitro, —afirmé.— ¿Cuánto tiempo hace que tenéis esta tos?

—¡Ugh! ¡ugh! ¡ugh! . . . ¡ughl ¡ugh! jugh! . . . ¡ughl ¡ugh! ¡ugh! . . . ¡ugh! ¡ugh! ¡ugh! . . . ¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!—

Mi pobre amigo se encontró incapaz de contestar durante largos minutos.

—No es nada,— dijo al cabo.

—¡Vámonos! — exclamé entonces con decisión,— regresemos; vuestra salud es preciosa. Sois rico, respetado, admirado, amado; sois feliz, como lo era