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El Crimen de la Rue Morgue


Alfonso Carcio, enterrador, declara que reside en la rue Morgue. Es español. Fué uno de la compañía que penetró en la casa. No subió las escaleras. Es nervioso y temía las consecuencias de una emoción. Oyó las voces que disputaban. La voz gruesa era de francés. No pudo distinguir lo que decía. La voz chillona pertenecía a un inglés, está seguro de ello. No conoce el inglés, pero juzga por el acento.

Alberto Montani, confitero, declara que se encontró entre los primeros que subieron la escalera. Oyó las voces en cuestión. La voz gruesa era de un francés. Comprendió varias palabras. El que hablaba parecía amonestar. No pudo entender ninguna palabra de la voz chillona. Hablaba de manera rápida y desigual. Cree que es la voz de un ruso. Corrobora el testimonio general. Es italiano. Jamás ha conversado con ningún natural de Rusia.

Varios testigos certificaron en su segunda declaración que las chimeneas de todos los aposentos del cuarto piso eran demasiado estrechas para admitir el paso de un ser humano. Por "escobas" querían significar escobillones cilíndricos como los que usan los deshollinadores. Estos escobillones se habían pasado de arriba abajo en todos los tubos de chimenea de la casa. No hay pasaje en la parte de atrás por donde pudiera haber escapado el asesino mientras la gente subía las escaleras. El cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye estaba tan sólidamente embutido en la chimenea que apenas lograron bajarle los esfuerzos combinados de cuatro o cinco personas.

Paul Dumas, médico, declara que fué llamado al amanecer para examinar los cuerpos. Ambos yacían sobre el cañamazo del lecho en el aposento donde fué encontrada Mademoiselle L. El cuerpo de la joven tenía muchas magulladuras y excoriaciones. La circunstancia de haber sido embutido en la chimenea bastaría para explicar estas manifestaciones. La garganta estaba horríblemente lacerada. Aparecían huellas profundas de uñas precisamente debajo de la barba, y una serie de placas lívidas producidas a no dudarlo por la impresión de los dedos. El rostro estaba terríblemente amoratado y los ojos salientes de sus órbitas. La lengua veíase mordida en su mayor parte. Descubríóse una gran contusión