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Cuentos Clásicos del Norte

los instrumentos de cuerda. Quizá si los estrechos límites en que se confinaba él mismo al tocar la guitarra eran, en gran parte, lo que daba vida a la índole fantástica de su ejecución. Mas no puede atribuirse a idéntica causa la férvida facilidad de sus improvisaciones. Era sin duda el resultado, tanto en la música como en las palabras de sus desordenadas lucubraciones (pues que a menudo se acompañaba él mismo con rimas verbales improvisadas), de aquella intensa concentración y reacción a la cual aludía anteriormente, y que sólo es dado observar en momentos determinados de gran excitación artificial. Puedo recordar fácilmente las palabras de una de aquellas rapsodias. Sin duda me impresionaron con mayor viveza conforme la escuchaba, en razón del encubierto o simbólico desarrollo de su argumento en que imaginaba yo discernir por vez primera en Úsher la plena conciencia del bamboleo de su elevada razón en su santuario. Los versos, que se titulaban El palacio hechizado, decían más o menos, si no exactamente, como sigue:

En el más fresco de nuestros valles

 de ángeles buenos solaz,
en cierto tiempo un regio palacio, resplandeciente,
 erguía su faz.
Era en los dominios del rey Pensamiento.
 Nunca serafines
desplegaron las alas
 sobre morada más bella.[1]

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  1. Sin pretensiones de traducir en verso las bellísimas rimas de Poe, hemos procurado expresar en simple prosa cadenciosa la idea encerrada en esta poesía y despertar algo de la emoción buscada por el autor.—La Redacción.