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La Ruina de la Casa de Úsher

sin saber por qué; de aquellos cuadros tan vívidos que aun se conserva su imagen ante mí, trataría en vano de expresar algo más que una pequeñísima parte capaz de encerrarse en el compás de la palabra escrita. Por su simplicidad intensa, por la pureza de su diseño, atraían aquellos cuadros, y sobrecogían la atención de manera indecible. Si algún mortal pintó alguna vez la idea, aquel mortal era ciertamente Róderick Úsher. Para mí, en las circunstancias que me rodeaban, brotó al fin de estas extrañas fantasías que imaginaba el hipocondriaco para arrojarlas sobre la tela, una sensación intensa de intolerable pavor, de que no era sombra siquiera la que me hacía experimentar la contemplación de las tétricas, en verdad, pero demasiado concretas imágenes de Fuseli.

Una de las fantásticas creaciones de mi amigo, que no procedía con tan absoluto exclusivismo del espíritu de abstracción, puede describirse siquiera débilmente con palabras. Era un pequeño cuadro representando el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo y rectangular con muros bajos, blancos y pulidos, sin interrupción ni detalles. No se veía orificio alguno en toda su extensión, ni podían descubrirse antorchas ni otro foco alguno de luz artificial; y, sin embargo, un torrente de luz intensa brillaba por todas partes, bañando el conjunto en lúgubre e inadecuado esplendor.

He hablado ya de la condición mórbida de sus nervios auditivos que hacía insoportable toda música al paciente, salvo determinados sones de