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cap.
darwin: viaje del «beagle»

semejante en la historia de los cataclismos terrestres. Sin embargo, el progreso de la ciencia llegará tal vez algún día a dar una sencilla explicación de este fenómeno, como ya lo ha hecho con el por tanto tiempo inexplicable transporte de los cantos erráticos esparcidos por las llanuras de Europa.


Poco es lo que tengo que notar sobre la zoología de estas islas. Anteriormente he descrito el buitre o Polyborus. Hay además algunas otras rapaces, buhos y unas cuantas aves terrestres de pequeño tamaño. Las aves acuáticas son particularmente numerosas, y, si hemos de creer a los relatos de los antiguos navegantes, debieron de abundar más en tiempos pasados. Cierto día observé cómo jugaba un cuervo marino con un pez que había pescado. Hasta ocho veces sucesivas le dejó escapar, y otras tantas se lanzó tras él por debajo del agua y volvió a sacarle a la superficie. En los Jardines Zoológicos he visto a la nutria proceder de igual modo con la pesca viva que le habían echado, imitando lo que hace el gato con el ratón: no conozco otros casos en que la Señora Naturaleza se muestre tan deliberadamente cruel. Otro día, habiéndome colocado yo mismo entre un pájaro bobo (Aptenodytes demersa) [1] y el agua, me divertí sobremanera estudiando sus costumbres. Era un ave valiente, y luchó cara a cara conmigo, haciéndome retroceder hasta que llegó al mar. Sólo a porrazos hubiera sido posible detenerla; defendía pulgada a pulgada el terreno ganado, y se mantenía firme cerca de mí, erguida y resuelta. Durante la lucha daba vueltas a la cabeza de un lado a otro, de una manera extraña, como si el poder de visión distinta residiera sólo en la parte anterior y basal de cada


  1. Hoy se llama Spheniscus magellanicus, y se reserva el nombre de S. demersus para el del Cabo de Buena Esperanza.—Nota de la edic. española.