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cap.
darwin: viaje del «beagle»

llo. Muchos de éstos han perecido a cornadas. Un toro viejo atravesó una corriente fangosa y se plantó en el lado opuesto, frente a nosotros; todos los esfuerzos que hicimos para apartarle fueron inútiles, por lo que nos vimos precisados a dar un gran rodeo. Los gauchos, en venganza, resolvieron emascularle, dejándole inofensivo para siempre. Era digno de ver cómo el arte domina enteramente a la fuerza. Echáronle un lazo a los cuernos mientras embestía al caballo, y otro alrededor de las patas traseras; en un minuto el monstruo estuvo tendido en tierra, reducido a la impotencia. Cuando se ha apretado fuertemente el lazo alrededor de los cuernos de un toro bravo, a primera vista no parece fácil desengancharle sin matar al animal, y, según me dicen, así sería si hubiera de hacerlo un hombre solo. Pero con ayuda de otra persona que sujete con otro lazo las dos patas traseras, la operación se efectúa con prontitud, porque el animal, mientras tiene tendidos los remos posteriores, no puede valerse, y el primer hombre puede aflojar con las manos el lazo, sacándolo de los cuernos, y montar luego tranquilamente en su caballo; y cuando el segundo hombre, acercándose un poco, afloja el otro lazo de las patas, sale él solo merced a las sacudidas de la bestia, que entonces se levanta libre, da un respingo y procura en vano acometer a su antagonista.

Durante todo el viaje entero vi únicamente una tropa de caballos salvajes. Estos animales, así como el ganado vacuno, fueron introducidos por los franceses en 1764 [1], y desde esa fecha se han multiplicado considerablemente. Es un hecho curioso que los caballos nunca hayan abandonado la porción oriental de la isla, aunque no hay límites naturales que les impidan vagar por donde quieran y a pesar de que aquella


  1. Véase Bougainville, Viaje alrededor del mundo, tomo I.