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Mi pretendido suegro se desentendió de lo hiriente de las palabras de mi padre y las pasó por alto, concretándose á convencerlo que debia prestarse a sus planes matrimoniales.

Pero mi padre le declaró terminantemente que si queria que lo siguiera escuchando, no le habia de hablar una palabra en aquel sentido.

-Lo que le dije hace un año, se lo digo ahora, como se lo diria dentro de diez.

Era pues inútil insistir mas y el padre de Arturo se retiró completamente desencantado.

-No debemos pensar mas en eso, dijo á Arturo despues de darle cuenta de lo que acabo de referir.

Es mejor que Luisa vuelva á su lado, que tal vez ella pueda ablandarlo cqn la vista de su inocente hijo.

Si no lo ablanda ella, no lo ablanda ni Jesucristo padre.

Habia en las palabras de aquel hombre una frialdad que me llenó de espanto.

Aquella vuelta al lado de mi padre tenia todo el amargo sabor á un abandono, y yo, sin poderme explicar bien la causa, sentia una inmensa necesidad de llorar.

-Mi padre tiene razon, me dijo Arturo; toda gestion que se hiciera por mi parte, no serviria sinó para irritar á don Luis.

Tú eres la única que puedes convencerlo á fuerza de ruegos y con la orfandad de tu hijo.

Es preciso que vayas á su lado y le hagas todo género de reflexiones, puede ser que el llanto tuyo pueda en su espíritu mas que todas nuestras razones.

Como ya gozas de cierta libertad, porqué lo que has hecho te da un carácter de indipendencia, vendrás tú á verme.

Yo no podré hacer mas que escribirte, puesto que él no me ha de permitir ni acercarme á su casa.

Aquello tenia el carácter de una despedida, pero disimulada.

Yo comprendí demasiado tarde que aquel hombre no me queria, que mi padre tenia toda la razon posible y me resigné á sufrir todas las consecuencias de la ligereza de mi proceder.

-Estoy pronta á hacer todo lo que quieras, dije á Arturo; iré á casa de mi padre y le rogaré con toda la desesperacion que puede tener una madre que pide un padre para su hijo.

¿Y si mi padre á pesar de todo no consiente en dejarme casar?

-Sí ha de consentir, contestó Arturo esquivando una respuesta franca, y si no consintiese ya buscaremos el medio.

Por inocente, por infeliz que yo fuera, debia comprender que lo que aquel hombre queria era verse libre de mí.

Yo, sin la fortuna de mi padre era para él una inmensa carga; estaba hastiado de mí, no me queria ni me habia querido nunca, de otro modo su conducta hubiera sido bien diversa.

Resignada á todo, me preparé á irme á casa de mi padre.

Y aquella misma noche, sin que mi amante tuviera para mí una sola palabra de esperanza y de consuelo, me trasladé á casa de mi padre con mi hijo, que era mi única esperanza de consuelo en este mundo.