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fuera, avivaron allí su vanidad, su falsa emulación; le disimularon el placer de la dicha conquistada por el propio esfuerzo: le ocultaron la miseria ajena que despierta la comprensiva bondad, el dolor originado por la desproporción entre el deseo de llegar a la meta y las dificultades materiales que malogran su ejecución.

Presentada en sociedad, tiene por oficio el exhibirse. No paseará ni bailará, ni asistirá al teatro por recrear el espíritu confortándolo o elevándolo ni viajará por mejorar comparando; ni vivirá para ser feliz en medio de los felices. Será esclava servil de la moda erigida en diosa.

¿Ante esta futura madre de míseros hijos, no exclamaría Quevedo: "Dígote qne nuestros sentidos están engañados de lo que es mujer y ahitos de lo que lo parece?"

Hace un año alguien en Buenos Aires, despertó a la madre que dormita en todo corazón de mujer, llamando con la única voz que merece ser oída, con la que se moja en lágrimas: Fué la doctora Rawson de Dellepiane al fundar su proyecto: "La casa de madres". Creo, con ella, que allí, amparados, la madre soltera — sobre todo — y el hijo, contrarrestarán la ley, la familia y la sociedad que los excluye. Creo que lo hecho, lo ya producido, lo ya inevitable, hallará "en la casa de madres" uno de los remedios más eficaces.

Pero, ¿curaremos con ello el mal, modificaremos las causas? — No. — Las raíces son más hondas: No se renueva la sangre cortando el cáncer.