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ese nombre, por esa clase privilegiada que moldea l pueblo a su imagen y semejanza. La fortuna, la educación esmerada no constituyen una propiedad particular. Por esfuerzos que hayamos hecho hasta adquirirlas no tenemos el derecho de disfrutarlas aisladamente. ¿Cosecharíamos, acaso, sin pensar en el que preparó la tierra y arrojó la semilla? Nadie es hijo exclusivo de sus obras. Cada uno se eleva sobre la experiencia ancestral y cuánto más alto llega mayor es la deuda por ser mayor el capital común usufructuado. ¿Cómo restituirlo equitativamente a los demás sino facilitándoles medios para desarrollar la propia fuerza que les permitirá adueñarse de ese capital común aquilatado por la experiencia, llámesele posición social, bienestar, oro, poder, sabiduría, bondad, carácter, energía, felicidad?

El deber de la aristocracia es servir al pueblo de ejemplo de vida sana y feliz. Parece, a primera vista, deber fácil de llenar. ¿Quién no ama la salud y la dicha y no la ostenta ufano aunque más no sea para exclusivo contentamiento?

Pero es que no se llena un deber sin especiales aptitudes.

Para que esa clase llene su cometido, debe ser privilegiada, a la vez, — especialmente en la fase femenina —, por la educación y por la vida de familia. Así es elemento útil, espejo de buenas costumbres, representante el más alto del pueblo a que pertenece. Pero cuando se trata de una plutocracia