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— incluyendo la puericultura, la educación y Ia instrucción sexual — hará del maestro un hábil colaborador de la naturaleza. El niño educado normal, humanamente, en el hogar y en la escuela, coadyuvará a ese desarrollo científico porque al luchar por la vida — lo que es en esencia luchar por la salud y por la felicidad — no permitirá que se le ceda un derecho que él sea capaz de conquistar.

Y, así, la inteligencia infantil puesta sabiamente en contacto con la naturaleza prometerá fecunda mies. EI placer cle la vida ideativa, el goce supremo de la concentración del pensamiento, de la generalización, de asimilar el porqué de lo creado a nuestra causa interna, siempre insaciable, esa beatitud, vedada a la gran mayoría, le será prometida al niño educado humanamente.

El padre y el maestro se preocuparán de las lecturas propias para el niño y para el joven, evitanclo así esas funestas intoxicaciones literarias que traen por consecuencia una sensibilidad imaginativa intensísima que determina precoces y mórbidas crisis sensuales.

Una inteligencia así formada, hija de un cuerpo normal, sano, distinguirá fácilmente la verdad del error, no se dejará extraviar por doctrinas falaces, ni alimentará creencias dogmáticas en contradicción con la razón y con la experiencia.

Intuirá, por ejemplo, que la doctrina de la evolución es verdadera hasta en su moralidad basada sobre la selección natural; pero que no es más