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alcohólicas, sino yendo a la raíz del mal, matando, poco a poco, la industria misma hasta que, por falta de mercado, el cultivo de la viña se redujera al simple pedido de fruta para el consumo. Sé que a esto se objeta con razones económicas. ¿Acaso no pierde más cada Estado en la lucha infructuosa contra los resultados del alcoholismo? Además, baste esta sola reflexión: la supresión lenta pero radical de toda industria alcohólica dañaría valiosísimos intereses particulares, pero el consumo cada vez más creciente del alcohol abre en la raza humana la brecha de la degeneración progresiva: daño reparable, el primero; irreparable este último.

Afortunadamente, el hijo de padres más o menos degenerados no está condenado sin apelación ante el tribunal de la vida feliz, gracias a la higiene fisiológica y psicológica, porque el impulso normal para la perpetuación de la especie — "el espíritu de la especie", diría Maeterlinck — tiende a reaccionar cuando, desde un principio, se coloca al sujeto en condiciones especialmente favorables.

Hay que tener en cuenta — y es esencial — que el recién nacido no es un diminutivo del adulto. Es un ser imperfecto, desigualmente desarrollado. Cada aparato necesita un tiempo variable para adquirir la fuerza suficiente que lo habilite para funcionar normalmente con relativa autonomía. En el conocimiento de las etapas evolutivas de estos desarrollos parciales y de las causas que favorecen