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Entre el ideal humano y la realidad no pueden jamás originarse inarmonías. Y ahí tenemos el criterio pragmático para distinguir el ideal de la mentira vital. Ante el recuerdo, la fría razón llegará, a despojar a cada acto de la belleza con que el instinto de conservación lo vistió; pero no dejará, de reconocer que esa atrayente apariencia despertó deseos, domeñó apetitos, avivó energías, templó voluntades y orientó la psiquis hacia la conquista del ideal que no es más que la realización imaginativa del super-hombre, la visión profética del devenir humano.

Y como la energía es fuerza que tiende, en lo normal, a realizarse, el hombre actual, al concebirse mejorado, no hará, más que encauzar su energía para que realice, al objetivarse en acción, el tipo humano creado subjetivamente en ideal.

Pero completo en lo porvenir o incompleto en la actualidad, el ideal sano, hijo de lo real, es el incentivo que lleva al progreso, es el alimento de los fuertes luchadores.

No así la mentira vital, la pseudo-religiosidad, ilusión falaz que sostiene a los débiles y cuya brusca ruptura de equilibrio con la realidad desorbita para siempre sus vidas.

La mentira vital: — mitos, dogmas o prejuicios religiosos, falsas vocaciones científicas, artísticas o literarias, mimetismo social o político; falaces teorías o engañosas promesas que deforman y envenenan la inteligencia o la sensibilidad extraviando