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na que jamás la abandonó : "¿Qué ruido es ése?", balbuceó Miss Mary. "Son los niños que entran", alcanzó a oir la Maestra al cerrar para siempre los ojos.

Miss Mary... Cuántos recuerdos evoca su solo nombre...

Era la Maestra, la modeladora de almas, la forjadora de caracteres, la buriladora de individualidades. Su enseñanza, su escuela toda no tuvo sino un fin: despertar en cada uno de sus alumnos la clara conciencia de que cada ser humano es una nueva fuerza en la naturaleza; de que nuestro deber, nuestro deber único, es descubrir esa fuerza, esa energía característica de lo individual, para conocerla y encauzarla.

Inculcaba así a sus alumnos la confianza exclusiva en el propio ser, en las propias fuerzas. Cada uno de nosotros, bajo su sabia, materna1 vigilancia, sentíase fuerza activa, cooperadora en la producción de humana universal energía.

El falso estímulo externo, la envidia rastrera, eran desarraigados natural y fatalmente : Ocupado en bucear dentro del propio ser para descubrirse a sí mismo, el alumno no se preocupaba de compararse con los demás sino con él, siempre y exclusivamente con él mismo.

Excluíase, en la fecunda labor, el desaliento: Hacíanos ver, la maestra admirable, que el hombre ha errado el camino en la vida por haber dado a la inteligencia el supremo valor sin ver, en su vanidoso deslumbramiento, que la inteligencia es