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obedecida, tan impotente era ante ella la inobediencia, Miss Mary tomó la dirección del examen.

Caída como "nueva" en un medio que me era extraño por lo desconocido, no lograba orientarme. ¡Eso no era la escuela que yo había conocido en el internado porteño! ¡Eso era un templo, durante las horas de clase, un paraíso de los muchachos durante los recreos, durante las horas de gimnasia!

Miss Mary — permítaseme que la muestre primero bajo esta fase, — se preocupaba, ante todo, por obtener de cada alumno "el buen animal" de que nos habla Spencer. El horario de la escuela, pese a disposiciones ministeriales en contra, siempre fué discontinuo. "El horario continuo favorece al profesor más que al alumno, — nos decía. — Ustedes no pueden almorzar bien si lo hacen de 8 a 9 a. m. Y están en edad en que la mala alimentación determina enfermedades incurables." — Se valía de toda ocasión para explicarnos qué clase de desayuno y de almuerzo nos convenía más; cuándo y cómo debíamos trabajar y cuándo descansar; aprovechaba los días lluviosos — en un país cuyo año escolar es interrumpido por meses de humedad, de lluvia y de frío, — para mostrarnos cómo debíamos defender nuestros pies, nuestras manos y nuestra ropa de la lluvia y del viento glacial, inculcándonos, de paso, ideas de economía y de cómoda elegancia.

Pero, lo que más nos hacía gustar eran las horas de gimnasia y de recreo. Cuanto juego se inventó, desde la rayuela hasta el football, croquet, lawn-tennis