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ginativo, que va de lo conocido a lo desconocido, piloteado por el sentimiento.

Las concepciones de una inmortalidad feliz o lacerada, que se reducen a juicios de valor sobre las diferentes formas de la vida; de las cuales una es el prototipo del soberano bien (paraíso), y la otra el del soberano mal (infierno), no encierran más que el deseo de vivir siempre, que engendró y organizó, en su lucha con la duda, esa creencia. Ante un peligro, frente al dolor, el deseo intenso de ayuda, inhibiendo los juicios racionales, engendró la creencia, por afirmación inmediata, irresistible, absoluta, inquebrantable; creencia que sólo se explica por la ceguera y la insensibilidad natural ante todo aquello que se opone a un estado emocional agudo. Estado que la lógica de los sentimientos estudia.

El dolor moral buscó un remedio, se esforzó por restituir, aunque fuera por medios artificiales, la cantidad de vida, de energía perdidas, y engendró ese razonamiento de consolación que se llama la plegaria, pseudo-consuelo que no conforta sino a los incapaces de consolarse a sí mismos.

Pero, como llena una necesidad humana, como equilibra, aunque momentánea y falsamente, la línea de la vida, como engendra las grandes convicciones aparentes, se crea una lógica afectiva apropiada y domina inconscientemente a las multitudes.

Son prejuicios, son sofismas del sentimiento, son supersticiones, es decir, esfuerzos impotentes de la razón por guiar inducciones extraviadas. Son ese