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momentos en que el hombre se supera a sí mismo, el sentimiento pseudo-religioso divide en dos la causa del acto dejando, para el hombre, la pasividad fácil y deprimente y, para el dios personal, la actividad superior y estimulante.

Toda creación de un dios antropomorfo, toda idea de intervención divina ocasional, toda desorbitación de la conciencia alucinándola con apoyos externos, no es más que una mentira vital, una alteración morbosa de la personalidad basada en el sentimiento de miedo, de terror ante la potencia inesperada del yo; alteración llevada hasta el desdoblamiento en los casos agudos de erotismo religioso,,de histerimso beatífico o de éxtasis pseudo-divino.

Las creencias, ideas o conclusiones acerca de una vida individual futura, engendradas por la necesidad de gozar, son ejemplos de falaz razonamiento imaginativo que va de lo conocido a lo desconocido piloteado por el sentimiento. Las concepciones de una inmortalidad feliz o lacerada, que se reducen a juicios de valor sobre las diferentes formas de la vida de las cuales una es el prototipo de soberano bien — paraíso — y la otra del soberano mal — infierno, — no encierran más que el deseo de vivir siempre, que engendró y organizó en su lucha con la duda, esa mentira vital. Ante un peligro, frente al dolor, el deseo intenso de ayuda, inhibiendo los juicios racionales, engendró la ilusión de una intervención divina ocasional, explicable por la ceguera e insensibilidad de todo