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llísimas en las que la eufonía es la sola instigadora.

No hay que confundir "la embriaguez de la palabra", puramente evocadora, con la inspiración que crea términos y giros. Esta surge de lo profundo del sentimiento de la idea, de la belleza intrínseca; la otra de la superficie, de la belleza formal.

Seducido por la música del vocablo, sobre todo de la palabra abstracción pura, el niño siente, avivado e imperioso, el deseo de acumular más y más palabras sonidos. Así la región de la abstracción artificial ensancha sus dominios en la psiquis infantil incapacitando cada vez más la inteligencia en sus normales relaciones con la realidad. Poco a poco se ciegan los canales asociativos que van del recepto al concepto. Y el niño es incapaz de observar, de retener lo que ve, de prestar atención al mundo en que actúa. Todos los conocimientos llegan a él por la vía artificial del concepto abstracto y no tienen otro valor que el de relaciones entre sonidos, y Ia memoria verbal, tanto más poderosa cuanto que se nutre con la savia de las otras facultades inertes, lo invade todo.

Este resultado de un mal método de enseñanza hasta ahora en vigor es puesto en evidencia por el sistema de exámenes, sobre todo por el examen oral Como la escuela cultiva la memoria verbal, el examen investiga el poder muemónico. Cuanto se retiene de tal asignatura era y sigue siendo la preocupación escolar; en vez de qué se retiene, cómo se recuerda y para qué sirve.

Ligar la educación a la vida haciéndola surgir