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Es tan artificioso cualquier sistema de enseñanza, fuera del maternal, que el primer cuidado del maestro consiste en hacer buscar y descubrir lo que hay detrás, dentro y alrededor de las palabras que emplea el educando. El lenguaje es el producto psíquico más evolucionado. La vida interior de sinnúmero de generaciones se ha concretado en él, pues cada uno de sus términos y de sus relaciones es síntesis de todo el proceso mental humano. La cautidad de palabras que suministra diariamente la escuela al niño es superior a lo que éste puede asimilar e inferior a lo que la plástica memoria infantil puede retener. Aquí está el peligro. Si no se obliga al educando a emplear siempre términos que no sean los del texto, palabras y formas halladas por él, explicadas y aplicadas por él; si no se le pide cuenta de cada expresión difícil; si no se le exige que no cite a quien no conozca, si no se le estimula a que haga suyo lo que otros conquistaron, si no se hace de cada alumno un crítico de sí mismo, de los condiscípulos, de los textos que maneja, de sus profesores; si no se logra despertar en él el espíritu práctico que aplica lo que sabe a mejorar la vida y la vida a aumentar el saber, no se educa. Se favorece el psitacismo, la logorrea.

Adquirido el hábito de ver en las palabras cosas, hechos, relaciones y no simples sonidos, la lectura de la página más sencilla es fuente de conocimientos imborrables. Rehaciendo, al interpretar la