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Al indagar si conviene la forma oral o la escrita, detengámonos ante el examen en general.

¿Qué objeto tiene? ¿Es pura y exclusivamente inquisitivo? ¿Favorece el desarrollo mental del estudiante? ¿Conviene al profesor como elemento de juicio? Si inquiere, ¿debe investigar especialmente las aptitudes muemotécnicas o las aptitudes humanas en general? ¿Se examinará lo que recuerde el alumno sobre tal o cual materia, o la asimilación y aplicación del conocimiento será el índice de la cultura integral? ¿La materia examinada es un fin o es el medio de llegar a un fin? ¿Puede y debe ser práctica la forma de todo examen? Es el examen tan sólo un comprobante del nivel intelectual alcanzado o es, además, un medio eficacísimo de educar y de educar para la vida?

La página transcripta del "Diario de una normalista" resuelve muchas dudas. Reflejo fiel de lo que es el examen en general, lo condena sin apelación: Esa aparatosa tortura, esa máquina inquisitorial no es examen ni es nada. Resabio de anticuados prejuicios, sostiene como criticaría Montaigne, que amueblar el espíritu es educarlo; que aprender de memoria es saber; que ingerir sin asimilar es alimentar; que reflejarse es poseer.

El precio de la memoria depende del valor de lo conservado por ella. Si le damos a guardar palabras y más palabras, ¿de qué sirve que sea tenaz al retener, rápida y fiel al evocar? Parece cosa de nada, pero, ¡cuánta importancia tienen en la vida los hábitos adquiridos en el estudio!