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en constructora de abstracciones en guerra abierta contra la lógica de las realidades.

Luego todo ideal es eterno si evoluciona adaptándose a la vida. Degenerado o en vías de desaparecer no muere enteramente: queda siempre de él el acrecentamiento de la energía interior.

El ejemplo más nuestro porque más nos duele, de cómo degenera por cristalización un ideal, lo proporcionan las virtudes cristianas, "al principio indispensables" para corregir la virulencia del egoísmo nativo y contrarrestar los abusos naturales pero anti-sociales de los poderosos a fin de hacer posible la vida en común; pero hoy nocivas a las sociedades caducas, excesivamente domesticadas, cuyos ardores para la acción y la lucha piden más bien "enérgicos revulsivos", según la intensa expresión de Carlos Reyles.

Amiel señala, y con razón, que al escindir al hombre en interior y exterior, al mundo en tierra y cielo, al más allá en infierno y paraíso, el cristianismo ha descompuesto la unidad humana. Aún no ha digerido la cristiandad esa potente levadura; todavía no se ha conquistado a sí misma; aún vive bajo la antinomia del pecado y de la gracia, del aquí abajo y del allá arriba.

¡Y pensar que a veces no basta el esfuerzo ciclópeo de toda una vida para desarraigar, en lo posible, esos prejuicios religiosos mamados con la leche y cimentados con la primera educación! ¿No es humano arrancar las mentes y los corazones infantiles al fúnebre lecho de Procusto de la educación