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profesar esa reviviscencia del fatalismo encarnado en el incompleto determinismo actual.

Se acrecentará así la admiración por el cosmos ante la potencia infinita en él desplegada, núcleo de la religiosidad.

Y esa religiosidad se humanizará cuando cada ser acepte como verdad que la naturaleza, al producir un nuevo individuo, está orientada hacia un fin superior al de la conservación de la especie. Ese fin es la ascensión, el modo de hacer que la criatura supere al creador: Verdad, núcleo de la educación sexual.

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El núcleo del mal que tratamos de poner en evidencia está en el prejuicio religioso del pecado; en esa absurda denominación de órganos y funciones vergonzosas; en esa reacción cristiana —útil dique en sus comienzos que detuvo la ola corrompida de la civilización pagana en decadencia,— pero que llevada a exageraciones perjudiciales, nutrió el error funesto de creer que el pudor consiste en la ignorancia.

El remedio está en nuestras manos: es la educación integral.

Y lo que fecundará esta enseñanza, desarraigando definitivamente el pseudo sentimiento religioso actual, será el sentimiento hondo, intenso, sagrado, de la vida, tanto más expansivo, tanto más universal, cuanto más profunda, cuanto más humanamente individual sea.