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ba y gritaba tanto que se le podía oír al otro lado del mercado. Engañaba en el peso y daba piltrafas, y las mujeres, aunque lo advertían, le dejaban hacer lo que le parecía, aturdidas por sus gritos, y sólo alguna vez que otra le dirigían tal o cual palabra poco lisonjera.

—¡Qué bandido! ¡Vaya un granuja!

Al alzar y dejar caer el hacha sobre la carne, tomaba actitudes coquetas y agitaba con tal violencia la herramienta que yo temía que le abriese a alguien la cabeza o le cortara un brazo.

Después de estar un rato en la carnicería, me dirigí a casa del gobernador.

Mi gabán olía a carne y a sangre. De un humor de todos los diablos, yo caminaba como un condenado.

Subí una gran escalera cubierta con una alfombra a rayas. Un señor de frac—probablemente el secretario del gobernador—me indicó la puerta por donde debía entrar, y corrió a anunciar mi llegada.

Entré en un salón amueblado lujosamente pero sin gusto alguno. Entre las ventanas había altos y estrechos espejos. Pretendiendo adornarlas, herían desagradablemente la vista unas cortinas amarillas. Se advertía que los gobernadores que habitaban aquella casa se sucedían unos a otros sin que el mobiliario cambiase nunca. El paso de aquellos funcionarios por allí era tan rápido que a todos les tenía sin cuidado cómo estaba puesta la casa.