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Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña

—¡Eso no es verdad!—responde el otro—. Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.

—¡Palabra de honor!

—¡Oh, tú honor! No daría yo por él ni un céntimo.

Yona, deseoso de entablar conversación , vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.

—¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!

—¡Vamos, vejestorio!— grita enojado el chepudo—. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

—Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió ha semana pasada...

—¡Todos nos hemos de morir!—contesta el chepudo—. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.

—Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo—le aconseja uno de sus camaradas.

—¿Oyes, viejo estafermo?—grita el chepudo—. Te la vas a ganar si esto continúa.

Y hablando así, le da un puñetazo en la espada.