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zos patinosos con marcos de caoba, restos de lujos pretéritos.

En el jardín, al otro lado de la terraza y no lejos de ella, veíanse algunos cuadros de amapolas y de claveles medio secos, y numerosos abedules y tilos jóvenes, que solían crecer demasiado cerca unos de otros y se quitaban espacio mutuamente.

Más allá no había otros árboles que algunos cerezos, manzanos y perales, dispersos entre la hierba que hacían del jardín un prado, y tan altos y copudos que no era empresa fácil reconocer a primera vista su especie.

Se advertía que nadie cuidaba del parque, cuyas plantas estaban enfermas, roídas por los gusanos, mutiladas. La parte donde se hallaban los cerezos, los manzanos y los perales la tenían alquilada unos fruteros de la ciudad y la guardaba un campesino medio imbécil que habitaba allí mismo, en una barraca.

El jardín descendía por aquella parte hasta el río y lo limitaba una línea de sauces y cañas. En la ribera había un viejo molino, con tejado de paja, que producía un ruido ensordecedor como si le poseyese una gran cólera. Junto al molino, el agua era profunda e inquieta y abundaba la pesca.

En la ribera opuesta agrupábase el caserío de la aldehuela de Dubechnia.

Era un lugar poético y pintoresco. A la sazón pertenecía todo aquello al Ingeniero Dolchikov.

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