Página:Anton Chejov - Historia de mi vida - Los campesinos.djvu/437

Esta página ha sido corregida

tre cielo y tierra hay algún lazo, que existe algo no perteneciente a los ricos ni a los fuertes, que es posible encontrar protección contra la esclavitud, contra la miseria, contra el alcohol.

—¡Protectora! ¡Madrecita!—lloraba María—. ¡Madrecita!.

Pero la acción benéfica de la gracia sólo duró lo que la presencia del icono, y no tardaron en oírse de nuevo, en el silencio campesino, voces groseras de borrachos.

Sólo los campesinos ricos le tenían miedo a la muerte, y cuanto más ricos se hacían menos creían en Dios, menos se preocupaban de la salvación de su alma. Únicamente cuando ya iban a morirse, y por lo que pudiera ocurrir, enviaban velas a la iglesia y mandaban cantar un Tedéum. Los campesinos pobres no le temían a la muerte. El viejo y la vieja, aunque a veces se les decía que ya habían vivido demasiado, que ya era hora de que se muriesen, no se apuraban. Se hablaba sin reparo, en presencia de Nicolás, de que cuando él se muriese, Dionisio, el marido de Fekla, recibiría la licencia absoluta. María, no sólo no le temía a la muerte, sino que se dolía de que se hiciera esperar, y se congratulaba de la de sus hijos.

Sin embargo, los campesinos les tenían un miedo exagerado a las enfermedades. Bastaba una indigestión, una calenturilla, para que la vieja se acostase en la chimenea, se tapase y empezara a decir quejumbrosamente: