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—Oye, muchacho: te doy un minuto para hacer salir a estos caballeros. Molestan a estas señoras y no quiero verlas cohibidas. ¿Entiendes?

—Este individuo se cree sin duda en una cuadra—dijo Gestiakov—. ¡Que venga Estrat Spiridonich!

—¡Estrat Spiridonich! ¡Estrat Spiridonich!—se oyó gritar por todas partes.

No tardó en aparecer Estrat Spiridonich, con su uniforme de policía.

—¡Le ruego que salga de aquí!—exclamó con voz ronca y mirada terrible.

—¡Dios mío, eres tremendo!— contestó riéndose el enmascarado—. Me has dado un susto... Sólo con ver tus ojos, hay para morirse de miedo, ¡ja, ja, ja!

—¡Cállate!—rugió Estrat Spiridonich con toda la fuerza de sus pulmones—. Sal en seguida, si no quieres que llame a los agentes.

El escándalo, en la biblioteca, había llegado al colmo. Estrat Spiridonich gritaba, rojo como un cangrejo, y pateaba. Gestiakov, Belebujin, el gerente del club y los demás intelectuales gritaban también. Pero a todas las voces se sobreponía la voz de bajo, formidable, del enmascarado.

Los bailes del salón cesaron, y el público corrió a la biblioteca, atraído por la batahola.

Estrat Spiridonich llamó a cuantos agentes de policía se hallaban en el club, y comenzó a instruir un proceso verbal.

—¡Dios mío, qué va a ser de mi ahora!—decía, burlándase, con tono quejumbroso, el enmascarado—. ¡Qué desgraciado soy! Me he perdido para