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quien, como yo, no estaba acostumbrado a ver un lujo parecido. Ricos tapices, amplios sillones, cuadros con marcos de terciopelo, bronces. Se veían en las paredes retratos de bellas mujeres de rostro inteligente, en actitudes descocadas. Una puerta de cristales ponía la estancia en comunicación con una gran terraza cuyas escalinatas bajaban a un ameno jardín. En la terraza se veía una mesa servida para el almuerzo adornada con profusión de rosas y lilas y bien provista de botellas.

Flotaba en el aire el aroma de un cigarro habano. Sonreían allí el sol, la primavera y la felicidad. Se advertía que en aquella casa moraban el contento, la satisfacción, la ventura.

Ante la mesa de despacho estaba sentada, leyendo un periódico, la hija del ingeniero.

—¿Quiere usted ver a mi padre?—me preguntó—. Está bañándose y no tardará en salir. Tenga la bondad de sentarse.

Me senté.

—Usted vive en la casa de enfrente, ¿verdad?—me dijo, tras un corto silencio.

—Sí.

—Algunas veces me distraigo mirando por la ventana—continuó, sin apartar la vista del periódico—y los veo a usted y a su hermana. Su hermana de usted tiene una cara muy simpática, una cara leal y seria.

En aquel momento entró Dolchikov frotándose el cuello con una toalla.