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ne usted una cara excelente! Hoy sí que me da gusto verlo.

—Sí, querido colega, ya es tiempo de restablecerse—añadió Jobotov con un bostezo—. Yo creo que usted mismo lo estará deseando ya también.

—Sí, ahora los progresos se van a notar día por día—añadió con alegre voz Mijail Averianich—. Todavía hemos de vivir cien años. ¿No es verdad, querido amigo?

—Cien años sería mucho pedir, pero le garantizo unos veinte más—declaró Jobotov—. Y, sobre todo, querido colega, mucha calma. Todo irá bien, ya lo verá usted.

—Sí, todo irá bien—repitió Mijail Averianich, dándole al doctor un golpecito en la rodilla—. Todavía vamos a tener tiempo de correr juergas. ¡Ja, ja, ja! El verano entrante iremos juntos al Cáucaso y haremos excursiones a caballo por el monte. Y luego, de vuelta del Cáucaso, tal vez, tal vez casaremos al amigo...

Y guiñó maliciosameste los ojos.

—¿Eh? ¿Usted qué opina? ¿No es una buena idea? ¿Por qué no? Ya le encontraremos novia digna, y... ¡vivan los novios!, ¡vivan los recién casados!

El viejo doctor sintió de pronto que la rabia lo ahogaba.

—¡Es intolerable lo que están ustedes diciendo!—declaró levantándose bruscamente y poniéndose junto a la ventana—. ¿No se dan ustedes cuenta de que esas bromas son de muy mal gusto, son repugnantes?...