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—Nada tienen que hacer aquí la moral ni la lógica. Es el azar el que decide. El que ha sido encerrado aquí, aquí se queda; y los otros siguen en libertad. El hecho de que el médico sea yo, y el enfermo usted, nada tiene que ver con la moral ni la lógica: no es más que un azar.

—Yo no entiendo esas necedades—dijo Gromov con voz sorda.

Y se sentó otra vez en la cama.

Moisés, a quien Nikita no se había atrevido a despojar en presencia del doctor, comenzó a poner en su cama trozos de pan, pedazos de papel, huesos; y, siempre temblando de frió, se soltó hablando en hebreo muy presurosamente; acaso se imaginaba ser dueño de una tienda.

—¡Déjeme usted en libertad!— dijo Gromov con voz temblorosa.

—No puedo.

—Pero, ¿por qué, por qué?

—Porque no depende de mí. Supongamos que lo pongo a usted en libertad: no le aprovecharía a usted gran cosa. Al instante, los vecinos del pueblo o la policía, lo volverían a arrestar y me lo traerían aquí otra vez.

—Sí, es verdad.

Y Gromov se daba en la frente, como tratando de descubrir una solución.

—¡Qué horrible situación! Entonces, dígame usted, ¿qué hacer?.

Y su voz, su expresión inteligente, conmovieron y sedujeron al doctor. Sintió un gran deseo de con-