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ya literato. Pero mis sueños no se habían realizado. Aunque sentía marcada inclinación por los placeres espirituales—principalmente por los que nos procuran las letras—, no sabía hasta qué punto el trabajo intelectual concordaría con mis aptitudes. En el Liceo manifesté una aversión tal a la lengua griega que me echaron sin aprobar el cuarto año. Luego estudié en casa mucho tiempo, con profesores particulares, para poder examinarme y pasar al quinto año; después desempeñé todos los empleos de que he hablado, me dediqué a perder el tiempo en una porción de oficinas, lo cual me aseguraban que era trabajo intelectual. Mi servicio en tales oficinas no exigía de mí ni esfuerzos de ingenio, ni talento, ni capacidad personal, ni inspiración. Mi trabajo no difería en nada del de una máquina, y era, en mi sentir, más despreciable que cualquier trabajo físico. Me parecía imperdonable la vida ociosa, inútil, de la mayoría de los pretendidos trabajadores intelectuales, verdadera vida de parásitos. Quizás me equivocase. Quizás no tuviese yo idea de lo que es el auténtico trabajo intelectual.

***

Empezó a anochecer.

Nuestra casa se hallaba en la calle de la Nobleza, por la que, a falta de un buen jardín público, se paseaba todas las tardes la gente distinguida de la ciudad.