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llas y á darnos de comer; y á hora de mediodia lle- gamos al cuerpo de la ciudad, donde nos habi- mos de aposentar, que era en una casa grande que habia sido de su padre de Guanacacin, señor de la dicha ciudad. Y antes que nos aposentásemos, es- tando toda la gente junta, mandó apregonar, so pena de muerte, que ninguna persona sin mi licen- cia saliese de la dicha casa y aposentos; la cual es tan grande, que aunque fuéramos doblados los es- ñoles, nos pudiéramos aposentar bien á placer en ella. Y esto hice porque los naturales de la di- cha ciudad se asegurasen y estuviesen en sus ca- sas; porque me parecia que no viamos la décima parte de la gente que solia haber en la dicha ciu- dad, ni tampoco veíamos mujeres ni niños, que era señat de poco sosiego. Este día que entramos en esta ciudad, que fué vispera de año nuevo, despues de haber entendido en nos aposentar, todavía algo espantados de ver poca gente, y esa que viamos muy rebotados, te- niamos pensamiento que de temor dejaban de aparecer y andar por su ciudad, y con esto estábamos algo descuidados. E ya que era tarde, ciertos españoles se subieron á algunas azoteas altas, de donde podian sajuzagar toda la ciudad, y vieron como todos los naturales della la desamparaban, y unos con sus haciendas se iban á meter en la laguna con sus canoas, que ellos llaman acales, y otros se subieron á las sierras.E aunque yo luego mandé proveer en