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res sus sufragáneos, eran y se mostraban muy par- ciales de las de Culúa, por que el señor della era su natural, y aun pariente de Muctezuma. E iba en mi compañía tanta gente de los naturales de la tier- ra, vasallos de vuestra majestad, que casi cubrian los campos y sierras que podiamos alcanzar á ver. E de verdad habia más de ciento y veinte mil hom- bres. Y llegamos sobre la dicha ciudad de Izzucan á hora de las diez, y estaba despoblada de mujeres y de gente menuda, é habia en ella hasta cinco ó seis mil hombres de guerra muy bien aderezados. Y como los españoles llegamos delante, comenzaron algo á defender su ciudad; pero en poco rato la desampararon, porque por la parte que fuimos guia- dos para entrar en ella estaba razonable entrada. E seguímoslos por toda la ciudad hasta los facer saltar por encima de los adarves (1) á un rio que por la otra parte la cerca toda, del cual tenian que- bradas las puentes, y nos detuvimos algo en pasar, y seguimos el alcance hasta legua y média más, en que creo se escaparon pocos de aquellos que allí quedaron. Y vueltos á la ciudad, envié dos de los naturales della, que estaban presos, á que hablasen á las personas principales de la dicha ciudad, por- que el señor della se habia tambien ido con los de Culúa, que estaban allí en guarnicion, para que los

(1) Adarve es término arábigo, que es el espacio que hay en los muros donde se levantaban las almenas.