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muy mal herido en la cabeza, de dos pedradas; y despues de me haber atado las heridas, hice salir los españoles del pueblo, porque me pareció que no era seguro aposento para nosotros. E así caminan- do, siguiéndonos todavía los indios en harta canti- dad, los cuales pelearon con nosotros tan reciamen- te, que hirieron cuatro ó cinco españoles y otros tantos caballos, y nos mataron un caballo que, aun- que Dios sabe cuánta falta nos hizo y cuánta pena recibimos con habérnosle muerto, porque no tenia- mos, despues de Dios, otra seguridad sino la de los caballos, nos consoló su carne, porque la comimos, sin dejar cuero ni otra cosa dél,segun la necesidad que traíamos; porque despues que de la gran ciu- dad salimos, ninguna otra cosa comimos sino maiz tostado y cocido, y esto no todas veces ni abasto, y yerbas que cogiamos del campo. E viendo que de cada dia sobrevenia mas gente y mas recia, y nos- otros íbamos enflaqueciendo, hice aquella noche que los heridos y dolientes, que llevábamos á las ancas de los caballos y á cuestas, hiciesen maletas y otras maneras de ayudas como se pudiesen soste- ner y andar, porque los caballos y españoles sanos estuviesen libres para pelear. Y pareció que el Es- píritu Santo me alumbró con este aviso, segun lo que á otro dia siguiente sucedió; que habiendo par- tido en la mañana deste aposento, y siendo aparta- dos legua y media dél, yendo por mi camino, sa- lieron al encuentro mucha cantidad de indios, y