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paso ó parte donde ellos se pudiesen aprovechar mejor de ná. E con este temor fuí al mejor recau- do que pude, fasta que llegué á la ciudad de Tes- nacan (1), que como ya he hecho relación á vues- tra majestad, está en la costa de aquella, gran lagu- na. E allí pregunté á algunos de los naturales delía por los españoles qué era la gran ciudad ha- bían quedado. Los cuales me dijeron que eran vi- vos, y yo les dije que me trajesen una canoa, por- que quería enviar un español á lo saber; y que en tanto qué él iba, había de quedar conmigo un na- tural de aquella ciudad, que parecia algo principal, porque los señores y principales della de quien yo tenia noticia, no parecía ninguno. Y él mandó traer la canoa, y envió ciertos indios con el español que yo enviaba, y se quedó conmigo. E estándose em- barcando este espanol para ir á la dicha ciudad de Temixtitan, vio venir por la mar (2) otra canoa, y esperó á que llegase al puerto, y en ella venia uno de los españoles que habían quedado en la dicha ciudad, de quien supe que eran vivos todos, excep- to cinco ó seis que los indios habían muerto, y que los demas estaban todavía cercados, y que no los dejaban salir de la fortaleza, ni los proveían de co- sas que habían menester, sino por mucha copia de rescate; aunque después que de mi ida habían sábí-

(1) Tezcuco. (2) Por la laguna que llamaban mar, como en la Sagrada Escritura se llama mar la laguna de Tiberiades.