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todo el oro (1) y plata y joyas que en la tierra se habian habido, así de vuestra alteza como de espa- ñoles y mios, se perdia la mejor y más noble ciu- dad de todo lo nuevamente descubierto del mundo; y ella perdida, se perdia todo lo que estaba ganado, por ser la cabeza de todo y á quien todos obede- cian. Y luego despaché mensajeros á los capitanes que habia enviado con la gente, haciéndoles saber de que me habian escrito de la gran ciudad, para que luego, donde quiera que los alcanzasen, volviesen, y por el camino más cercano se fuesen á la provincia de Tlascaltecal, donde yo con la gente ostaba en compañía, y con toda la artillería que pude y con setenta de caballo me fuí á juntar con ellos, y allí juntos y hecho alarde, se hallaron los dichos seten- ta de caballo y quinientos peones. E con ellos á la mayor priesa que pude me partí para la dicha ciu- dad, y en todo el camino nunca me salió á recibir ninguna persona del dicho Muteczama, como antes o solian facer, y toda la tierra estaba alborotada y casi despoblada; de que concebí mala sospecha, creyendo que los españoles que en la dicha ciudad habian quedado, eran muertos, y que toda la gen- te de la tierra estaba junta esperándome en algun

(1) Casi todo el oro y joyas que tenia Cortés y los españo- les se perdieron, y cuando se paró á México por fuerza, los Indios todo le arrojaron al agua, porque casi nada pareció; porque Dios mostró en esto que la conquista más habia sido por grapar las almas que los metales.