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Biblioteca del Congreso Nacional de Chile — 11


De libros y Bibliotecas: o el valor detrás del correcto gobernar.

<< Autor: David Vásquez Vargas

Primeras páginas de la antigüedad.

La complejidad que alcanzó la sociedad sumeria establecida entre los ríos Tigris y Éufrates, hace cinco mil años, conllevó al paulatino reemplazo de la memoria colectiva, como dispositivo del registro de la vida, por tablillas de arcilla que registraron, desde entonces, los compromisos administrativos y contables, la política interna, las sucesiones dinásticas, los pactos con otros reinos, sus leyes, sus dioses y sus batallas. A partir de entonces, la tradición y el conocimiento se transformaron en información preservada en habitáculos especiales destinados a la educación y al testimonio de la memoria histórica y, asimismo, como respaldo para el ejercicio del poder religioso, económico y político. Desde sus orígenes, el registro físico de la vida de los hombres fue muy valorado, de hecho, en las permanentes batallas entre ciudades y pueblos, las construcciones y palacios eran arrasados, pero siempre se cuidaba de apoderarse de las tablillas de arcilla. La escritura inauguró así, el registro histórico de la vida humana. La memoria oral se transformó en memoria escrita y permanente. Y junto con el registro, se incorporó el concepto de organización de la información, estableciéndose de este modo las bibliotecas como conjuntos organizados de documentos para su uso por parte del poder y de la comunidad.

Una de las bibliotecas de las que se conoce mayores detalles, fue la del rey asirio Assurbanipal, quien en el siglo VII A.C., organizó sus miles de tablillas, fabricadas en sus hornos, compradas a lejanos príncipes y arrebatadas de todos los rincones de Mesopotamia, en series temáticas que incluían, por ejemplo, trabajos