Oro y ébano: 042


¡Lejos! (Oro y ébano)Editar




De cuando en cuando, un hálito de fuego,

llega hasta mí y el corazón me abrasa;

quema mi frente pensativa y pasa

como un aroma por mis labios, luego.


Pierde entonces mi espíritu el sociego

y huye de mí... los ámbitos traspasa

y llega hasta la verja de tu casa

donde escuché al partir... tu último ruego.


Aquél, «¡No me abandones!» que dijistes

con tus labios pegados a mi boca,

la postrera mañana en que me vistes.


¡Y lleno de dolores, comprendo al punto,

que aquel hálito ardiente que me toca,

es el alma de aquel beso difunto.




Oro y ébano de Julio Flórez
A Bogotá -

A la torre de Panamá (La antigua) - Canción - Candor -
Décima - El barquero misterioso - El entierro de Lila - El poder del canto -
En el monte - Introducción (Al poeta) - La desahuciada - La novia eterna -
Las manos de mi madre - Los besos en los ojos - Ocaso y orto - Paisaje de verano -
Primera aurora - Regreso y adiós a la ciudad - Soneto - Tu alma -
Tu pañuelo - A Colombia - A una niña - Canciones -
Como las olas - Dos amarguras de distinta fuente - El canto del cisne - El hermano Jorge Pombo -
En el divan - Estrellas - La balada inédita - La hurí del pescador -
La ondina - Lo que dirán los ángeles - Más allá - Ósculo tropical -
Pordioseros de amor - Regreso al pasado - Solos - Sumersión -
Tu cuerpo - ¡Lejos! (Oro y ébano) -