Orlando furioso, Canto 6

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Canto VI
Orlando Furioso
 de Ludovico Ariosto


1 ¡Oh mísero el que obrando mal confía
que siempre su delito oculto reste,
pues, cuando todos callan, con porfía
la tierra y aire dan cuenta de éste!
Y Dios hace que, luego de algún día
que deja al pecador que el mal deteste,
él mismo, sin que a hablar nadie lo llame,
inadvertidamente lo proclame.

2 Había creído il necio Polineso
que su obra enteramente escondería,
quitándose a Dalinda con suceso,
que sólo ella el delito conocía;
y, añadiendo al primero este otro exceso,
aprestó el mal que diferir podía
quizás, o desviar de su camino;
mas por mucho aguijarlo a morir vino;

3 y a un tiempo perdió amigos, vida, estado,
y honor, de entre los cuatro el mayor daño.
Ya dejé dicho que le fue rogado
decir quien fuese al esforzado extraño.
Al fin el yelmo alzó, y el rostro amado
mostró, que hurtó a la gente aquel engaño;
y viose claro que Ariodante era,
aquel que había llorado Escocia entera;

4 aquel al que su hermano había por muerto
llorado, y junto a él, Ginebra había,
y corte y rey y pueblo al descubierto:
tal era su bondad y valentía.
Mentido cuanto dijo de él, e incierto,
el peregrino ahora parecía;
mas fue verdad que del marino tajo
lo vio tirarse al mar cabeza abajo.

5 Mas (como suele darse en el suicida
que de lejos desea hallar la muerte
y la odia en la ocasión de la partida:
tanto le es el paso amargo y fuerte)
Ariodante, en tocando la rompida,
renegó de morir, y por ser fuerte
y diestro más que nadie en esta posta
rompió a nadar, y regresó a la costa;

6 y, odiando y despreciando como loca
aquella furia de acabar la vida,
vagó bañado, y arribó a una roca
en que un pobre ermitaño hacía vida.
Allí oculto de toda lengua y boca
paró hasta ver si, al ser su muerte oída,
del caso aquel Ginebra se alegraba
o en cambio con dolor la lamentaba.

7 Supo después que de dolor tan fuerte
a punto de morir Ginebra estuvo
(que al fin la fama se extendió de suerte
que en toda Escocia de decirse tuvo),
contrario efecto aquel al que en su muerte
creyó que dentro de Ginebra hubo.
Y supo luego que con crudo porte
Lurcanio la acusó ante el rey y la corte.

8 No menos de ira ardió contra el hermano
que por Ginebra ya de amor ardiera;
que el acto reputó cruel e inhumano,
por más que por él mismo hecho lo hubiera.
Y oyendo que no había quien la mano
en defensa de Ginebra allí ofreciera
(que era Lurcanio tan fuerte y valiente
que obviaban todos el tenerlo enfrente;

9 pues quien lo conocía, lo juzgaba
tan discreto, tan sabio y tan despierto
que, aunque no fuese cierto lo que hablaba,
no quería arriesgarse a ser de él muerto;
y así la mayor parte rehúsaba
tomar defensa que saliese a tuerto),
Ariodante, tras gran estudio, piensa
hacer ante el hermano él la defensa.

10 «¡Ay triste!», se decía, «no podría
sentir por causa mía que ella muera:
mi muerte más que amarga y cruel sería,
si antes de mí morir a ella la viera.
Ella es mi dama, mi consuelo y guía,
ella es la luz en que mi ser prospera:
justo es que a tuerto o a derecho acuda,
y muerto acabe al hierro por su ayuda.

11 »Sé que contra razón en campo entro
y he de morir; mas, si algo hay que me apene,
es que sé que, muriendo yo allá dentro,
mujer tan bella luego a morir viene.
Sólo un consuelo en el morir encuentro,
y es que, si Polineso amor le tiene,
habrá podido ver por cosa clara
que no dio por su ayuda ni aun la cara.

12 »y a mí, que tan patente me ha ofendido
verá que, por salvarla, soy difunto.
De mi hermano también, porque ha encendido
tal fuego, tomaré venganza a un punto;
que ha de penar, después que haya entendido
cuál es el fin de su cruel asunto:
habrá creído vengar así al hermano
y en cambio lo habrá muerto por su mano.»

13 Cuando quedó su pensamiento mudo,
nuevas armas tomó, nueva montura,
y negra sobreveste, y negro escudo
con adornos de verde en la factura.
Por caso un escudero hallarse pudo
de nadie conocido, y lo procura;
y así encubierto (como he ya narrado)
se presentó contra el hermano armado.

14 Dejé contado ya como acaeciera,
y como conocido fue Ariodante.
No menos satisfizo al rey que él fuera
que el ver su hija otra vez libre del plante.
Y así pensó que nunca se pudiera
hallar más fiel y más rendido amante,
pues contra el propio hermano su defensa
quiso tomar después de tanta ofensa.

15 Y por su inclinación (que asaz lo amaba),
y los ruegos constantes de la corte
y del franco, que más que nadie instaba,
lo hizo de su bella hija consorte.
El ducado que el rey recuperaba
al morir Polineso en justa corte,
vacar no pudo en más propicia empresa,
pues por dote lo entrega a la princesa.

16 Rogó para Dalinda el franco gracia,
y al fin se le excusó el error presente;
y ella haciendo voto, y porque sacia
ya era del mundo, a Dios volvió la mente:
como monja partió para la Dacia,
y Escocia abandonó inmediatamente.
Mas tiempo es ya de que a Rogelio atienda
que sulca el viento con ligera rienda.

17 Por más que sea Rogelio valeroso
y no muestre su piel la color roja,
no quiero yo creer que tembloroso
no tenga el corazón más que una hoja.
Lo saca el volador corcel brioso
de Europa, y a distancia ya lo arroja
fuera del natural y grande hito
que fue a las naves de Hércules prescrito.

18 Este hipogrifo, extraña y grande ave,
tan presto es en el vuelo y tan gallardo,
que en mucho excedería a aquel muy grave,
raudo ministro del fulmíneo dardo.
No cruza el cielo otro animal tan suave,
que otro cualquiera fuera a esto más tardo:
presumo apenas que saeta o trueno
caigan del cielo con más débil freno.

19 Después que hubo el corcel mucho volado,
en línea recta, sin jamás desviarse,
con amplios giros, ya del cielo hastiado,
sobre una isla comenzó a posarse,
similar ésta a aquella en que, al pasado
tras mucho de su amante Alfeo celarse,
llegó la virgen Aretusa en vano
por paso bajo el mar ciego y arcano.

20 No vio más bella ni agradable tierra
en todo el vuelo en que extendió la pluma;
ni, aunque hubiera una vez vuelto la Tierra,
habría visto más fecunda suma;
como era aquella en que la bestia atierra
después que un giro último consuma:
verdes collados, lúbricas llanuras,
umbrosos valles y corrientes puras.

21 Bellos bosques de altos palmerales,
de amenísimos mirtos y laureles,
cedros y preñadísimos frutales
trenzados en curiosos capiteles,
daban de las calores estivales
abrigo entre sus túpidos doseles;
y entre sus tiernos ramos protectores
cantando rebullían los ruiseñores.

22 Entre albo lirio y rosa colorada,
que siempre verdes fresca aura conserva,
tenían conejo y liebre allí morada;
y con su altiva frente allí la cierva
sin temer ser de cazador cazada
o pace o rumia la jugosa hierba;
saltan el gamo y cabritillo alpestre
que abundan en aquel lugar silvestre.

23 Cuando es tan cerca el ave de la tierra
que ya no siente peligroso el salto,
presto el arzón Rogelio desaferra
y a aquel frondoso edén su pie da asalto;
mas aún el puño con las riendas cierra,
por que el bruto sin él no ascienda al alto.
Lo amarra al cabo en el confín marino
a un mirto que hay entre un laurel y un pino.

24 Y allí donde brotaba limpia fuente
ceñida en derredor de cedro y palma,
deja el escudo, el yelmo de la frente
se saca, y se desarma con gran calma;
y al monte y a la costa alternamente
el rostro vuelve al aura fresca y alma,
que hace temblar con sus murmullos finos
las cimas de las hayas y los pinos.

25 Moja en el agua clara y fresca luego
la boca, y chapotea aquella aguaza,
a fin que de las venas salga el fuego
que sufre del vestir con la coraza.
No es mucho que haga de ella ahora reniego,
que no sido el volar batirse en plaza;
y, así, sin reposar de armas fornido
tres mil millas sin pausa ha recorrido.

26 Estando allí, el corcel que había dejado
entre las densas ramas a la sombra,
para huir se revuelve, amedrentado
de no sé qué que en el vergel lo asombra;
y tanto bate el mirto al que es ligado
que el pie no avanza más la verde alfombra:
las hojas caen, cuando aquel mirto bate,
mas no ocurre que el ave se desate.

27 Como el tronco tal vez, que la medula
tenga vacía, y sea al fuego puesto,
después que el infernal calor anula
de la interna humedad el postrer resto,
se abrasa y el calor por él circula
tanto que crepita al fin molesto;
así cruje y murmura y se espereza
el mirto, y al fin abre la corteza.

28 A través de la cual con débil brío
expedita una voz tenue se cuela
que dice: «Si eres tú cortés y pío,
como tu apuesto porte me revela,
desata este animal del árbol mío:
básteme el propio mal que me flagela,
sin otra cuita o pena otra cualquiera
que venga a atormentarme más de fuera.»

29 No oyó la voz Rogelio, cuando vuelve
el gesto al mirto, y se alza a la carrera;
y, luego que que habló el mirto resuelve,
pasmado queda más que nunca fuera.
La rienda de aquel tronco desenvuelve,
y rojo de vergüenza así pondera:
«Quienquiera que te seas tú, perdona,
o alpestre ninfa, o alma de persona.

30 »El no haber conocido que se esconda
bajo esta tu corteza ánima humana,
me ha llevado a turbar tu bella fronda
y hacerte ofensa al mirto así villana;
mas no calle tu voz que no responda
quién seas tú, que en forma así inhumana
con alma racional y voz habitas,
si el hielo a permisión del cielo evitas.

31 »Y si ahora o nunca puedo este despecho
con alguna fineza compensarte,
prometo por la dama que este pecho
me hurtó y conserva de él la mejor parte,
que haré con la palabra y con el hecho
que tengas justa causa de alegrarte.»
Cuando dio fin Rogelio a su desvelo,
tembló aquel mirto de la copa al suelo.

32 Se vio después sudar por la corteza,
como leño que apenas desgajado
siente venir del fuego la crudeza
después que en vano todo lo ha intentado,
y respondió: «Me esfuerza tu fineza
a descubrirte junto y de contado
quién antes fuese, y quién mudado me haya
en el mirto que ves sobre esta playa.

33 »Astolfo un tiempo fui, un tiempo cuando
era de Francia par, temido en guerra,
y primo de Reinaldo era y de Orlando,
cuya fama ningún límite encierra;
yo esperaba heredar un día el mando
con que mi padre Otón rige Inglaterra.
Tan bello fui que ardió por mí más de una,
y al fin debo a mí sólo mi fortuna.

34 »De vuelta de las Ínsulas Lejanas
que baña el Indio Mar en el Levante,
donde a mí y a Reinaldo de tiranas
prisiones nos cargó el rey Monodante,
de las cuales las fuerzas sobrehumanas
nos liberaron del señor de Anglante;
pasaba yo la costa hacia poniente
que del septentrïón la furia siente.

35 »Y, porque es la fortuna flaco envergue
y rompe, nos llevó (¡oh aquí mezquina!)
sobre la playa en que el fortín se yergue
de la lasciva y poderosa Alcina.
La hallamos, cuando había de su albergue
salido, y allí sola en la marina
sin red y sin anzuelo a sí atraía
todos los peces que del mar quería.

36 »Veloz veía el delfín salir a flote,
y el gran atún llegar a ella alentoso,
la foca, el león de mar o el cachalote
interrumpir su sueño perezoso,
salmonete, salmón, salema a escote
nadar en fila a ritmo prodigioso,
pez sierra, cachalote, orca y ballena
sacar el dorso en mostruosa escena.

37 »Una ballena en esto divisamos
la mayor que en el mar jamás se viese.
Once pasos o más le calculamos
que el dorso inmenso sobre el mar midiese.
Todos de un mismo error nos engañamos,
nacido de que nunca se moviese,
y es que un islote el animal creemos,
pues tan distantes son sus dos extremos.

38 »La maga pez tras pez de la marina
hacía salir con encantado ruego.
Del mismo parto que Morgana Alcina
nació, y no sé decir si antes o luego.
Me ve apenas, y al punto le fascina
mi gesto, y en el suyo muestra el fuego:
y urde retenerme allí en su plaza
con cierto engaño, y se empleó en la traza.

39 »Nos atajó con faz amable y leda,
con ademán gracioso y complaciente;
y dijo: --Como aquí gustar os pueda,
hacer descanso hoy entre mi gente,
yo os haré ver en mi copiosa preda
gran variedad de peces diferente:
el escamoso, el mórbido, el de pelo,
tantos o más que estrellas tiene el cielo.

40 »Y si es lo que queréis ver la sirena
que con su dulce canto el mar sosiega,
podemos ir a aquella opuesta arena
donde a esta hora siempre una se llega--.
Y apunta el dedo a aquella gran ballena
que ser islote cree la vista ciega.
Yo, ¡ay mísero!, que siempre fui en exceso
curioso, en aquel pez cargué mi peso.

41 »Dudón me exhorta entonces, e igualmente
Reinaldo a no ir, y más esto me apronta.
La maga satisfecha y sonriente
dejando a aquellos dos, tras de mí monta.
La ballena en su empleo diligente
las olas de aquel mar surca y remonta.
Bien pronto llegué de esto a arrepentirme,
mas ya muy lejos de la tierra firme.

42 »Al mar Reinaldo se lanzó y a nado
fue en mi socorro, y casi en él se ahoga,
porque un furioso Noto inesperado
cubrió el cielo y el mar con negra toga.
Lo que después de él fue, no he averiguado.
Alcina entonces mi cuidado afoga,
y aquel día entero y la siguiente noche
me tiene sobre aquel monstruoso coche;

43 »hasta que al fin en esta isla vara
que es posesión de Alcina casi entera,
después de que a una hermana la usurpara
que sola el padre hizo su heredera,
la única legítima que hallara
pues (según me informó quien mucho era
secretamente sabedor de esto)
son las dos otras fruto del incesto.

44 »Y, cuanto son inicuas y malvadas
e inclinadas al vicio más caído,
con casta vida y obras señaladas
así su corazón la otra ha ofrecido.
En su contra las dos son conjuradas
y ya más de un ejercito han fornido
con los que, por echarla de su estado,
ciento las plazas son que le han quitado.

45 »y no tendría ya un palmo de tierra
ésta que Logistila es llamada,
si un golfo a un lado no hay que el paso cierra
y al otro una montaña inhabitada,
tal cual tienen Escocia de Inglaterra
un río y un macizo separada.
Mas no tan pobre ambas creen a ésta
que no quieran tomar lo que aún le resta;

46 »pues ambas en su vicio y perdimiento
la odian por ser ella casta y santa.
Mas por seguir de nuevo con mi cuento
y descubrirte cómo acabé planta,
diré que Alcina en suave apartamiento
me tenía, y ardía en llama tanta
como aquella en que estaba yo por ella
al verla tan cortés conmigo y bella.

47 »Gozaba yo sus miembros desmedido
al punto que pensé tener por junto
cuanto entre los demás es repartido,
a unos más, a otros menos, nunca junto;
y puse a Francia y todo en el olvido,
siempre en contemplación de aquel conjunto:
toda aspiración, todo deseo
colmaba ella y era de ella reo.

48 »Yo de ella era entre tanto el más amado,
que no cuidaba Alcina más de otros;
Se vio cualquier amante otro dejado,
pues antes que yo hubo muchos otros.
Día y noche me tenía siempre al lado,
a mí me hizo imperar sobre los otros:
a mí creía, a mí se confiaba;
jamás con ningún otro dialogaba.

49 »Mas, ¡ay!, ¿por qué mi herida ahora toco,
sin esperanza ya de medicina?
¿Por qué el pasado bien ahora evoco,
cuando hoy padezco extrema disciplina?
Cuando feliz pensé que fuese, y loco
creía que me amase más Alcina,
el corazón que puso en mí, traspuso,
y en otro nuevo amor su amor dispuso.

50 »Tarde entendí su natural mudable,
que suele amar por desamar muy presto.
Dos meses la gocé, y al cabo instable
un nuevo amante colocó en mi puesto.
De sí me apartó Alcina interesable
y de su gracia al fin me vi depuesto;
y luego supe que hasta igual jornada
llevó a otros mil, y a todos desgraciada.

51 »Pues porque ellos no vayan por el mundo
pregonando una vida así lasciva,
aquí y allá, por el vergel fecundo,
transforma uno en abeto, otro en oliva,
otro en palmera o cedro, otro al segundo
en esto en que me ves a mí cautiva,
otro en líquida fuente, alguno en fiera,
según tome capricho esta hechicera.

52 »Tú que has llegado a esta isla aciaga,
señor, por vía nueva y nunca usada,
después que su hoy amante por ti haga
o roca u onda o cosa asemejada,
tendrás el valimiento de esta maga,
y más que el bien que habrás, no creerás nada;
mas sabe que será el fin de tu medra
sso. ser hecho o fiera o fuente o leño o piedra.

53 »Te doy yo liberal aviso de esto,
no porque crea que ha de aprovecharte;
mas es mejor si el porvenir te apresto
y sabes de sus hábitos en parte;
pues tal vez como es diverso el gesto
son diversas también la traza y arte.
Quizás tú sepas descubrir el daño,
que a mil antes que a ti trajo su engaño.»

54 Rogelio, que sabía por la fama
que Astolfo de su dama primo era,
mucho sintió que en ser de tronco y rama
la forma natural mudado hubiera;
y por amor de aquella que más ama
(si es que sabido hubiese la manera)
le habría hecho merced; mas ayudarlo
no podía ya más que en confortarlo.

55 Como pudo mejor lo hizo; y quiso
saber si fácilmente al reino hallara
de Logistila paso agreste o liso
que aquel de Alcina nunca atravesara.
De que uno hallara el árbol le dio aviso
todo de lajas lleno, abrojo y jara,
si, andando un poco y yendo a la derecha,
subía el alto alcor por senda estrecha.

56 Mas no creyendo que seguir pudiera
mucho el camino por aquella estrada,
pues gran grupo de gente ardida y fiera
habría de topar allí emboscada:
los pone Alcina en torres y tronera
a fin de que no salga el que hizo entrada.
Rogelio agradeció al mirto lo oído
y fuese al fin bien sabio e instruido.

57 Llegó al corcel, lo desató y la rienda
tomó y a pie los dos fueron en fila,
pues no quiso montar la ave tremenda
temiendo el mal frenar que el ave estila.
Trazaba cómo a salvo andar la senda
que llevase al país de Logistila.
Resuelto estaba a acción de toda clase,
con tal que Alcina no lo sujetase.

58 Pensó subir de nuevo a su caballo,
y lanzarse volando a otra carrera:
mas luego halló que fuese mayor fallo,
pues no acataba el freno aquella fiera.
«Por fuerza pasaré, si mal no hallo»
decía entre sí, mas vana traza era:
no había andado dos millas la marina,
cuando topó ante sí el fortín de Alcina.

59 Vio una muralla larga en lontananza
que un gran campo en redor circunda y cierra;
y parece que el cielo casi alcanza
y que es de oro de ley de almena a tierra.
Cronista hay que opinión contraria lanza,
y dice que es de alquimia, y quizás yerra,
o tal vez con razón sigue en sus trece;
digo oro yo, pues tanto resplandece.

60 Ya cerca de los muros cuya hechura
jamás gozó en el mundo otro castillo,
dejó la senda que por la llanura
ancha y derecha andaba hasta el rastrillo;
y a mano diestra a aquella que a la altura
iba, giró tomando hosco pasillo;
mas presto se topó la inicua hueste
que le turbó el andar la senda agreste.

61 Jamás se vio legión que más asombre,
de aspecto más horrible y más funesto:
unos siendo del cuello abajo hombre
muestran de simio o bien de gato el gesto;
de otros según el pie fauno es el nombre,
otros centauro son ágil y presto;
mozos procaces son, torpes abuelos,
desnudos unos y otros todo pelos.

62 Hay quien sin freno en un corcel galopa,
quien lento en asno va o en buey lo imita,
hay quien sobre centauro en esta tropa
o águila, o grulla o avestruz milita;
quien cuerno en la boca trae, quien copa,
quien macho o hembra es o hermafrodita:
quien trae arnés o escala trae de esparto,
quien lima, quien palanca en aquel parto.

63 De ellos el caudillo se veía
haber el vientre antes atestado,
y sobre un gran galápago venía
de paso fatigoso y reposado.
A un flanco y otro había quien lo regía,
porque era él de la turca adormilado;
uno el sudor secaba, otro la baba,
otro la sucia ropa le aireaba.

64 Uno de forma humana en pies y vientre,
y perro en la testuz, cuello y oreja,
contra Rogelio ladra, a fin que él entre
en la bella ciudad que detrás deja.
«¡No será --dijo él-- que allí me adentre,
si ésta la mano de regir no ceja!»
y el arma al punto le mostró desnuda,
mientras dirige a él la punta aguda.

65 Pretende el mostruo herirlo con la lanza,
mas ágil él se zafa de aquel perro;
y una estocada tal le dio en la panza
que un palmo por la espalda salió el hierro.
Ase el escudo y contra más se lanza,
mas mucho tropel hay que guarda el cerro:
contra él de aquí y de allí la turba cierra,
él la contrasta y hace áspera guerra.

66 Tallando al cuello va o a la cintura
muchos de aquella inicua e infame raza,
pues de yelmo su espada apenas cura,
de escudo, de pancera o de coraza;
mas tanto siente de ellos la apretura
que fuera menester, para hacer plaza
y apartar de una vez al pueblo reo,
tener más brazos él que Brïareo.

67 Si descubrir allí hubiese querido
el escudo que fue del nigromante
(hablo de aquel con que moría el sentido,
aquel que en el arzón dejara Atlante),
habría aquel tropel presto vencido
y héchole caer ciego delante;
mas hizo bien en despreciar tal maña,
que quiso usar virtud y no artimaña.

68 Resuelto allí a morir ha decidido
antes que haber prisión de aquella gente.
De pronto ve salir de aquel bruñido
muro que creo yo de oro luciente,
dos damas que en el porte y el vestido
no son de humilde cuna ciertamente,
ni de pastor con estrechez crïadas,
sino en lujosa corte regaladas.

69 Las dos traen unicornio por montura
más cándido que es cándido el armiño;
las dos son de tan única hermosura
y tan rico es su hábito y su aliño,
que aquel que ahora las viese en la llanura
requiriera para hacer fiel escudriño
ojos de dios; y el juicio al fin sería
que una es Belleza y otra es Bizarría.

70 Las dos se acercan al lugar del prado
donde acucia a Rogelio el tropel fiero.
Toda la turba entonces se echa a un lado
y ofrécenle la mano al caballero,
que del rubor con gesto colorado
dio gracias de aquel acto lisonjero,
y aceptó ante sus ruegos por decoro
volver el paso a aquella puerta de oro.

71 El friso que en la puerta está de modo
que un poco sobresale hacia adelante,
no tiene parte que no cubran todo
las más preciosas gemas de Levante.
Reposa de aquel arte el peso todo
en cuatro pilas de íntegro diamante.
Ya sea obra real o sea fingida
más bella obra no hay ni distinguida.

72 Por las columnas y la puerta de oro
corretean impúdicas doncellas
que, si el debido femenil decoro
guardasen más, serían quizá más bellas.
Con verdes mantos van todas a coro,
tocadas de guirnaldas todas ellas,
y con gesto galante y dulce aviso
Rogelio hacen entrar al paraíso;

73 que bien tal nombre a aquel lugar conviene
donde presumo yo que Amor naciera.
Con otro empleo más no se entretiene
que fiesta o danza o juego el que allí fuera;
jamás meditación sensata tiene
ser racional que allí se recogiera:
jamás hay displacer allí ni inopia,
pues lleno el cuerno trae siempre la Copia.

74 Aquí, donde con dulce y mansa frente
parece que el abril siempre sonría,
mozos y mozas hay: el que en la fuente
canta con dulce y suave melodía,
el que a sombra de un árbol felizmente
o juega o danza o intelecto cría,
y el que, lejos del resto, al ser que ama
descubre los excesos de su llama.

75 Por las ramas de hayas y de pinos,
de erizados abetos y laureles,
mil niños dios revolotean vecinos:
gozando unos el triunfo ante sus fieles,
tendiendo otros la red, otros ladinos
aguardando a aseatar mozos noveles;
lo hay que en un arroyo el dardo enfría
y el que en un ripio de aguzarlo fía.

76 Allí alazán le fue a Rogelio dado
grande, gallardo y fuerte como un toro,
de arnés preciosamente recamado
todo de pedrería y fino oro;
y dejaron a cargo del alado,
aquel que obedecía al viejo moro,
a un pajecillo por que de él tirase
con paso que a Rogelio no alcanzase.

77 Las dos damas de hermosa y blanca cara
que del tropel lo habían defendido,
de aquel tropel que antes le cerrara
la senda que a la diestra había cogido,
le dijeron: «Señor, la fama clara
que hemos en vuestras obras conocido,
tal es que nos alienta a que os pidamos
merced con que salir del mal podamos.

78 »Corriente hay que cerca de la villa
esta llanura en dos partes divide,
do una que el nombre de Erifila pilla
defiende el puente, e inquieta y tasa pide
a quien cruzar pretenda a la otra orilla.
Giganta es por el gran alto que mide,
de dientes de mordisco venenoso
y uñas con que araña como un oso.

79 »Y fuera de que siempre obste el camino
que libre fuera si no diese el alto,
corriendo a veces el jardín vecino
a unos y a otros da gran sobresalto.
Sabed que de entre aquel pueblo asesino
que fuera de la puerta os hizo asalto,
muchos sus hijos son, todos secuaces,
como ella, impíos, fieros, y rapaces.»

80 A lo cual respondió: «No una batalla,
hiciera por vosotras sino ciento:
de cuanta fuerza en mí o virtud se halla,
valeos como sirva a vuestro intento;
que visto yo con armadura y malla
no por ganar para mi hacienda aumento,
mas por satisfacción de las querellas,
y más si son de damas así bellas.»

81 Ambas la oferta aquella agradecieron
digna de un caballero, como él era,
y hablando de este modo al fin vinieron
al puente que da paso a la ribera;
donde aquella criatura altiva vieron
vestir una armadura de oro entera.
Mas para el canto que vendrá difiero
cómo la combatió aquel caballero.