Orfeo
de Vicente Wenceslao Querol

¡De Ovidio los dulces versos
qué tristes lecciones guardan!

Cuando la tarde las sombras
prolonga de las montañas,
yo, al pie de los viejos olmos
que el arroyo copia y baña,
leí de Orfeo y de Eurídice,
meditabundo la fábula.

Al hondo averno desciende
el bello cantor de Tracia,
diciendo al son de la lira
las concertadas palabras,
y al resplandor de su frente
la eterna noche se rasga,
y al eco de su voz dulce
el duelo eterno se aplaca.

Por la faz de las Euménides,
ruedan las primeras lágrimas;
Tántalo olvida las ondas
de las fugitivas aguas;
Ixión detiene su rueda;
los buitres, que las entrañas
de Ticio devoran, cesan
el cruel festín; con sus ánforas
vacías al canto atienden
de Belo las hijas pálidas,
y hasta Sísifo sentado
sobre su peñón descansa.

Absorto el báratro escucha
las enamoradas ansias
que, con cadencioso metro,
la lira de Orfeo exhala;
y él, de Eurídice seguido,
por entre las sombras pasa,
robando al tártaro aquélla
que es la mitad de su alma.
Ya dejó el antro; ya mira
lejana la luz del alba;
ya puso un pie de Aqueronte
sobre la temida barca:
¿Por qué enmudeció su lira?...
¿Por qué su canción se apaga?...
¡Roto el encanto del himno
que las contenía esclavas,
de nuevo las negras Furias
a Eurídice le arrebatan!

-Yo pensé: La poesía
baja así al fondo del alma,
antro donde las pasiones,
cual fieros monstruos, batallan.
A su resplandor celeste
los duros tormentos paran,
y, rescatado el espíritu,
desplega libre las alas
para volar hacia donde
la inspirada voz le llama;
pero, al apagarse lentas
las vibraciones del arpa,
mueren con ellas las breves
horas de amor y esperanza.