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Las ciudades

Á BUENOS AIRES

V

Primogénita ilustre del Plata,
En solar apertura hacia el Este,
Donde atado á tu cinta celeste
Va el gran río color de león;
Bella sangre de prósperas razas
Esclarece tu altivo linaje,
Y en la antigua doncella salvaje
Pinta en oro su noble sazón.


Arca fuerte de nuestra esperanza,
Fuste insigne de nuestro derecho,
Como el bronce leal sobre el pecho
Asegura al país tu honra fiel.
La genial Libertad en tu cielo
Fino manto á la patria blasona,
Y eres tú quien le porta en corona
El decoro natal del laurel.


En tu frente, magnifica torre
De la estirpe, tranquila campea
Como amable paloma la idea
De ser grata á los hombres de paz.
Tu esperanza la impulsa y parece
Cuando así su remonte acaudalas,
Que de cielo le empluma las alas
Aquel soplo pujante y audaz.


Joya humana del mundo dichoso
Que te exalta á su bien venidero,
Como el alba anticipa al lucero
Aun dormida en su pálido tul,
Cada vez que otro día dorado
Te aproxíma á la nueva ventura,
Se díría que el sol te inaugura
Sobre abismos más claros de azul.


Certidumbre de días mejores
La igualdad de los hombres te inicia,
En un vasto esplendor de justicia
Sin iglesia, sin sable y sin ley.
Gajo víl de ignorancia y miseria
Todavía espinando retoña,
Sobre la áspera cruz de Borgoña
Que trozaste en los tiempos del rey.


Tenga el agua veraz de tu fuente
Cada labio sin sed por testigo,
y el honesto vigor de tu trigo
Cada buen corazón por raíz.
Y en el lícito patio de todos,
Al encanto social de tu alianza,
Como el gusto del pan la confianza
Sea el goce del día feliz.


Simpatiza á los dioses que trae
Con sus penas la gente confiada,
Como al pobre que llega, en la grada
Presta el mármol su tabla imparcial.
Y tu clara ilusión de concordia,
Dirimiendo los cultos precarios,
Sustituya á sus negros Calvarios
Una gran caridad de ideal.


Ser la Villa de Plata que tiene
La franqueza por llave sonora
Y por puerta de calle la aurora,
En visión de solícito Edén;
Dar á todos los tristes consuelo,
Sin dejar de ser noble y ser bella,
Como no se aminora la estrella
Porque haya ojos que amantes la ven;

Esa es la misión que el destino
En la patria futura te asigna,
Como ayer por valiente y por digna
Fué la gloria tu prenda de honor.
Para ser la feliz y la justa,
Que tu propia esperanza nos debe,
Haz que sean el amo y la plebe
Mies pareja de buen sembrador.


Que en la misma igualdad de justicia
Se confundan la plebe y el amo,
Cual la flor y la espina en el ramo
Que vincula olorosa virtud.
Lo que pena en tu siglo naciente,
Es dichoso dolor, ansia tierna,
Con que la honda delicia materna
Fructifica en triunfal juventud.


No relegues por vana quimera
La esperanza que en ti puso el triste.
Es más arduo ser libre y lo fuiste
Al tajar de la espada veloz.
Tu labor de ideal odia al hierro,
Mas no olvide su noble fatiga,
Que el lozano vigor de la espiga
Necesita buen filo en la hoz.


Mientras llega á ese triunfo la hora
De cantarlo el poeta futuro,
Y el capuz de su germen obscuro
Tu simiente de luz rompe al fin;
Cobre el timbre filial de mi canto,
Precedente elocuencia en tus bronces,
Y el Pampero le preste hasta entonces
Valeroso y ufano clarín.

A MONTEVIDEO

VI


Noble hermana que en blanco y celeste,
Igualándose á la otra revela,
Simple gracia de hermana gemela
Que se viste del mismo color;
Nuestro rio natal te apellida
De Argentina en la épica innata,
Y ese claro vocablo de plata
Nos sonríe cariño en su albor.


Abundado de lauros el triunfo
Que los dias mejores afama,
Sepa el mundo que nuestro se llama
Por divisa de excelsa virtud;
Desde el día en que el astro paterno,
Encendió con histórico rayo,
Sus dos frescas estrellas de Mayo
Sobre el pálido abismo del Sud.


San José, La Colonia y Las Piedras
Por el Himno cordial celebradas,
En las proto-victorias ganadas
Al impulso del Grito inicial;
Son decoro feliz de tu pueblo,
Que al unir nuestras almas amigas,
Nos revive en la gloria de Artigas
Un orgullo de Patria Oriental.


A la luz del romántico sino
Que hermoseó tu arrogancia morena,
Nuestros vates de noble melena
Te quisieron como á una mujer;
Sin que el caso de amarte impidiese
Que en tu gracia admiraran lo mismo,
El perenne ideal de heroismo
Que embandera de gloria al deber.


Fiel á Mayo, las libres ideas
En tu ley se anticipan triunfantes,
Como á fuer de oriental gozas antes
La ventaja del día viril,
Que con ojo de sol ve tu monte
Limitar la marítima zona,
Como un seno dispar de amazona
En beldad peligrosa y gentil.


Para la alta equidad del futuro
Que prolongue la gloria pasada,
Cual la prez de la llama dorada
En el claro tenor del metal;
Nuestras manos son fuertes hermanas,
Y, corona del triunfo sereno,
Sobre el mundo más justo y más bueno,
Ha de ser nuestro abrazo inmortal.

Á TUCUMÁN

VII


Pálida de los ojos alabados,
Parece que á tu encanto sensitivo
Flota en aroma de azahar nativo
Tu molicie más dulce que la miel.
Y el amor de la tarde que desdora
De tu sol el poético destello,
Es tu beldad, cual si de un sol tan bello,
Fueses la luna más hermosa que él.


La pasión de la noche feménina
Que dilata el imperio de tus ojos,
Finos amantes echará de hinojos
Ante tu ruedo de estrellado tul;
Mientras al pié de tu balcón de nubes
Que el bello monte familiar modela,
Te dedica romántica espinela
El patrio bardo de la banda azul.


Para que no faltase á tu decoro
La excelencia del lauro soberano,
Te consagró la espada de Belgrano
Primer amor del justo paladín.
Y tu belleza fué sobre el sepulcro
De los tiranos, en perenne alerta,
La sonora leona que despierta
Vibrada de peligro y de clarin.


Para memoria de que allá juraron
Próceres y patricios nuestra suerte,
Alzada está bajo tu guarda fuerte
La Casa del Paí scomo un altar.
Porque si Buenos Aires fué en su gloria
Pórtico audaz que á la opinión congrega,
Tú formaste la alcoba solariega,
Corazón honorable del hogar.


Industriosa doncella entre las nobles
Hermanas de Nausica y de Rebeca,
Que someten al cántaro y la rueca
Su hermosura de púdico arrebol;
Con tesoro feliz labra tu seno
La civilización de la dulzura,
En que se dan, rindiéndote ventura,
Besos de miel la tierra con el sol.


Es la blancura de tus ricos dientes,
La prez de los azúcares genuinos,
La carreta te canta en los caminos;
Con su eje rudo la honradez fabril,
Pregónate el nogal bellos menages,
Y en la tosca humildad de su servicio,
Adoba el cuero dócil del oficio
La tenaz fortaleza del cebil.


Es de cedros y mirtos el enorme
Perfume que embalsama tu reposo.
Tal como en el Cantar del Rey Hermoso,
Tu ropa huele á Líbano aromal.
Y así en tu viejo Campo de la Gloria,
Tu cariño ,á los héroes propenso,
Les ha tendido por su dario inmenso
La eterna floración del naranjal.