O'Donnell : 5

O'Donnell
Capítulo V
 de Benito Pérez Galdós


Linda era como un ángel Teresita Villaescusa, como un ángel a quien Dios permitiese abandonar la solemne seriedad del Cielo, adoptando el reír humano. Porque, según los doctores en belleza, la de Teresita Villaescusa no habría sido tan completa sin aquel soberano don de sonrisa y risa que le iluminaba el rostro y le descubría el alma. A todos encantaba su gracia ingenua, y la amistad y el amor se le rendían. La tez de un blanco alabastrino, el cabello castaño, los ojos negros: ¿verdad que no pudo idear combinación más bonita el Supremo Autor de toda hermosura? Pues espérense un poco, y verán qué obra maestra. Hizo el cuerpo de proporciones discretas, ni largo ni corto; el talle esbelto, los andares graciosos, el pecho lozano. Y decían admiradores de Teresa que se había esmerado en la dentadura, haciéndola tan bella y nítida como la de los ángeles, que ni ríen ni comen. La inocente niña, que en sociedad era el hechizo de cuantos la trataban, en la intimidad doméstica se encerraba, según decía su madre Manolita Pez, en una gravedad taciturna, con tendencias a la melancolía. Educada en completa libertad de lecturas, Teresa devoraba cuantos libros caían en sus manos, novelas sentimentales o de enredo, obras picarescas, y hasta tratados ascéticos y místicos. A los diez y ocho años gustaba menos del teatro que de la iglesia, y se dejaba llevar de sus tías, las señoras de Pez, a novenas y triduos. Daba cuenta de los ritos y solemnidades eclesiásticas a que asistía, bien compuesta y acicalada con sencilla elegancia, pues el gusto de arreglarse bien era otro de los dones con que quiso agraciarla el Soberano Fabricante de toda belleza. Su apacible dulzura y su querencia de lo espiritual, y aun su pulcritud modesta, daban motivo a que la madre dijese: «Esta hija mía acabará por ser monja». Confirmábala en tal creencia el tesón con que Teresita, después de sonreír y reír con cuantos muchachos se le acercaban, no entraba con ninguno. Admitía bromas galantes; pero en cuanto le hablaban de relaciones y de noviazgo, se metía en la concha de su seriedad, y desaparecían de la vista de sus admiradores los maravillosos dientes.

El coronel don Andrés de Villaescusa, excelente militar, era hombre poco doméstico. Pesábale el techo de su casa; ardía el suelo bajo sus pies: las altas horas de la noche le encontraban en tertulias de cafés o casinos. Liberal en política, lo era más aún con su mujer, a quien dejaba en la plenitud de los derechos, sin ningún rigor en los deberes. Las pasiones que al Coronel dominaban eran los caballos, el juego y el continuo disputar en casinos, cafés y tertulias de hombres, llevando siempre la contraria, embistiendo con impetuosa dialéctica los problemas más difíciles. Menos sus obligaciones militares, todo lo dejaba por hablar, y discutir, y defender las opiniones más apartadas del sentir general: era la eterna oposición. En estos placeres de la charla maniática, contrariábale un crónico padecimiento del estómago, que de tiempo en tiempo con violencia le acometía, haciéndole atrabiliario y por demás impertinente. Se dejaba cuidar por su esposa en la crudeza de los accesos; pero cuando estos pasaban, volvía estúpidamente al vivir desordenado, toda la noche en febriles disputas, comiendo mal y a deshora, renegando del Verbo. De su matrimonio con Manolita Pez no tuvo más sucesión que Teresa. De niña la mimaba. Viéndola mujer, no pensó más que en librarse del cuidado que exige la doncellez, casando pronto a la chica, que para eso nacen las hembras. «No andemos con remilgos -decía-. Es locura esperar a que le salgan marqueses, banqueros o accionistas de minas. El primer teniente que pase, o el primer oficinista con diez mil, se la lleva, y a vivir». A risa tomaba lo del monjío, y pensaba que las tristezas de su hija en casa no eran más que ganas de novio, y cavilación en las dificultades para encontrarle bueno.

A fines del 55, en la tertulia de Centurión, le salió a Teresa un novio, que parecía del agrado de ella. Era un teniente muy simpático, de la familia de Ruiz Ochoa. Pero los sangrientos desórdenes de Valladolid interrumpieron el tanteo de amor, porque el joven oficial salió de la Corte con las tropas destinadas a contener aquel movimiento. Teresa, con fría inconstancia, aceptó los obsequios de otro, Rafaelito Bueno de Guzmán, de familia bien acomodada; pero a los tres meses de telégrafos en el balcón y de cartitas, fue despedido el jovenzuelo, y suplantado por un estudiante de Caminos que sabía sinfín de matemáticas y hablaba el francés con perfección. Al matemático sucedió un poeta; al poeta, un chico del comercio alto, Trujillo y Arnaiz; a este, un médico novel, y un pintor, y un hijo del Marqués de Tellería, y un sobrino del contratista de la Plaza de Toros, con poca bambolla y muchos cuartos, y un joven filósofo medio cegato, y otro, y otro, en cáfila interminable, peregrinación de criaturas hacia el Limbo.

Rodaba el Tiempo, rodaba la Historia, sin que Teresita encontrase novio de que ahorcarse. Quería, sin duda, que el árbol fuese muy alto, o no había tejido aún cuerda bastante sólida para el caso. Radiante de belleza, y dislocando a cuantos la veían y más aún a los que la trataban, entró la señorita en los veinte años. La Historia, en aquellos días fecundos, traía hoy una novedad, mañana otra, menudencias del vivir público que anunciaban sucesos grandes. Ausente el coronel Villaescusa, que operaba en Andalucía contra milicianos desmandados, y contra otros que se apodaban Republicanos o Socialistas; desentendida Mercedes de su hermano, Centurión y doña Celia eran los encargados de recordar a la niña la obligación de decidirse pronto. Ya se iba haciendo célebre por la descarada seducción con que al paso de los novios los enganchaba, así como por la fría displicencia con que los despedía. Esta conducta de Teresa, que se interpretaba de muy distintos modos, era causa de que se retrajeran muchos candidatos que venían con el mejor de los fines, y de que otros, desairados a las primeras de cambio, hablaran pestes de ella y de su madre y de toda la familia.

Manolita Pez, la verdad sea dicha, no se cuidaba de dar a su hija ejemplo de seriedad ni de constancia, y en su frívola cabeza no dejaban las ligerezas propias espacio para los sanos pensamientos que debía consagrar a la guía y dirección de la desconcertada joven. Doña Celia prestaba más atención a sus tiestos que al cultivo de su parentela, y don Mariano, sobresaltado noche y día por el mal sesgo que iba tomando la cosa pública, no tenía tranquilidad para poner mano en aquel negocio de familia. «Déjalas, Celia -decía-, que harto tengo yo que pensar en las cosas del procomún, y en las desdichas que vienen sobre esta pobre patria nuestra. Si la madre es loca y la hija necia, y ninguna de las dos sabe hacerse cargo de las realidades de la vida, ¿qué adelantaremos con meternos a consejeros y redentores? Arréglense como quieran, y que se las lleven los demonios».

Tomaba las cosas el buen señor muy a pechos y era su impresionabilidad demasiado viva. Lo que debía disgustarle, le causaba hondísima pena; lo que para otro sería molestia o desagrado, para él era una desgracia, y su ánimo turbado convertía las ondulaciones del terreno en montes infranqueables. Detestaba el papel satírico llamado El Padre Cobos, considerándolo como la más fea manifestación de la desvergüenza pública. Se había impuesto la obligación de no leerlo nunca, y fielmente la cumplía. Pero no faltaba un amigo indiscreto y maleante que en la oficina o en el café le recitase alguna cruel indirecta del maligno fraile, o graciosas coplas y chistes sangrientos, todo ello sin otro fin que denigrar al vencedor de Luchana y pisotear su figura prestigiosa. Ponía sus gritos en el cielo don Mariano, y tomaba entre ojos para siempre al amigo que tales bromas se permitía. No era buen español quien se recreaba con el veneno de aquel semanario y con la suciedad asquerosa de sus burlas. Leer públicamente El Padre Cobos era hacer cínico alarde de moderantismo; llevarlo en el bolsillo, de ocultis, para leerlo a solas, era hipocresía y traición cobarde, indigna de los hombres del Progreso.

Los desmanes de la plebe en ciudades de Castilla, sacaban a don Mariano de quicio. En todo ello veía la oculta mano de la reacción moviendo los títeres demagógicos y comunistas. ¿Qué se quería? Pues sencillamente, desacreditar el régimen liberal, y presentarnos a Espartero como incapaz de gobernar pacíficamente a la Nación. Los retrógrados de todos los matices, y los facciosos y clérigos, andaban en este fregado, y, para engañar al pueblo y arrastrarlo a los motines, alzaban maquiavélicamente la bandera de La carestía del pan... ¡Farsantes, politicastros de tahona, y entendimientos sin levadura! ¡Qué tendrá que ver la hogaza con los principios!... «Pero, Señor -decía-, si tenemos Cortes legalmente convocadas, que sin levantar mano se ocupan en darnos una Constitución nueva, pues las viejas ya no sirven, ¿por qué no esperamos a que esa nueva Constitución se remate, se sancione y promulgue, para ver cuán lindamente nos asegura, a clavo pasado, los principios de Libertad, resolviendo para siempre la cuestión del pan y del queso, y de los garbanzos de Dios?».

En el café de Platerías se reunían a media tarde, después de la oficina, media docena de progresistones chapados y claveteados, como las históricas arcas que en los pueblos guardan las viejas ejecutorias y los desusados trajes. Alzaba el gallo en la reunión el buen don Mariano, como el orador más autorizado y sesudo. Había que oírle: «Hasta los ciegos ven ya las intenciones de O'Donnell. Con sus intrigas, ese irlandés maldito nos pone al borde del abismo... ¿Qué creerán que ha inventado el tío para dar al traste con el Progreso? Pues esa gaita del justo medio, y de que se vaya formando un nuevo partido con gente de la Libertad y gente de la Reacción... o lo que es lo mismo, que seamos progresistas retrógrados, o despóticos avanzados... ¡Vaya un pisto, señores! ¿Saben ustedes de algún cangrejo que ande hacia adelante, o de lebreles que corran hacia atrás...? ¿Quieren decirme qué significa el habernos metido en el Ministerio a ese jovencito burgalés? El tal es un modelo vivo de lo que, según O'Donnell, han de ser los hombres futuros: hombres con un pie en el Retroceso y otro en el Adelanto. No le niego yo el talento a ese Alonsito Martínez, o Manolito Alonso, que a estas horas no sé bien su nombre... pero lo que digo: ¿tan escaso anda el Partido de hombres graves y experimentados, que sea preciso echar mano de criaturas recién salidas de la Universidad para que nos gobiernen?».

Y otra tarde: «¡Cómo se va realizando todo lo que dije! Ya ven ustedes: el Olózaga nos va saliendo grilla, y aunque parece que tira contra O'Donnell, tira contra el Duque. Uno y otro estorban a su ambición sin límites... ¿Y qué me dicen del Ríos Rosas, ese a quien ha dejado tan mal sabor de boca el deslucido papel que hizo en el Ministerio metralla? Cuidado que el hombre tiene bilis y malas pulgas. Dicen que es moral; pero yo sostengo que Moralidad y Reacción rabian de verse juntas. Ya sabemos cómo estos señores del escrúpulo acaban tragándose medio País. Ríos Rosas tira contra Espartero y la Libertad desde el campo cangrejil, y desde el campo del democratismo tira Estanislao Figueras... otro que tal... Figueras, Fernando Garrido y Orense quieren llevarnos a la anarquía, con esa maldita república que no admite Trono... ¡Como si pudiera existir la Libertad sin Trono!... En fin, que al Duque le tienen aburrido. Él no dice nada; pero bien se le conoce que está más que harto de este paisanaje, y que el mejor día se nos atufa, lo echa todo a rodar, y adiós Libertad, adiós Trono, adiós Milicia. Despidámonos de los buenos principios, y de la Moralidad...».

Y otras tardes, allá por enero del 56 y meses sucesivos: «El nuevo Ministerio no me disgusta, porque sale de Fomento el joven burgalés, y entra en Gobernación Escosura. Observen ustedes que con Escosura, Santa Cruz y Luján tenemos tres progresistas en el Gabinete; pero no son de los puros, pues estos se quedan, por lo visto, para vestir milicianos, digo, imágenes. Ya no es un secreto para nadie que el irlandés se entiende con Palacio para barrernos. En Palacio le dan la escoba... ¿Conque tenemos de Capitán General al general bonito? ¿Y ese modo de señalar qué significa? Bobalicones del Progreso, ¿no habéis reparado que todos los mandos militares están en manos de amiguitos y compinches de O'Donnell? Ros de Olano, Director de Artillería; Hoyos, de Infantería... ¿Qué tal, Escosura? ¿Qué dices? El Duque, como personificación de la lealtad y de la consecuencia, desprecia las personalidades y se atiene a los principios... Espartero es Cristo; O'Donnell, Iscariote... ¿Y Palacio?... Palacio es la Sinagoga».


Capítulo V