O'Donnell : 4

O'Donnell
Capítulo IV
 de Benito Pérez Galdós


Modesto y sencillo en sus costumbres, Centurión recibía en su casa, las más de las noches, a familias amigas, unidas algunas con lazos de parentesco a doña Celia o a don Mariano. Eran personas de trato corriente, de posición holgada y obscura dentro de los escalafones burocráticos. Con gente de alto viso se trataban poco, no siendo en visitas de etiqueta, y aunque sus relaciones habían llegado a ser extensas en el curso del 54 al 55, no cultivaban más que las de cordial intimidad o las de parentesco. Asiduos eran el comandante Nicasio Pulpis y su mujer Rosita Palomo, sobrina de doña Celia; Leovigildo Rodríguez, con su esposa Mercedes, hermana del Coronel Villaescusa, primo de Centurión, y María Luisa Milagro de Cavallieri, hermana de la Marquesa de Villares de Tajo (Eufrasia). También frecuentaban la tertulia el comandante don Baldomero Galán y su señora, doña Salomé Ulibarri (Saloma la Navarra); Paco Bringas, compañero de Centurión en la oficina de Obra Pía; don Segundo Cuadrado y don Aniceto Navascués, empleados en Hacienda. De personas con título, no iba más que la Marquesa de San Blas, camarista jubilada, y de personas pudientes, las culminantes en aquella modesta sociedad eran don Gregorio Fajardo y su esposa Segismunda Rodríguez, que del 48 al 54 habían engrosado fabulosamente su fortuna. La Coronela Villaescusa y su linda hija Teresa, tenían rachas de puntualidad o abstención en la tertulia. Durante un mes iban todas las noches, y luego estaban seis o siete semanas sin aportar por allí. Razón le sobraba a doña Celia, que calificó de alocadas o locas de remate a la madre y la hija.

Redichas y despabiladas eran María Luisa del Milagro, Rosita Palomo y la vetusta y mal retocada Marquesa de San Blas; espléndida y maciza hermosura bien conservada en sus cuarenta años, tarda en el hablar y muy limitada en sus ideas, era Salomé Ulibarri de Galán; despuntaba Segismunda por su tiesura y por el tono que se daba, no perdiendo ocasión de aludir incidental y discretamente a sus improvisadas riquezas. Más de una noche, cuando traía la actualidad asunto político, digno de ser tratado por todos los españoles que entendían de estas cosas, los caballeros, dejando a las señoras que a sus anchas picotearan sobre modas o sobre lo caro que estaba todo en la plaza, se agrupaban en un rincón de la sala. Era este como abreviatura del Congreso, donde todo problema se ventilaba, entendiendo por ventilación que saliesen al aire opiniones poco diversas en el fondo, y que aleteando estuviesen entre bocas y oídos, volviendo al fin cada opinión a su palomar. Tratose allí por todo lo alto y todo lo bajo el gravísimo asunto de la Desamortización Civil y Eclesiástica, votada por las Cortes en Abril. ¿Por qué se obstinaba la Reina en no dar su sanción a esta ley? Desdichado papel hacían O'Donnell y Espartero cabalgando un día y otro en el tren de Aranjuez, con la Ley en la cartera, y volviéndose a Madrid cacareando y sin firma. Leovigildo Rodríguez y Aniceto Navascués no se mordían la lengua para sacar a la vergüenza pública, con sátira cruel, las cosas de Palacio. A la colada salieron el Nuncio, Sor Patrocinio, y clérigos palaciegos o gentiles hombres aclerigados.

Por aquellos días, empeñado el Gobierno en que Su Majestad sancionara la ley, y obstinada Isabel en negar su firma, vieron los españoles una prodigiosa intervención del cielo en nuestra política. Fue que un venerado Cristo que recibía culto en una de las más importantes iglesias del Reino, se afligió grandemente de que los pícaros gobernantes quisieran vender los bienes de Mano Muerta. Del gran sofoco y amargura que a Nuestro Señor causaban aquellas impiedades, rompió su divino cuerpo en sudor copioso de sangre. Aquí del asombro y pánico de toda la beatería de ambos sexos, que vio en el milagro sudorífico una tremenda conminación. ¡Lucidos estaban Espartero y O'Donnell y los que a entrambos ayudaron! ¡Vaya, que traernos una Revolución, y prometer con ella mayor cultura, libertades, bienestar y progresos, para salir luego con que sudaban los Cristos! La vergüenza sí que debió de encender los rostros de O'Donnell y Espartero, hasta brotar la sangre por los poros. Por débiles y majagranzas que fuesen nuestros caudillos políticos, incapaces de poner a un mismo temple la voluntad y las ideas, la ignominia era en aquel caso tan grande, que hubieron de acordarse de su condición de hombres y de la confianza que había puesto en ellos un país tratado casi siempre como manada de carneros. El de Luchana y el de Lucena se apretaron un poco los pantalones. Y la Reina firmó, y Sor Patrocinio y unos cuantos capellanes y palaciegos salieron desterrados, con viento fresco; al buen Cristo se le curaron, por mano de santo, la fuerte calentura y angustiosos sudores que sufría, y no volvió a padecer tan molesto achaque.

Siempre que de este y otros asuntos semejantes se trataba en la tertulia de Centurión, decía este que el mayor flaco de nuestros caudillos era que no se atacaban bien los pantalones, y solían andar por el Gobierno y por las salas palatinas sin la necesaria tirantez del cinturón que ciñe aquella prenda de vestir. Hombres que en los campos de batalla se cinchaban hasta reventar, y arrostraban impávidos los mayores peligros con los calzones bien puestos, en cuanto se ponían a gobernar, aflojábanse de cintura y desmayaban de riñones sólo con ver alguna compungida faz de persona religiosa, llamárase Nuncio o simple monjita seráfica. La vista de un cirio les turbaba, y cualquier exorcismo de varón ultramontano les hacía temblar. Pero, en fin, aquella vez se habían portado bien y merecían alabanzas de todo buen español. Conservárales Dios en tan buen temple de voluntad y con los pantalones bien sujetos.

Cuando desmayaban los temas políticos de actualidad, pasaban el rato los amigos de Centurión entreteniditos con los burocráticos temas: se trabajaba de firme en tal oficina; el jefe de la otra era un vago que permitía hacer a cada cual lo que le viniera en gana. En Rentas Estancadas les había tocado un Director que era una fiera; la Caja de Depósitos disfruta cinco días de estero y desestero, y el Director obsequiaba con dulces a los empleados el día del santo de la señora y de las niñas... Luego invertían largo tiempo en designar sueldos efectivos o sueldos probables, y la conversación era un tejido de frases como estas: «El trabajo que me ha costado llegar a doce mil, sólo Dios lo sabe...». «Heme aquí estancado en los catorce mil, y ya tenemos a Mínguez, con sus manos lavadas, digo, sucias, encaramado en veinte mil...». «Vean ustedes a Pepito Iznardi, con el cascarón pegado todavía en semejante parte, disfrutando ya sus diez mil, que yo no pude obtener hasta pasados los treinta años...». «Madoz me ha dado palabra solemne de que tendré pronto diez y ocho mil...». «Pues yo, si entra en Hacienda, como parece, mi amigo don Juan Bruil, los veinte mil no hay quien me los quite».

El ser empleado, aun con sueldos tan para poco, creaba posición: los favorecidos por aquel Comunismo en forma burocrática, especie de imitación de la Providencia, eran, en su mayoría, personas bien educadas que, por espíritu de clase y por tradicional costumbre, vestían bien, gozaban de general estimación, y alternaban con los ricos por su casa. Fácilmente podían procurarse una o más novias los chicos que lograban pescar credencial de ocho mil en sus floridos años, y se consideraba buen partido casar a la hija predilecta con un mozo de catorce mil, que gastaba guantes, y cubría su cabeza, bien peinada, con enorme canoa de fieltro. Llegaba a una ciudad de corto vecindario un caballerete con destino de ocho mil en Administración Subalterna, y sólo con presentarse, volvía locas a todas las señoritas de la población. En tropel se asomaban a las ventanas para verle pasar, y fácilmente introducido en las mejores casas, tomaba el papel de lion irresistible, a poco desenfado y cháchara que gastase. Vestía bien, usaba guantes, y un sombrero de copa que eclipsaba con su brillo a todos los del pueblo. En este, que era de los de pesca, se daba un tono inaudito: de Madrid contaba maravillas y rarezas que embobaban a sus oyentes; en la Corte tenía innumerables relaciones; conocía marquesas, camaristas, actores célebres, caballerizos y gentiles hombres de Palacio... Era sobrino de un tío que cobraba cuarenta mil. Todo esto y su agradable figurilla bastaban para que se le estimase, y para que su alianza con cualquier familia de la localidad se considerara como una bendición.

Tales desproporciones entre la pobreza y el falso brillo de una posición burocrática, componían el tejido fundamental de aquella sociedad. Jóvenes existían que cautivaban con su fino trato y el relumbrón de una superficial cultura, y, no obstante, ganaban menos dinero que un limpia-botas de la calle de Sevilla. Pelagatos mil existían, bien apañados de ropa y modales, que se alimentaban tan mal como los aguadores; pero no tenían ahorrillos que llevar a su tierra. Verdad que también había gran desproporción entre la prestancia social de muchos y su valer intelectual. Licenciados en Derecho, con ocho o diez mil reales, que entendían algo de literatura corriente, y poseían la fácil ciencia política que está en boca de todo el mundo, ignoraban la situación del istmo de Suez, y por qué caminos van las aguas del Manzanares a Lisboa... De lo que sí estaban bien enterados todos los españoles de levita, y muchos de chaqueta, era de la guerra de Oriente, o de Sebastopol, como ordinariamente se la nombraba. Los caballeros ilustrados, las señoras y señoritas, hasta las chiquillas, hablaban de la torre de Malakoff con familiar llaneza. El Malakoff y los offes, los owskys y los witches de las terminaciones rusas servían para dar mayor picante a los conceptos y giros burlescos. Ejemplo: «¿Qué pasa, amigo Centurionowsky, para que esté usted tan triste? ¿Se confirman los temores de que Leopoldowitch le juegue la mala partida al gran Baldomeroff?».

En el círculo de señoras, solía dar doña Celia conferencias sobre el cultivo de plantas de balcón, en que era consumada profesora; y cuando no había en la tertulia solteras inocentes, o que lo parecían, las casadas machuchas y las viudas curtidas tiraban de tijeras, y cortaban y rajaban de lo lindo en las reputaciones de damas de alta clase, pasando revista a los líos y trapicheos que habían venido a corromper la sociedad. ¡Bonita moral teníamos, y cómo andaban la familia y la religión! La sal de estos paliques era el designar por sus nombres a tantas pecadoras aristocráticas, y hacer de sus debilidades una cruel estadística. Véase la muestra: «La Villaverdeja está con Pepe Armada; la Sonseca con el chico mayor de Gravelina; a pares, o por docenas, tiene sus líos la de Campofresco; la Cardeña habla con Manolo Montiel, y con Jacinto Pulgar la de Tordesillas...». Poniendo su vasta erudición en esta crónica del escándalo la veterana Marquesa de San Blas, el seco rostro se le iluminaba debajo de la pintura que lo cubría. Ella sabía más que sus oyentes; conocía todo el personal, y no había liviandad ni capricho que se le escapase... Muchas le revelaban sus secretos, y los de otras, ella los descubría con sólo husmear el ambiente. Óiganla: «Ya riñó la Navalcarazo con Jacinto Uclés; ahora está con Pepe Armada: se lo quitó a la Villaverdeja, que se ha vengado contando las historias de la Navalcarazo y enseñando cartas de ella que se procuró no sabemos cómo. La Belvis de la Jara, que presumía de virtud, anda en enredos con el más joven de los coroneles, Mariano Castañar, y la Monteorgaz se consuela de la muerte del chico de Yébenes, entendiéndose con Guillermo Aransis. La aristocracia de nuevo cuño no quiere quedarse atrás en este juego, y ahí tienen ustedes a la Villares de Tajo aproximándose a ese andaluz pomposo, Álvarez Guisando...». Y por aquí seguía. Las honradas señoras pobres, o poco menos, que se cebaban con voraces picos en esta comidilla, no maldecían la inmoralidad sin poner en su reprobación algo de indulgencia, atribuyendo al buen vivir tales desvaríos. En la estrechez de su criterio, creían que la mayor desgracia de las altas pecadoras era el ser ricas. Doña Celia resumía diciendo: «Véase lo que trae tener tanto barro a mano, y criarse en la abundancia, madre de la ociosidad y abuela de los vicios».

Por la mente de Centurión pasaban, sin alterar la normalidad de su existencia, los sucesos que habían de ser históricos. Casi en los días en que el Cristo sudaba, murió en Trieste don Carlos María Isidro; mas con la muerte del santón del carlismo, no murió su causa: en Cataluña y el Maestrazgo aparecieron las tan acreditadas partidas, y casi tanto como de rusos y turcos, se habló de Tristany, Boquica y Comas... Sin que ningún Cristo sudara, se retiró el Nuncio, y las relaciones con el Vaticano quedaron rotas. El verano arrojó sus ardores sobre la política. Una calurosa mañana de Julio, hallándose doña Celia en la dulce faena de regar sus tiestos y limpiar las plantas, entró don Segundo Cuadrado con la noticia de que habían estallado escandalosos motines en Cataluña y Valladolid, y de que O'Donnell, al saberlo, se tiró de los pelos y maldijo a la Milicia Nacional como raíz y fundamento de la brutal anarquía. Don Mariano, que en mangas de camisa se paseaba por la habitación, dijo pestes del irlandés, y le acusó de estar confabulado con los eternos enemigos de la Libertad, para producir alborotos y desacreditar la Revolución. «Maquiavelismo, puro Maquiavelismo, querido Cuadrado. Ese hombre frío nos perderá. Acuérdese usted de lo que anuncio...». Se puso a temblar, y daba diente con diente, como si le atacara pulmonía fulminante. Trájole su mujer un chaquetón, que él endilgó presuroso, diciendo: «En medio de un ambiente abrasador, yo tirito... ¡Oh frío inmenso! Es O'Donnell que pasa».


Capítulo IV