O'Donnell : 32

O'Donnell
Capítulo XXXII
 de Benito Pérez Galdós


Se sentaron en un rústico banco, próximo al jardín de la Veterinaria. Habló Teresa la primera: «No tengo ya esa ambición, Manolo. Me la quitó el amor. Por primera vez en mi vida puedo decir que quiero a un hombre. Dispénseme si le lastimo: ese hombre que yo quiero no es usted.

-Ya sé... -murmuró Tarfe sombrío, quejumbroso...-. Es el aprendiz de armero. Le conozco... Sigue, Teresa.

-¿Qué más quiere usted que le diga? Que a los pocos días de tratar a Juan sentí por él una piedad y un respeto, que pronto, sin pensarlo, se me convirtieron en cariño. Vi en él la conformidad con la desgracia, cosa nueva para mí; pude ver y conocer que el pobrecito tenía por mí un amor muy grande, sin cuidado de la opinión, y que con su pensamiento me limpiaba, y borraba todas mis faltas para volverme pura y poder adorarme a su gusto. ¿Comprende usted lo que esto vale, Manolo? Por el hombre que así me quiere, por el que en mí ve la mujer, la madre, la hermana, y todos estos amores reunidos en uno, ¿qué menos puedo yo hacer que consagrarle mi vida?

-Comprendo, sí, que desees consagrarle tu vida; pero no que lo hagas. La cantidad de abnegación que necesitas para descender hasta él es enorme... Más que virtud, sería santidad, y esta no existe hoy en el mundo. Creo en tu amor; no creo en tu santidad. Si yo te viera consumar el gran sacrificio, si te viera precipitarte a la pobreza y al estado de vulgar estrechez que te traería la unión con el armero, fuera por matrimonio, fuera de otro modo, yo te admiraría, Teresa, y respetaría tu caída... Caer de ese modo es alcanzar la mayor elevación moral. ¿Entiendes lo que quiero decirte?

-Sí lo entiendo, y desde hoy puede usted empezar a respetarme y admirarme -dijo Teresa levantándose-. A la pobreza honrada voy... ahora mismo...

-Vas a la huerta llamada del Pastelero, donde te esperan Mita y Ley, y con ellos tu novio... Ya puedo llamarle así...

-Así debe llamarle. Voy a la huerta... Ya me ha detenido usted bastante... Si es usted caballero, déjeme seguir mi camino.

-Tienes razón. No te estorbo en tu camino. Pero te digo que si vas hoy a lo que llamas la pobreza, volverás de ella mañana. ¿Qué has de poder tú contra tu Destino, tontuela?... Sobre tus resoluciones, sobre esos arranques fantásticos, de momento, prevalecerán las dos grandes fuerzas que hay en ti. ¿No las conoces? Pues son la pasión del buen vivir y la pasión de repartir el bien humano... En la pobreza, ni una ni otra de estas pasiones puede tener realidad... Vete, corre a donde te esperan el hombre enamorado y los amigos que fueron salvajes. Ya no te detengo... Anda, sigue tu camino. Sé que volverás... Media palabra, un recadito, una mirada de cualquiera de nuestros dioses... ¿No sabes qué dioses son estos? Los ricos, Teresa, los inmensamente ricos, que te rondan sin que lo sepas tú... Pues cualquier insinuación de uno de estos te sacará de la pobreza honradita y sosita para traerte a la deshonra brillante, tolerada... Si lo dudas, haz la prueba. Te acompaño hasta indicarte la vereda más corta para ir a tu objeto».

En pie, mirando a su amigo con cierto espanto, Teresa no se movía. Tarfe, llevado ya por el hervor de sus ideas y de sus apetitos al punto de la inspiración, de la sugestiva elocuencia, prosiguió así: «No olvides lo que te he dicho, no una vez, sino veinte o más. Te lo dije en tiempo del fardo, y después del fardo. Tú eres, Teresa, sin darte cuenta de ello, el numen de la Unión Liberal; eres la expresión humana de los tiempos... Los millones de la Mano Muerta pasarán por tu mano, que es la Mano Viva... Mueve tus deditos, Teresa. ¿No sientes en ellos el frío de los chorros de oro que pasan...?

-No siento nada, Manolo; no siento nada -dijo Teresa, ceñuda, estirando y encogiendo sus dedos como Tarfe le mandaba.

-Pues es raro. Los nervios de los ambiciosos se anticipan a la sensación real, y el alma a los nervios. Eres tú la fatalidad histórica y el cumplimiento de las profecías... ¿No lo entiendes? Sin entenderlo lo sentirás en ti, como sentimos el correr de la sangre por nuestras venas... Tú serás la ejecutora de lo que decimos y predicamos yo y los de mi cuerda, los de mi partido, los que evangelizamos el verbo de O'Donnell, que es el verbo de Mendizábal... No pongas esos ojos espantados, esos ojos que están diciendo: «Yo desamortizo; yo quito del montón grande lo que me parece que sobra, para formar nuevos montoncitos... Yo soy la niveladora, yo soy la revolucionaria... Yo desplumaré a los bien emplumados para dar abrigo a los implumes; yo quitaré el plato de la mesa de los ahítos para ponerlo en la mesa de los hambrientos...». Esto dices tú sin saber que lo dices, y esto piensas creyendo pensar en las musarañas... Si otra cosa sientes hoy, es una humorada, un sentir pasajero... Vete a la pobreza; vete a ese juego inocente, Teresilla, que de allí volverás, y si no vuelves pronto, alguien irá en tu busca, y te traerá con sólo cogerte de un cabello y tirar de ti... Si tardas en volver, te buscarán los que te rondan, y dirán: «¿Dónde está esa loca?...». Y esta loca está jugando a la honradez pobre, uno de los juegos más inocentes de la infancia. Juega a las comiditas, a ir a la compra, y a remendarle los trapos al ganapán que la llama su mujer. Vete, vete pronto, Teresa. Cuando vuelvas, me encontrarás... Yo te espero: iré a tu casa... a tu nueva casa. Adiós, gran revolucionaria, adiós».

Dicho esto con el hechizo que reservaba para ciertas ocasiones, se fue, dejándola sola en una vereda por donde sin cansancio podía llegar pronto a su objeto. Desde lejos la saludó, y ella tuvo fijos en Tarfe sus ojos hasta que le vio desaparecer. Siguió entonces por la vereda, cabizbaja: lo que le había dicho O'Donnell el Chico levantaba en su alma un tumulto borrascoso. ¡Y qué cosas se le ocurrían, tan bien dichas y con tan hondo sentido! Sin duda era Manolo un diablillo simpático, tentador, que con permiso de Dios le sugería las ideas ambiciosas cuando ella anhelaba ser modesta y despreciar las vanidades del mundo.

A cada rato se paraba Teresa y volvía sus ojos hacia Madrid. Poníase de nuevo en marcha lenta, arrastrando sus miradas por los surcos del campo, en que verdeaba la cebada raquítica para pasto de las burras de leche. ¿Quién era, o quiénes eran los magnates del dinero que la solicitaban? Esto se decía, mirando a los surcos, y relacionando las indicaciones de Tarfe con las vaguedades de Manolita Pez, y todo esto con la indirecta que le soltó Serafina días antes. Fuera de ella y de su voluntad, había sin duda una conspiración cuyo fin bien claro veía: faltábale sólo conocer la persona. Según Tarfe, no se trataba del candidato de Serafina, sino de otro de mayor vuelo y poder más brillante... Loca la habían vuelto entre todos; pero ella debía persistir en sus sanos impulsos de moralidad, apresurando el paso para llegar pronto a la presencia de Juan y de Mita y Ley, que confortarían su alma turbada.

Pasaron junto a ella, y se le adelantaron, algunas familias pobres que iban de merienda. Groseros le parecieron los hombres, desgarbadas las mujeres, flacuchos y pálidos los niños. ¡Oh! ¿llegaría Teresa a verse así, sin garbo ella, bárbaro su hombre, y degenerados sus hijos, si los tenía? ¿El hambre y la privación de todo bienestar la llevarían a tan triste estado? No quería ni pensarlo... Entráronle súbitas ganas de volverse a Madrid, y aun dio algunos pasos hacia atrás, movida de un ardiente deseo de encararse con su madre y decirle: «¿Pero quién...?». Pronto se rehízo de esta instintiva inclinación al retroceso; siguió su camino y... pensando en el hombre aceleró el paso, como aceleran las aves el vuelo cuando van al nido. ¡Vaya, que el pobrecito Juan esperándola! ¡Qué impaciente estaría, qué inquieto, qué ansioso! ¿Y Mita y Ley, qué pensarían de aquella tardanza? Ya eran las doce, las doce y media. Tendrían ganas de comer; pero la esperarían... Sólo en el caso de que ella tardase mucho, comerían... ¡pero qué tristeza tener que ponerse a comer sin ella!

Llegó hasta donde veía las tapias de la huerta, y lo mismo fue verlas que sentir que los pasos se le acortaban por sí solos, hasta llegar a detenerse en firme. Tuvo miedo; sintió la urgencia de resolver y ordenar en su mente un aluvión de ideas que en ella entraron como huéspedes alborotadores. Grande era el amor que sentía por Juan; mucho le quería, mucho. Era bueno, sencillo, inteligente, capaz de todo lo bello y noble... Merecía la felicidad y cuantos bienes ha puesto Dios en el mundo... Pero si ella se metía en la vida pobre, ¿quién había de dar estos bienes al honrado y amante Santiuste? ¿Quién cuidaría de su alimento, quién le socorrería en sus desgracias? ¿Quién le costearía las más brillantes carreras en el caso de que quisiese dedicarse a la sabiduría? ¿Quién le pondría la gran tienda de armero en el caso de que optase por la industria? ¿Quién le proporcionaría las mejores ropas, los libros más instructivos, la casa cómoda y elegante, y las mil frivolidades y pasatiempos que engalanan la vida?... Tenía que pensar en esto antes de lanzarse resueltamente en la vida pobre, y para pensarlo despacio y poner cada idea en su punto, se apartó del camino. La cosa era muy grave. Necesitaba recoger su espíritu... Tanto quiso recogerlo, que se fue a un altozano donde se alzaba un artificio que parecía noria, entre pelados olmos. Sentose allí y meditó.

Pensando, se fijó en los grupos que merendaban en el prado próximo a la huerta. ¿Quién cuidará de socorrer a tanto pueblo infeliz, si ella se metía en el árido reino de la pobreza?... ¡Cuánta miseria que remediar, cuánta hambre que satisfacer, y cuánta desnudez que cubrir! Ella, ella sola podía con mano solícita y diligente acudir a todo, cogiendo a puñados lo que sobraba del montón grande, y... No había duda, no, de que era verdad lo que Tarfe le dijo. Como que Manolo era el espíritu mismo y la esencia de O'Donnell el Grande, trasvasados a un ser familiar, un tanto diablesco, rebosante de ingenio y de gracia.

¿Pero no era discreto y razonable que todas estas cosas se las dijese al propio Santiuste, su amor único desde que vivía? Seguramente, cuando se lo dijera, Santiuste le daría la razón, y le aconsejaría que se dedicase pronto a las funciones de intérprete del verbo de O'Donnell, que era el verbo de Mendizábal. La Humanidad aguardaba con ansia los beneficios que la Mano Viva de Teresita había de derramar sobre ella... Púsose en camino hacia la huerta, cuyo tapial bien cerca veía; pero a los pocos pasos la obligaron a nueva detención estas ideas: «Si digo esto a Mita y Ley, no me comprenderán. Si lo digo a Tuste, me comprenderá, pero después de explicaciones muy largas, que no pueden hacerse en un día ni en dos. Juan tiene mucho talento, y ve las cosas desde lo alto, desde lo más alto; pero idea como esta, ni Tuste, con todo su entendimiento y su saber castelarino, la puede penetrar, así... de primera intención. Yo se la pondré bien clarita... pero no puede ser ahora... ahora no...».

Vaciló un instante, frunció el ceño, y al fin determinó que no pudiendo decir lo que pensaba, debía volverse a Madrid. Frente a ella se extendía la tapia de la huerta, por el Este. Veía los tejados irregulares de la casa, los chopos, los cuatro cipreses, de igual altura con muy poca diferencia. El del extremo de la derecha subía un poquito más que sus tres hermanos. Acercose Teresa aguzando el oído con intento de percibir algún ruido del interior de la huerta... Oyó voces confusas, pasos, cantos del gallo... Su viva imaginación le fingió imágenes precisas de lo que allí dentro pasaba. Juan, muerto ya de impaciencia y desconfiado de que a tan avanzada hora llegase, se había retirado del portalón, donde estuvo en acecho desde las diez, y abrumado de tristeza se sentaba en el brocal del estanque, mirando las aguas verdosas y el reflejo de los cuatro cipreses, tan rígidos y melancólicos vueltos hacia el cielo bajo, como lo eran señalando al cielo alto con afinada puntería. Mita, sentada en la puerta de la casa, expresaba con su inmovilidad, el codo en la rodilla, la cara recostada en la palma de la mano, el aburrimiento de una larga espera. Ley paseaba por entre los chopos al niño, y le zarandeaba para alegrarle; el perro corría tras ellos fingiendo alborozo, sin más objeto que aligerar el tiempo... Por fin, Mita llamaba: ya no podían esperar más. ¿Qué habrían llevado para comer? La imaginación de Teresa vaciló entre figurarse la tortilla y un buen arroz, o el par de pollos precedidos de ruedas de merluza... Vio, sin dudar un punto, el postre de polvorones que tanto gustaban a la amiga invitada; vio también que, arrimados Mita y Ley al mantel tendido a la sombra del moral, Juan negábase a comer... Su tristeza le ponía un nudo en la garganta y no podía tragar bocado. Los amigos le consolaban, discurriendo las explicaciones más racionales de la tardanza de Teresa. Los consuelos quedábanse en los oídos de Juan sin llegar al alma; esta, empapada en amargura, agrandaba su pena hasta lo infinito, viendo en la ausencia de la mujer amada algo tan solitario y desesperante como el vacío de la muerte... Mientras los otros comían, Juan, volviendo a la puerta, asaltado de una débil esperanza, declamaba mentalmente cláusulas altísonas, que lo mismo podían ser suyas que de Castelar. Teresa las reproducía en su imaginación y en su memoria como si las oyera: «Muerto el paganismo, el humano espíritu levanta el vuelo y corre tras el cumplimiento de la ley de amor... Amor le brindan los cálices de las flores, amor la dulce onda de los sagrados ríos, amor la conciencia pura de la mujer cristiana, Eva restaurada, virgen renacida de las cenizas de la inmolada Venus...».

La idea de que Juan saliese a explorar el camino y la encontrara en aquel acecho angustioso, le infundió tal vergüenza y terror, que instintivamente se alejó a buen paso. Alborotada su conciencia, no quería ver ni aun con la imaginación los rostros de sus inocentes amigos, ni oír sus amantes voces. ¿Qué entendían ellos de los graves conflictos del alma en lucha con todo el artificio social, y solicitada de poderosas atracciones?... Por el amor mismo que a Juan tenía, y por la piedad intensa con que miraba el presente y el porvenir del interesante mozo, amigo de su alma, no debía verle en tal ocasión... ¡A Madrid, a Madrid otra vez! Anduvo largo trecho muy aprisa, siguiendo la mejor dirección para cambiar pronto de perspectiva... Al fin vio casas mezquinas y tapias de corrales, que a cada paso aparecían en mayor número, como si ante ella surgieran del suelo. Por un boquete de aquellas rústicas construcciones distinguió la Plaza de Toros... Como no había comido nada desde el desayuno, que tomó muy temprano, sentía, sin tener apetito, los desmayos propios de un cuerpo exhausto en día de tantas emociones. Una vieja, vendedora de rosquillas, torrados y cacahuetes, le salió al paso. ¡Hallazgo feliz! Con tres o cuatro rosquillitas y un poco de agua, pensó Teresa que se sostendría muy bien hasta la noche. Cuando esto pensaba, vio aparecer una aguadora. Ya tenía su lista de comida completa. En un banco de mampostería del Paseo de la Ronda se sentó, una vez hecha la provisión de rosquillas, que hubo de ser harto mayor de lo presupuesto, porque se le acercaron multitud de chiquillos que le pedían chavos, o pan, y a todos obsequió. De la cesta de la vendedora pasaban las rosquillas a la falda de Teresa, que las repartía graciosamente y con perfecta equidad entre aquella mísera chusma infantil. Y cuanto más daba, mayor número de criaturas famélicas y haraposas acudían, hasta formar en torno a la guapa mujer una bandada imponente. La más contenta de esta invasión fue la rosquillera, que viendo la pronta salida del género decía: «¡Ay, señorita, hoy casi no me había estrenado, y con usted me ha venido Dios a ver! Bien pensé yo, cuando la vi venir, que la señora se parecía a la Virgen Santísima».

Sin dar paz a su mano generosa, Teresa iba consolando a toda la chiquillería. «Desnuditos y hambrientos estáis -les dijo-. Malos vientos corren en vuestras casas...». Contaban algunas chiquillas las miserias de su orfandad, y las viejas vendedoras metieron baza, lamentándose de lo malo que estaba todo. Si los hombres no tenían dónde ganar para una libreta, ¿qué habían de hacer las pobrecitas mujeres? Con gravedad bondadosa les dijo Teresita, dirigiéndose igualmente a las ancianas y a los niños: ¿Pero no sabéis que ahora van a venir tiempos buenos, muy buenos?». Ante la incredulidad de las viejas, Teresa repitió: «Vendrá una cosa que llaman la Desam...». No siguió, porque su auditorio no entendería tal palabra... «Señora, como eso que venga no sea un alma caritativa, no sabemos lo que podrá ser»... «Pues eso -añadió la guapa mujer-: vendrán manos piadosas que cojan lo que sobra de los montones grandes, y lo lleven a remediar tantas miserias... Creed que vendrá esa mano... ya está cerca... casi está aquí ya».

Con estos consuelos que daba a los menesterosos, se le fue a Teresa el tiempo sin sentirlo... Más de dos horas había permanecido en aquel lugar, entre mocosos y viejas; la tarde declinaba; se veían grupos de familias pobres que volvían ya de paseo con dirección al centro de Madrid. Buscando la soledad, Teresa se metió por un callejón que a su parecer debía de conducirla a la Veterinaria y al mismo sitio donde estuvo sentada con Tarfe. Pero se había equivocado de sendero, pues el callejón la condujo al Taller de coches, y costeando este, fue a parar junto al Palacio de Salamanca, cuyo grandor y artística magnificencia contempló largo rato silenciosa, midiéndolo de abajo arriba y en toda su anchura con atenta mirada. En esto la sorprendió un movimiento de ternura en lo más vivo de su alma, y acongojada apartó del palacio sus ojos, que empezaron a llenársele de lágrimas: fue que se acordó del pobre Juan y de los excelentes amigos, de honesta, sencilla y semisalvaje condición. Trató de encabritar su espíritu abatido, espoleándolo con esta idea: «Pobre Juan mío, yo haré por ti más de lo que pudieras soñar...».

Afirmando esto, vio multitud de carruajes que volvían de la Castellana. Antes que en acercarse para ver bien a los que pasaban, pensó en retirarse para no ser vista... Entre una ligera neblina polvorosa, Teresa vio pasar a la Navalcarazo, que llevaba en su coche a Valeria; a caballo, al vidrio, iba Pepe Armada. Pasó después la Belvis de la Jara; tras ella la Cardeña, tan linajuda como ricachona, en una berlina de doble suspensión, elegantísima, de gran novedad... Pasaron otras que Teresa no conocía, y otros a quienes conocía demasiado. La Villares de Tajo iba en el coche de la Gamonal, de la aristocracia de poco acá, que deslumbraba con el brillo chillón del oro nuevo. Ambas señoras iban muy emperifolladas, y llevaban en el asiento delantero de la berlina al pomposo y magnífico Riva Guisando. Detrás iban a caballo, con toda la gallardía andaluza, Manolo Tarfe y Pepe Luis Albareda. «¡Ay -pensó Teresa, volviendo el rostro-, si llega a verme O'Donnell Chiquito, me luzco!...». La Villaverdeja, la Monteorgaz, dejáronse ver en la rauda procesión de vanidad; y por fin... O'Donnell el Grande, en una vulgar berlina con doña Manuela... Vio Teresa el rostro del irlandés en la ventanilla, y en su imaginación le consideró rodeado de un glorioso nimbo de oro y luz como el que ponen a los santos. «Maestro, Dios te guarde -dijo la guapa moza con vago pensamiento-. Toquemos a desamortizar... Ya está aquí la Mano Viva».


FIN DE O'DONNELL


Madrid, Abril-Mayo de 1904.

Capítulo XXXII