O'Donnell : 3

O'Donnell
Capítulo III
 de Benito Pérez Galdós


No vuelve a mentar Clío a nuestro buen Centurión hasta la página en que nos cuenta la entrada de Espartero en Madrid, por la Puerta de Alcalá, entre un gentío loco de entusiasmo, que le bendecía, le aclamaba y le llevaba medio en vilo con coche y todo. A pie iba Centurión junto a la rueda trasera, puesta la mano en la plegada capota, dando al viento, con toda la violencia de su voz estentórea, los gloriosos nombres de Luchana, Peñacerrada y Guardamino, emprendiéndola luego con la Libertad, la Soberanía del Pueblo y otras invocaciones infalibles para enardecer a las multitudes. El caudillo de los patriotas, cuando los vaivenes del océano de personas detenían el coche en que navegaba, se ponía en pie, sacaba y esgrimía la espada vencedora, y soltando aquella voz tonante, sugestiva, de brutal elocuencia, con que tantas veces arrastró soldados y plebe, lanzaba conceptos de una oquedad retumbante, como los ecos del trueno, con los cuales a la turbamulta enloquecía y la llevaba hasta el delirio... Reaparece luego Centurión cuando Espartero y O'Donnell se dieron el célebre abrazo en el balcón de la casa donde fue a vivir el primero, plazuela del Conde de Miranda. Detrás de los dos Generales invictos se veía, entre otros paniaguados, la imagen escueta de Centurión, derramando de sus ojos la ternura, de sus labios una alegría filial, dando a entender que allí estaba él para defender a su ídolo de cualquier asechanza. Cuenta la Musa que el buen señor se constituyó en mosca de don Baldomero, acosándole sin piedad a todas horas, hasta que su pegajosa insistencia logró del caudillo el anhelado nombramiento en la Obra Pía de Jerusalén.

Daba gusto ver la Gaceta de aquellos días, como risueña matrona, alta de pechos, exuberante de sangre y de leche, repartiendo mercedes, destinos, recompensas, que eran el pan, la honra y la alegría para todos los españoles, o para una parte de tan gran familia. Capitanes generales, dos; Tenientes generales, siete, y por este estilo avances de carrera en todas las jerarquías militares, sin exceptuar a los soldados rasos, aliviados de dos años de servicio. ¡Pues en lo civil no digamos! La Gaceta, con ser tan frescachona y de libras, no podía con el gran cuerno de Amaltea que llevaba en sus hombros, del cual iba sacando credenciales y arrojándolas sobre innumerables pretendientes, que se alzaban sobre las puntas de los pies y alargaban los brazos para alcanzar más pronto la felicidad. La Gaceta reía, reía siempre, y a todos consolaba, orgullosa de su papel de Providencia en aquella venturosa ocasión. Y no era menor su gozo cuando prometía bienaventuranzas sin fin para el país en general, anunciando proyectos, y enseñando las longanizas con que debían ser atados los perros en los años futuros. La Gaceta tenía rasgos de locura en su semblante iluminado por un gozo parecido a la embriaguez. Diríase que había bebido más de la cuenta en los festines revolucionarios, o que padecía el delirio de grandezas, dolencia muy extendida en los pueblos dados al ensueño, y que fácilmente se transmite de las almas a las letras de molde.

Era de ver en aquella temporadita el súbito nacimiento de innumerables personas a la vida elegante o del bien vestir. Se dice que nacían, porque al mudar de la noche a la mañana sus levitas astrosas y sus anticuados pantalones por prendas nuevecitas, creyérase que salían de la nada. La ropa cambiaba los seres, y resultaba que eran tan nuevos como las vestiduras los hombres vestidos. El cesante soltaba sus andrajos, y mientras hacían negocio los sastres y sombreros, acopiaban los mercaderes del Rastro género viejo en mediano uso. Y a su vez, pasaban otros de empleados a cesantes por ley de turno revolucionario, que no pacífico. Alguna vez había de tocar el ayuno a los orgullosos moderados, aunque fuera menester arrancarles de las mesas con cuchillo, como a las lapas de la roca.

El observador indiferente a estas mudanzas entreteníase viendo pasar regocijados seres desde la región obscura a la luminosa, entonando canciones anacreónticas o epitalámicas, y sombras que iban silenciosas desde la claridad a las tinieblas. Al gran Sebo le veíamos salir de su casa después de comer, bien apañadito de ropa, llevando entre dos dedos de la mano derecha un puro escogido de cuatro cuartos, que fumaba despacio, procurando que no se le cayera la ceniza, y a su oficina de Gobernación se encaminaba, saludando con benévola gravedad a los amigos que le salían al paso. Poco trecho recorría Centurión desde su casa de la calle de los Autores hasta Palacio, bajando por la Almudena y atravesando el arco de la Armería, sin encontrar amigos o comilitones que en tan desamparado lugar le saliesen al encuentro para pedirle noticias de la cosa pública. Mejor era así, pues se había impuesto absoluta discreción... Atento a la dignidad más que a vanas pompas, limitose, en la cuestión indumentaria, a lo preciso y estrictamente decoroso, y pensó en mejorar de vivienda, cambiando el mísero cuarto de la Cava de San Miguel por una holgada habitación en la calle de los Autores, casa vieja, pero de anchura y espacio alegre, con vista espléndida al Campo del Moro. Allí se instaló por gusto suyo y principalmente por el de su mujer, que como andaluza hipaba por las casas grandes bañadas de aire y luz. El primer cuidado de la mudanza fue la conducción de tiestos. Los dos balcones de la Cava de San Miguel remedaban los pensiles de Babilonia; diversidad de plantas en macetas, cajones y pucheros, entretenían a doña Celia, que tal era el nombre de la señora, ocupándole horas de la mañana y de la tarde en diversas faenas de jardinería y horticultura. Los cuatro balcones de la calle de los Autores, abiertos al Oeste, dieron amplitud y mayor campo a su dulce manía, y lanzándose a la arboricultura, con el primer dinero que le dio Centurión para estos esparcimientos compró una higuera, un aromo y un manzano, que con la arbustería formaban, a las horas de calor, una deliciosa espesura de regalada sombra.

En su nueva casa, visitado de pocos y buenos amigos, veía Centurión pasar la Historia, no sin tropiezos y vaivenes en su marcha, a veces precipitada, a veces lenta; vio la salida de la Reina Cristina, de tapujo, pues los demagogos querían, si no matarla, darle una pita horrorosa, homenaje a su impopularidad; vio cómo se establecía la Milicia Nacional, de lo que sacaron fabulosas ganancias los fabricantes y almacenistas de paños por la enorme confección de uniformes; vio y leyó el Manifiesto que hubo de largar Cristina desde Portugal, quejándose de que la Nación la había tratado como a una mala suegra, y augurando calamidades sin fin; vio entrar en España huésped tan molesto como el cólera morbo; asistió a la apertura de las nuevas Cortes, que eran, para no perder la costumbre, Constituyentes y todo; vio a Pacheco salir del Ministerio de Estado, sustituyéndole don Claudio Antón de Luzuriaga, lo que no le supo mal, por ser este un buen amigo que le estimaba de veras; y lamentó, en fin, los motines con que el loco año 54 se despedía, desórdenes provocados en unos pueblos por la inquieta Milicia, en otros por ella reprimidos.

A medida que prosperaban los árboles en los balcones de doña Celia, Centurión se iba sintiendo más inclinado al orden, y más deseoso de la estabilidad política, tomando en esto ejemplo del reino vegetal y de la Madre Naturaleza, que con lenta obra arraiga las plantas, protege la savia y asegura flores y frutos. La moderación se posesionaba de su alma, y garantida por el empleo la vida física, se sentía lleno de la dulce y fácil paciencia, que es la virtud de los hartos. Quería que todos los españoles fuesen lo mismo, y renegaba de los motines, no viendo en ellos más que una insana comezón, conatos de nacional suicidio. ¡Cuánto mejor y más práctico que estuviéramos tranquilos los españoles, disfrutando de las libertades conquistadas, y esperando en calma la Constitución nueva que iban a darnos los conspicuos!... Pensando en esto todo el día, por las noches solía tener el hombre pesadillas angustiosas; soñaba que Espartero y O'Donnell se tiraban al fin los trastos a la cabeza, como decían los profetas callejeros, y venía el temido rompimiento. Con imaginario peso sobre el buche y tórax, don Mariano no podía respirar. Era una barra de plomo, y la barra de plomo era la espada de Lucena, vencedora de la de Luchana. O'Donnell triunfante reía como un diablo de los infiernos irlandeses, con glacial cinismo, entreteniéndose en limpiar los comederos de todos los esparteristas habidos y por haber. Despertaba el hombre sobresaltado, clamando: «¡Ay, que me ahogo!... ¡Quítate... O'Donnell!...». Y aun despierto persistía la sensación de horrible pesadumbre sobre el pecho. A los gritos del buen señor se despabilaba doña Celia, y sacudiendo a su esposo por el brazo de este que tenía más próximo, le decía: «Mariano, ¿qué es eso?... ¿El dolor en el vacío... la opresión en el pecho?

-Sí, mujer... es este O'Donnell...

-¿Qué O'Donnell?

-La opresión, hija. La llamo así porque... ya te lo expliqué la otra noche... Dame friegas... aquí... la opresión se me va pasando, pero el miedo no... Veo la gran calamidad del Reino, el rifirrafe entre estos dos caballeros. El uno tira para la Libertad, el otro para el Orden... Adiós, revolución bendita; adiós, principios; adiós, España... Y todo para que vuelva el perro moderantismo... el atizador de estas discordias... por la cuenta que le tiene... Vaya, no friegues más. Duérmete, pobrecilla.

-Cuando me despertaron tus ayes -dijo doña Celia requiriendo el rebozo-, soñaba yo que uno de mis jacintos echaba un tallo muy largo, muy largo...

-¡Muy largo! -murmuró don Mariano cerrando los ojos y arrugando su faz-. Ese largo es O'Donnell.

-¿Sueñas otra vez?

-No sueño... pienso.

-No pienses... Oye, Mariano: treinta y dos capullos tiene mi rosal pitiminí... y ya han echado la primera flor los ranúnculos de Irlanda.

-¡Irlanda... O'Donnell!

-¿Qué tiene que ver?... Duerme... yo también... Me levantaré temprano para limpiar los rosales, sembrar más extrañas, y recortar el garzoto blanco.

-Blanco es O'Donnell... el hombre blanco y frío... Duerme, Celia. Yo no puedo dormir... Pronto amanece. Oigo cantar gallos... su grito dice: «¡O'Donnell!...».


Capítulo III