O'Donnell : 29

O'Donnell
Capítulo XXIX
 de Benito Pérez Galdós


Salvó a Beramendi de aquel sofoco Cándido Nocedal, que fue a dar sus plácemes a don Serafín por la feliz aprobación del convenio de paces, y tuvo que aguantar los abrazos con salpicadura de lágrimas efusivas. El ex-ministro reaccionario no había contribuido poco a domar la testarudez socobiana, desmintiendo en aquel caso, como en otros de la vida privada, el rigor de sus principios dogmáticos. En el comedor, todo era luz, animación y alegre bullicio. Valeria se derretía con los finos galanteos de Manolo Tarfe, y afectaba sorpresa burlona cuando el caballero hacía descaradas alusiones a los flamantes amoríos de ella con Pepe Armada... Beramendi cogió al vuelo estas frases. «¡Qué tonto, qué malo!... Con usted no hay reputación segura». Y en el otro corrillo oyó a don Saturno: «Querido Guisando: eso que usted dice es un insulto a la Divina Providencia, y una burla de los designios del Altísimo. Porque el Altísimo permite que haya pobres, y los pobres y miserables lo son porque así les conviene... Permite también que haya ricos que no necesitan trabajar... Naturalmente, les conviene la ociosidad en medio de la abundancia; pero el Hacedor, al permitir estas desigualdades por conveniencia de unos y otros, no consiente que los ricos inventen manjares absurdos por lo costosos. Eso es ya sibaritismo, y el sibaritismo es pecado.

-El desenfreno de la gula -dijo Eufrasia-, llevará a los infiernos a nuestro simpático gourmet».

Riva Guisando, encendido de satisfacción el rostro, respondió con sonrisa olímpica que él no era más que un experimentador, un espíritu teórico que ponía sus conocimientos al servicio de la Humanidad. «Repetiré lo que ha escandalizado a esta señora -dijo-, para que se enteren Beramendi y Tarfe. Yo sé hacer un caldo tan superior, que cada taza sale por diez duros... cinco tazas cincuenta duros, y no rebajo ni un maravedí». Grande escándalo y risotadas de incredulidad. «¿Pero qué demonios echa usted en ese caldo?»... «Será que, en vez de carbón, emplea usted billetes de Banco»... «Lo hará con alones de ángel, o con huesecitos de santos milagrosos»... «Cuando uno tome ese caldo, verá desde aquí el rostro del Padre Eterno». Fiando a la comprobación real su problema gastronómico, Guisando emplazó y convidó a los presentes para la prueba. Él haría su caldo en casa de Farruggia. Luego que los amigos cataran y saborearan tan extraordinario condumio, él les daría exacta cuenta de las carnes, especias y demás ingredientes que habían entrado en la composición... y se vería si era o no razonable calcular en diez duros el coste de cada taza.

Aceptaron todos el extraño convite. En opinión de don Saturno, Guisando tenía que pedir pagas adelantadas, vender sus camisas y empeñar toda su ropa, si daba en regalarse a menudo con su famosa invención. «Pues sí -dijo Eufrasia-, quiero probar ese caldo y saber cómo se hace... para no hacerlo en mi vida, y declarar loco a su inventor». Con esto se puso fin a la reunión, que en aquella casa venerable terminaba siempre temprano. Salió el primero don Serafín, acompañado de su hija, y luego los demás convidados, agradecidísimos a las atenciones de los Marqueses. Nocedal y Beramendi se fueron a sus casas, y Tarfe y Guisando al Casino.

No se le cocía el pan a Manolito hasta no avistarse con Teresa, y a la mañana siguiente se fue a su casa, esperando verla ya en completa liberación del fardo. Aunque el rompimiento era seguro, aún no había dicho Risueño la última palabra, según contó a su amigo la moza, inquieta y malhumorada. «Hemos tenido más de un arrechucho. Está el hombre imposible... Ni él puede aguantarme a mí, ni yo a él. A decir verdad, no ha estado muy violento... lo que significa que no me tiene ninguna estimación. Yo a él tampoco le estimo desde que sé que quiere proteger a una tal Genara, alias la Zorrera, que estuvo con Pucheta... y es de lo último de la calle... Lo que más me carga de Facundo es su gusto pésimo y su ordinariez... Veo que me despedirá como se despide a una criada que no guisa con aseo. Ayer me dijo: 'Sé que tomas varas de un chico, aprendiz de armero, que pedía limosna... Ya veo que tus caridades no son más que una tapadera indecente'. Yo le contesté con medias palabras, de las que ni afirman ni niegan... siempre con dignidad. Sé tener dignidad; él no... Vaya con Dios... No me importa: ya lo deseo».

Reiteró Tarfe su proposición de recoger la herencia de Risueño, y la guapa mujer, agraciándole con sonrisas y seductores melindres, le ordenó que tuviese paciencia, y escuchase lo que a decirle iba. Sacó del bolsillo un mal escrito papel, sentose frente a O'Donnell el Chico, y le dijo mostrando sus garabatos: «Estas notas, Manolo, escritas por mí, que no estoy fuerte en ortografía, las pondrá usted en limpio. Tome, entérese. Verá tres nombres de personas, y otros tantos destinos, que quiero, Manolo, que necesito... Lo hago cuestión de gabinete: o me trae usted las tres credenciales, o no se presente más delante de mí. Usted es poderoso; el General O'Donnell no le niega nada. En todos los Ministerios tiene usted gran metimiento. Se va usted a Posada Herrera, o a Calderón Collantes, o a Salaverría... si no prefiere irse a la cabeza, a su padrino don Leopoldo, diciéndole: 'Padrino, esto quiero... Mis compromisos políticos me exigen, me...' En fin, usted sabrá lo que tiene que decirle».

Leyó Manolito la nota, y suspirando dijo que lo haría, lo intentaría, sin asegurar que lo consiguiese, pues había pedido ya y obtenido de don Leopoldo y de los demás Ministros excesivo número de credenciales. Pero, en fin, él lo tomaría con gran empeño, presentando los tres casos como graves compromisos políticos, de los ineludibles y que no admiten espera. Pedía Teresa para su tío don Mariano plaza de Jefe de Administración, que era el ascenso que le correspondía, si era posible en Estado, y si no en cualquier parte. Para Leovigildo Rodríguez pidió plaza de la misma categoría que tuvo en Hacienda, y otra igual para don Segundo Cuadrado. Tragose la nota el buen Tarfe, viendo que con Teresa no valían palabritas engañosas, y se fue dispuesto a marear a medio Ministerio y a su cabeza visible hasta lograr las tres plazas. Cosas más difíciles había en este mundo. Él de nada se asustaba, fiado en su buena estrella y en su ángel. Era el niño mimado de la Unión. Adelante, pues, y a trabajar por Teresa, por aquel París que bien valía una misa, y aun tres misas.

Mientras andaba O'Donnell el Chico en la campaña que había de producir el remedio de tres cesantes infelices, Teresa no mantenía ociosa su mano liberal. Creía llegado el caso de repartir todos los bienes que a ella le sobraban. Su idea desamortizadora y de distribución del bienestar nunca brilló en su mente con luz tan viva. A su madre dio dos trajes muy buenos para que los arreglara, y dos miriñaques; a Mercedes Villaescusa, una bata, camisas, enaguas, zapatos; a doña Celia envió macetas con las mejores plantas que entonces se conocían en Madrid, y además loza de vajillas descabaladas, un par de cortinas, cuatro botellas de manzanilla, un calentador para los pies, tabaco y otras menudencias; a Jerónima, provisiones de boca, galletas finas y un jamón, amén de unos visillos para las ventanas... Y entre otros pobres que en sus excursiones por los barrios del Sur había encontrado, repartió diferentes especies de ropa y comestibles, y algún dinero. En esta caritativa ocupación la sorprendió el ultimatum de Risueño, que se despidió de ella con una carta muy mal escrita, concediéndole la propiedad de todo lo existente en la casa, y enviándole mil reales de plus... Alegrose Teresa de que la madeja de aquel lío se desenredase tan suavemente, y dio por buena la mezquindad del socorro final, perdonando el coscorrón por el bollo. Nunca le fue tan grata la libertad; nunca tan a sus anchas respiró, a pesar del alarmante vacío de sus arcas. Ya vendría dinero de alguna parte; vendría tal vez la franca resolución de despreciarlo, y el recurso supremo de no ver su necesidad. Hallábase después de la carta de Risueño en gran perplejidad, cavilosa, echando ahora su alma por un camino, ahora por otro. Pocos días después de encontrarse libre, recibió la visita de una señora, o con apariencias de tal, que alguna vez se personaba en su casa; mujer de peso, de historia y de mucha labia, de estas que vienen a menos por desgracias de familia, o por picardías de hijos desnaturalizados. Había sido famosa cuca; vestía decentemente, sin borrar de sí la inveterada traza celestinoide.

Secretearon las dos algo que merece referirse. Con extremados encarecimientos habló Serafina, que así la tal se llamaba, de un opulento señor, en buena edad, que por la calle había visto a Teresa y deseaba obsequiarla en alguna forma delicada... «Usted se habrá fijado tal vez... y ya comprende a quién me refiero... Sólo le diré, por si lo ignora, que ese señor tiene la contrata de todo el tabaco que en España se consume, y que no sabe qué hacer del dinero... Pero sí sabe, sí. ¿Ve usted la Puerta del Sol, con todas las casas derribadas para hacerlas de nuevo, ensanchando la plaza? Pues dicen que él levantará todas las casas nuevas. Imagine usted qué fincas... Es de estos hombres que de chicos se van descalzos a la Habana y vuelven con las botas puestas... Pero este no trabajó en calzado, sino en sombreros, con más suerte que mi difunto esposo, que después de ganar en Cuba muchísimo dinero, allá se dejó las onzas y la pelleja... Pues como le digo, es persona sentada, tan limpio que da gloria verle; la cara bonachona, los cabellos entrecanos... figura hermosa en sus años maduros...

-Le conozco de vista -dijo Teresa poco interesada en el asunto-, y algo me han contado de la facilidad con que gana el dinero. Yo, si he de decirle la verdad, Serafina, estoy cansada de esta vida... ¿Sabe usted lo que pienso de algunos días acá? Se va usted a reír... Ríase lo que quiera. Pues se me ha metido en la cabeza dedicarme a la honradez pobre, o a la pobreza honrada... que es lo mismo... ¿Qué le parece?

-¡Ay, hija mía: si es cuestión de conciencia, yo nada digo; no me meto a dar consejos a nadie, mediando la conciencia! ¡Ay, no, no!... ¿Pero de qué le ha dado a usted esa ventolera? ¿Es cierto lo que oí, que le ha salido a usted un obrerito? Hija mía, ándese con cuidado con los obreritos, que esos... a lo mejor la pegan, y salen unos perdularios o unos borrachines. Las clases bajas de la sociedad, me decía Bravo Murillo, son dignas de que se las socorra, de que se las aliente; pero líbrenos Dios de meternos entre ellas... No, no: ni usted ni yo, por nuestra educación, podemos hacernos a la grosería del pueblo.

-Yo no pienso así. Al contrario, se ha fijado en mí la idea de que no hay cosa mejor que no poseer nada, absolutamente nada. ¡Fuera necesidades, fuera obligaciones! Tener una un hombre que la quiera... casarse con él, vivir con vida sencilla, descuidada... ganando el pedazo de pan necesario para cada día...

-¡Ay, ay, Teresa, qué gracia me hace usted! ¡Salir con eso del bocadito de pan, ahora, ahora, cuando tenemos a la Unión Liberal, que viene con la idea de hacer de España otro país, como quien dice, fomentando, fomentando...! Yo no sé expresarlo bien; pero este es el momento histórico... así me lo ha dicho don Francisco Martínez de la Rosa... el momento histórico de multiplicar en España las comodidades y el bienestar de tantos miles de almas... Tendremos más ricos, pudientes muchos, y menos pobres... Vendrá la venta de la Mano Muerta... saldrán miles de millones... y verá usted a España cubierta de ferroscarriles, que traerán a Madrid todo el género de las provincias casi de balde... Así me lo decía esta mañana Salustiano Olózaga, y del mismo parecer es el Infante don Francisco, con quien hablé la semana pasada, y me dijo: 'Serafina, mucha riqueza que está guardada veremos salir pronto de debajo de la tierra'. ¡Y en este momento histórico cambia usted de rumbo, y vuelve su lindo rostro hacia la pobreza!...». La condenada tenía la perversa costumbre de citar personas respetables, que le daban confianzudamente un autorizado parecer, con el cual fortalecía su opinión propia. Teresa, en verdad sea dicho, había tenido con ella poco trato, y este fue casi siempre puramente comercial, por la compra o cambalache de joyas, encajes, abanicos, y otras prendas que cautivan a las señoras. Sin hacer ningún negocio la despidió aquella mañana, y fue tan discreta Serafina que no reiteró su proposición, limitándose a decir: «Volveré, Teresita... quiero verla a usted en su nuevo papel... ¡Compartir la vida pobre con un obrerito! ¡Qué pronto se dice, y qué bonito parece pensado y dicho!... En el hecho ya es otra cosa... Aquí donde usted me ve, yo, en mis quince y en mis veinte, tuve, mejor diré, padecí, ese bello ideal, y... ¡ay!... En fin, no quiero quitarle las ilusiones. Váyase usted, Teresita, a la pobreza honrada, que si es cuestión de conciencia, yo seré la primera que le aconseje ir por ese camino. La conciencia sobre todo: así me lo decía, sin ir más lejos, ayer tarde, el Cardenal Fray Cirilo de Alameda... Adiós, hija mía».


Capítulo XXIX