O'Donnell : 26

O'Donnell
Capítulo XXVI
 de Benito Pérez Galdós


En el templo más hermoso y venerado no entraría Teresa con más respeto que entró en la humilde casa de Virginia. Desnudas paredes vio, muebles viejos en buen uso, cama, cómoda, cuna, en todo una pobreza decorosamente conllevada, y un vivir modesto y sin afanes. Allí no había nada bello ni superfluo; nada tampoco que indicase la penuria angustiosa, la inquietud del día siguiente. La mano hacendosa se veía en todas partes, y cierta entonación alegre de las cosas, en conformidad con la claridad de la estancia.

Virginia, después de mostrar el chiquillo a Teresa, dormido ya, y de dársele a besar, le acostó en la cuna. En un sofá de Vitoria con colchoneta de percal encarnado, se sentaron las dos. El sol penetraba en el aposento, dando a los objetos vigoroso colorido. «Mi casa es pobre -fue lo primero que dijo Virginia-; ¿pero verdad que es alegre, muy alegre?

-Ya lo creo: más que la mía... -afirmó Teresa, espaciando su vista por todo.

-¿Cómo ha de ser este tabuco más alegre que su casa de usted... que será un palacio?

-No, hija, no... -dijo la señora echándose a reír-. No es palacio... ¡quia!

-¿No tiene usted niños?

-No...».

La pregunta referente a los niños envolvía en el espíritu de Virginia la persuasión de que Teresa era casada. No podía ser de otro modo. Ninguna soltera sale sola, y toda señora de aquel empaque tenía forzosamente marido por la Iglesia. Debe decirse que las ideas de cada una frente a la otra eran totalmente distintas. Teresa conocía perfectamente la historia de Mita y Ley, y hasta los trabajos de Beramendi con los Socobios para negociar las paces. En cambio, Virginia no sabía nada de Teresa: entre la señorita que había visto y tratado en tiempos remotos en alguna reunión, y la señora que tenía delante, había un enorme vacío de conocimientos. Dígase también que Virginia, en su vida salvaje, y después en aquel vivir apartado del trato de personas de viso, había perdido toda la picardía mundana, quedándose en una ingenuidad enteramente pastoril. Con sencillez digna de la Arcadia, preguntó a la otra si era Marquesa.

«¡Marquesa yo! No, hija mía.

-Dispénseme: me he vuelto muy bruta. Lo he preguntado porque... Verá: alguna vez hablamos Pepe Fajardo y yo de la sociedad de mis tiempos de soltera. Yo le pregunto: '¿Y Fulana... y Zutana...?'. Y él casi siempre me responde: 'Es Marquesa'. Resulta que de poco tiempo acá, todos los que tienen algún dinero son Marqueses, Condes o algo así... Por eso yo pensé... Dispénseme.

-Sí, hija mía: la pregunta es de lo más natural... Hay, en efecto, sin fin de títulos de nuevo cuño, unos con dinero, otros buscándolo...

-Marquesa o no -dijo Virginia echando fuera toda su ingenuidad-, usted es de esas damas de la Beneficencia que vienen a estos barrios pobres a ver dónde hay miseria, para remediarla.

-Sí, soy benéfica -replicó Teresa confusa-. En otros barrios he socorrido yo a muchos pobres...

-Pues en este los hay también. Yo podré decir a usted dónde encontraría grandes desdichas... ¡y qué desdichas!

-Sí, sí... pero no he venido a eso...».

Al pronunciar esta frase, contúvose Teresa bruscamente, invadida de un sentimiento que participaba de la vergüenza y el temor. ¿Cómo decir que su presencia en aquel barrio y en aquella casa no tenía otro móvil que buscar a un hombre? ¡Ella, que despreciaba la moral corriente, como desprecia el gran artista las formas comunes del amaneramiento, sentíase cohibida, vergonzosa ante la pobre Virginia, que era sin duda la primera de las inmorales! Habíala tomado Virginia por gran señora. ¿Qué pensaría cuando la gran señora le dijese: «Vengo tras del aprendiz de armero que está en tu casa»? Esta idea caldeó el rostro de Teresa, y la puso en gran turbación. De alguna manera tenía que justificar su visita. ¿Qué diría, Señor? Afortunadamente para Teresa, la desbordada ingenuidad de Virginia la sacó de tan embarazosa perplejidad, señalándole este camino: «Ahora recuerdo... Me dijo Pepe no hace muchos días que algunas señoras de la mejor sociedad se interesaban por mí en la cuestión que traemos ahora mis padres y yo... Mis padres quieren tenerme a su lado; yo también lo deseo; pero exigen que sacrifique a...

-Ya sé... Estoy bien enterada... Y ese sacrificio es imposible -afirmó Teresa, gustosa del pie que le daba la otra para fundamentar racionalmente su visita-. En mí tiene usted una partidaria acérrima... Buena es la ley; pero cuídese mucho la ley, digo yo, de no pisotear los corazones.

-¡Ay... también yo digo eso! -exclamó Virginia suspirando fuerte-. Los corazones por encima de todo... No me engañaba el mío cuando la vi llegar a usted. Usted no me conocía... preguntaba por mí a las vecinas... quería informarse...

-Informarme, sí, Virginia. Yo he dicho a Pepe que dada la testarudez de los señores de Socobio, no hay más que una solución... Solución propiamente no es... Yo le indiqué a Beramendi, y convino en ello conmigo, que a falta de solución se arreglaría un... Ya no me acuerdo cómo se llama eso... Es un término en latín... modus vivendi... o cosa tal...».

En aquel momento, dos jilgueros aprisionados que formaban parte de la familia, y habían sido puestos al sol, jaula sobre jaula, en el batiente de uno de los balcones, rompieron a cantar con tal algarabía de trinos, que las mujeres tenían que alzar la voz para entenderse. Gustaba Teresa de aquella música, que cubría su propio acento, permitiéndole ser poco explícita en lo que hablaba. La idea del modus vivendi no era invención suya para salir del paso. Del asunto de Virginia se habló días antes en su casa, de sobremesa; pero no recordaba bien Teresa lo que Pepe Fajardo había dicho de la solución o arreglo provisional que pensaba proponer a los Socobios; mas obligada, por su equívoca situación en la visita, a manifestar algo concreto sobre aquel punto, apeló a su imaginación, y entre el estruendoso cantar de los pájaros, como otro pájaro que también cantaba, salió, a su parecer airosamente, por este registro: «El arreglo consiste en que sus padres le señalen a usted una cantidad para alimentos, que por el pronto debe ser corta, lo preciso y nada más. Irán ustedes a vivir a casa del Marqués de Beramendi, en un pisito que tiene arriba, y que ahora está desocupado, pues la servidumbre vive casi toda en el principal. La respetabilidad de la casa será el mejor ambiente para la reconciliación que deseamos. Allí podrán los señores de Socobio visitar a su hija, que ya parece que pierde gran parte de culpa poniéndose bajo el techo de los Emparanes. Hay que ir poquito a poco, amiga mía. Al principio, recibirá usted la visita de su padres cuando no esté Leoncio en casa... Será preciso para esto fijar horas determinadas. Los papás se volverán locos de alegría con el chiquillo, con su nieto... Le devolverán a usted su cariño, y así, día tras día... podrá llegar el de la completa benignidad de esos señores con toda la familia, con el propio Leoncio...». Dijo esto Teresa, y al concluir su inventada solución o modus vivendi, vio que la obra era buena, y descansó como Dios después de haber hecho el mundo.

Oyó Virginia la donosa mentira, con intensa curiosidad primero, con arrobamiento y grande admiración al fin, y acogió la propuesta de Teresa como uno de esos maravillosos descubrimientos que después de conocidos nos asombran por su sencillez... «Pues sí que es un arreglo magnífico, una idea preciosa... -dijo cruzando las manos y descruzándolas luego para coger una de las de Teresa y besarla-. ¿Y esto se le ha ocurrido a usted? Verdaderamente se interesa por nosotros... ¡Y ha venido a enterarme del arreglo...! ¡Qué idea!... es la mejor, la única... ¿Lo sabe ya Pepe? ¿Se lo ha dicho usted a Pepe...?».

Teresa, creyendo que no podía menos de afirmar, afirmó ligeramente con la cabeza. Los pájaros cantaban ya con frenesí, alzando tanto sus agudas voces, que Teresa no habría podido hacerse entender si algo dijese. Así era mejor... En aquel momento el chiquillo remuzgó en su cuna. Acudió Virginia diciendo: «Estos diablos de pájaros me le han despertado con su música... Y creo yo que lo hacen adrede. El niño es su amiguito, se vuelve loco con ellos, y cuando se me duerme ellos le llaman, le dicen: «Ven, ven, rico; te estamos cantando, y no nos haces caso...». Cogió en brazos al niño, que malhumorado se restregaba los ojos con los puños, y prosiguió hablándole así: «Te han despertado estos parlanchines... Es que quieren charlar contigo, mi sol. Ven, ven, y diles tú cosas; diles cosas...».

Cogió Teresa el chiquillo, que no la extrañó; antes bien, se dejó zarandear por ella frente a los pájaros, desarrugando el tierno ceño, y con sus manos gordezuelas quería tocar las jaulas en que sus amiguitos trinaban desaforadamente. Virginia, en tanto, mirando a su hijo en brazos de Teresa, y a ésta gozosa, apuntándole al niño lo que tenía que decir a los jilgueros en contestación a sus amantes clamores, entretuvo algunos segundos con este ingenuo monólogo: «Buena señora es Teresa Villaescusa... Viene a verme y a contarme el arreglo que ha inventado... ¡Famosa idea!... Pero yo digo: Teresa Villaescusa, ¿quién es ahora? ¿Será la Navalcarazo, esa de quien tanto se habla? ¿Será la Cardeña, esa de quien también se habla mucho? No, no es ninguna de estas, porque me ha dicho que no es Marquesa. Será entonces mujer de algún banquero, sin título ni corona. ¿Y qué clase de amistad tiene con Pepe? ¡Oh, quién lo sabe!... ¡Vaya, que no saber yo con quién casó Teresita Villaescusa!... Me da en la nariz que es una de estas casadas ricas, a quienes Pepe corteja... porque es tremendo ese hombre... El venir ella aquí a decirme lo que ha discurrido, revela dos cosas: un gran interés por mí, una confianza grande con Pepito...».

El chiquillo, distraído un momento con los jilgueros, volvió los brazos y el rostro hacia su madre, poniendo en sus lindas facciones un mohín displicente. «Ahora pide teta -dijo Teresa-. Désela pronto... que si no, se va a incomodar con usted y conmigo.

-Ven acá, sol... Es de lo más malo que usted puede figurarse... Mire, mire las carantoñas que me hace para que le dé lo que tanto le gusta... ¡Si será pillo...! Me pasa la mano por la cara, me mete los deditos en la boca... y luego, véale usted... va derecho a sacar lo suyo... ¡Ah, ladrón...!».

En esto, ruidos que venían del piso bajo, voces confusas de personas y chocar de hierros, anunciaban que habían llegado el maestro y el aprendiz. Al entenderlo así, sacó Teresa de su cacumen otra donosa invención, que debía cubrirle la retirada y permitirle realizar el propósito que la llevó a las Vistillas. «Yo me voy -dijo, afectado la inquietud de las graves ocupaciones olvidadas-. Esta casita humilde; usted, Virginia, y su niño precioso, me han encantado... El tiempo se me ha ido sin sentirlo... Ya no puedo entretenerme más. Presénteme usted a Leoncio; quiero conocerle...

-Le llamaré, le mandaré que suba».

Antes que la maestra llamara, detúvola Teresa: «No, no. Le saludaré abajo, al salir... No le llame usted... Él tendrá que hacer, y yo me voy corriendo, corriendito... ¡Dios mío, qué tarde! Pues ahora tengo que ir a la calle de la Solana, que ni siquiera sé dónde está». Dijo Virginia que Leoncio la acompañaría, y ella, con rápida visión de su plan estratégico: «No, hija... Que venga conmigo el chiquillo, el aprendiz.

-No es chiquillo, es un hombre.

-Lo mismo da. Bastará con que me indique el camino...».

Bajaron... Leoncio y Juan, ambos en traje de mecánica, con blusa azul, la cabeza al aire, se quedaron como quien ve visiones ante la mujer que iluminó el taller con su hermosura. Presentó Virginia al que llamaba su marido, que invalidado por la cortedad no supo qué decir, ni qué hacer con el cañón de escopeta que en la mano tenía: al fin lo dejó sobre el banco. Palideció el aprendiz al ver la celeste aparición, y luego se puso muy colorado, permaneciendo en perfecta inmovilidad, tan mudo como las tenazas que en la mano tenía... Al fin vio Teresa cumplido su estratégico plan de retirada tal y como lo imaginara en rápida concepción. No había tenido poca suerte; que si se empeña Leoncio en acompañarla, de nada le hubiera valido su ingeniosa mentira. Cogió su manguito, despidiose afectuosamente del matrimonio libre o liberal, llevándose al aprendiz para que en el laberinto de las calles la guiase. ¡No era ella mal laberinto! El aprendiz la siguió callado y respetuoso, y Mita y Ley quedáronse comentando la visita, que tenían por venturosa, sin poder discernir quién era, en la sociedad del 59, la que de soltera fue Teresita Villaescusa. Casada y rica debía de ser; Marquesa no; amiga de Beramendi sí.

Hasta que entró con su guía en la calle de los Santos, no rompió el silencio Teresa. Comprendiendo Tuste que su deidad tutelar quería hablarle a solas, la desvió hacia la calle de San Bernabé. Tomó Teresa un tonillo algo displicente para decirle: «Quiero saber por qué te has metido en este oficio de armero sin decirme una palabra. ¿Acaso no soy nadie para ti? ¿No merezco ya que me consultes todo lo que piensas?

-Usted lo merece todo, Teresa -replicó Juan-. Pero ¿cómo había yo de consultar a mi bienhechora, si no la he visto en dos semanas?

-Estuve enferma. Ni siquiera has tenido la atención de ir a preguntar por mí.

-Usted me prohibió que fuera a su casa y hasta que pasara por la calle.

-Es verdad; pero ya debiste comprender... En fin, Tuste, ¿por qué te has metido en ese oficio sin decirme nada?... Yo te hablé de conseguirte un destino... ¡Bonitas se te están poniendo las manos!...

-Pues yo... -balbució Tuste, no sabiendo cómo aplacar aquel enojo que no comprendía-. Verá usted... Pensé que de este modo sería más grato a la señora...».

Teresa se plantó en medio de la calle, y con súbita energía le echó sus dos manos a los hombros, diciéndole en un tono que lo mismo podía ser de reconvención que de súplica: «Juan, la última vez que te vi te mandé que no me llamases señora; yo no soy señora... soy una mujer y nada más que una mujer. Sigamos, y hablaremos andando... Suprime lo del señorío, vuelvo a decirte». Antes de que Tuste pudiera formular sus protestas de obediencia incondicional, volvió a plantarse Teresa, y con el mismo tono que revelaba la firmeza de su voluntad, le dijo: «Tuste, hasta me incomoda que me trates de usted... Es ridículo que hablemos tú y yo como se habla en las visitas. Tutéame...

-¡Yo... Teresa!

-Que me tutees, digo... Yo lo quiero, yo lo mando».


Capítulo XXVI