O'Donnell : 25

O'Donnell
Capítulo XXV
 de Benito Pérez Galdós


Vivía Teresa en la calle del Amor de Dios, piso bajo. La casa era hermosa y desahogada, de altos techos. Cuatro ventanas con rejas le daban luz por la calle; por el interior, los huecos abiertos a un patio anchuroso y limpio. El día en que Tuste recibió los cuatro napoleones para unas botas, Teresa le dijo: «Quiero yo enterarme de que usted no se gasta el dinero en otra cosa que el calzado. No venga usted a casa; pero pásese por la calle... yo estaré en la ventana. La mejor hora es por la tarde, de tres a cuatro». Obediente y puntual, hizo el hombre su aparición, y al tercer recorrido por la acera de enfrente, vio a Felisa en la enrejada ventana. A poco apareció Teresa, y ambas sonriendo le llamaron. Acercose Juan, y oyó de labios de su bienhechora estas dulces palabras: «Bien, señor Tuste: así se portan los caballeros. ¡Y qué bien le van las botitas!... ¡Lástima que el traje no corresponda!... En fin, retírese ya, y diga usted a Jerónima que esta, Felisa, le llevará el socorro para la semana». Saludó el hombre, y respetuoso se alejó con la cabeza baja, el andar lento.

Dos días después, asomada casualmente Teresa, le vio aparecer doblando la esquina de la calle de Santa María. Aguardó un poco, le llamó con gracioso gesto, y cuando le tuvo debajo de la reja, le dijo: «Pobrecito, tú has salido hoy a pedir limosna. ¿Quieres que te eche dos cuartos?

-No vengo a pedir limosna, señora -respondió Juan doblando el pescuezo, como para mirar al cenit-; vengo porque no hay día que no pase yo por esta calle... Esta calle es mi religión.

-No te entiendo, bobito -dijo Teresa, sin darse cuenta de que por primera vez le tuteaba.

-Me entiendo yo.

-Te echaré los dos cuartos, para que no se te olvide que eres pobre. Aguárdate un instante, que no tengo aquí calderilla».

Volvió al poco rato, y sacando la mano fuera de la reja en ademán de arrojar algo, dijo al que parecía mendigo bien calzado: «Pon tu gorra más acá... a plomo de mi mano... no se caigan los dos cuartos a la calle».

Puso Tuste la gorra como se le mandaba; tomó bien la puntería Teresa, y la moneda cayó dentro de aquel casquete asqueroso de forma indefinible... Brilló en el aire la moneda, y antes de que cayera vio Santiuste que era un doblón de a cuatro. No pudo hacer ninguna observación, porque Teresa desapareció de la reja cerrando los cristales. Minutos después, sonaba la campanilla de la puerta; abrió Felisa, y se encaró con el pobre, que le dijo: «Quiero ver a la señora para devolverle una cosa que se le ha caído a la calle». No había concluido la frase, cuando apareció Teresa en el recibimiento, risueña, y replicó al joven con esta graciosa burla: «Es verdad: me equivoqué. Eché oro en vez de cobre. Venga mi monedita... Gracias... Eres un mendigo honrado... Dios te lo premie.

-Es que -murmuró Juan- me dio vergüenza de... de eso, de que el oro fuese para mí. Bastante ha hecho la señora por este infeliz... Si yo abusara sería un malvado; empañaría el resplandor de la bendita caridad, hija del Cielo, con el aliento de mi egoísmo... La caridad obliga al que la recibe a ser tan bueno como el que la hace.

-Echa más poesía, hijo...

-Esto no es poesía... es mi corazón, que habla con el lenguaje de su delicadeza, de su gratitud...

-Pues has de saber que yo soy muy prosaica, Juan, y no gusto de verte con esos andrajos tan... poéticos -dijo Teresa echando mano al bolsillo-. Mira, mira toda la calderilla que aquí tenía yo guardada para vestirte de prosa... ¿No has querido un doblón? Pues mira, cuenta: dos, tres, cuatro, cinco. Voy entendiendo que te gusta ser muy cochino, muy zarrapastroso y muy nauseabundo, para que te tengamos lástima... Yo te pregunto: si así te viese tu ídolo Castelar, ¿qué diría?... Ves tu ropa como una vestidura poética, que te hace muy interesante... Te las das de anacoreta o de santo. Pues esos moños te los voy yo a quitar».

Atónito, asaltado de diferentes emociones, Santiuste no sabía si reír o llorar. Mayor fue su turbación cuando oyó estas palabras de Teresa: «Coges ahora mismo estos doblones; vas a una tienda de ropas hechas de la calle de la Cruz o de cualquier calle, y te compras un terno, pantalón, chaqueta, chaleco, todo modestito; no vayas a creerte de la Unión Liberal y a vestirte a lo grande... Añades corbata... añades un sombrero, mejor gorra... No es tiempo todavía de que te emperifolles demasiado. Con que...».

No hizo ademán de tomar las monedas. Su inmovilidad era la de una estatua; su hermoso rostro, su mirar perdido revelaban los efectos de la fascinación de imágenes lejanas. Díjole Teresa que abandonara los espacios poéticos a que miraba y descendiese al mundo. Bajó Tuste, protestando de la nueva limosna con expresiones balbucientes; Teresa sacó las uñas, sacó su autoridad: «O me obedeces, Juanito, en todo lo que te mando, o no vuelvas a mirar esta cara mía... Te digo que si tú me miras, yo doy un giro rápido a todo el cuerpo ¿ves?, para decirte sin palabras: «Quítate de mi vista, democrático... poético y castelareño... Vete con tus músicas a otra parte». Aplacados con esta amenaza los escrúpulos del hombre mísero, tomó el dinero, y con paso lento, con visajes de asombro y algún gesto que revelaba su esclava sumisión a la bienhechora traspasó la puerta. Antes de que Felisa cerrase tras él, volvió Juan presuroso diciendo: «Señora, señora, ¿cuando compre la ropa y me la ponga, he de pasar por aquí? ¿Quiere la señora verme?...

-No -dijo Teresa-, no es preciso. Ni vengas a casa, ni pases por la calle. Haz lo que te mando, Juan». Afirmaba él con la cabeza; salió suspirando...

Por aquellos días, que eran los que precedieron a las elecciones, el feliz poseedor de Teresita, Facundo Risueño, andaba muy metido en enredos electorales, pues como hombre de gran propiedad en una comarca de Andalucía y de no poca influencia, le bailaban el agua don José Posada Herrera y el Marqués de Beramendi, candidato cunero designado para representar en Cortes aquel distrito. Tras un sinfín de pláticas con el cunero y con el Ministro, dio gallardamente todo su apoyo el buen Risueño, ofreciendo que sin necesidad de trasladarse a Andalucía, y sólo con escribir cartas imperativas a diferentes personas de allá, se aseguraba la elección. Así lo hizo, y al hombre se le cansó la mano de tanto plumear, atarugando diariamente el correo con el fárrago de su correspondencia. Por todo ello y por su activo proceder, estaba Fajardo muy agradecido al andaluz, y quedaron uno y otro enlazados en sincera amistad. Vivía Risueño con un hermano suyo, rico también, establecido aquí desde el año 50 en negocio de aceites. Llamamos vivir al tener allí un cuarto bien provisto y arreglado, en el cual rara vez dormía. Sus comidas eran siempre fuera de casa, bien en los colmados y fondas, o bien en casa de Teresita, que algunos días veía en torno de su mesa, con cierto tapadillo, a personajes políticos de viso, y a caballeros aristócratas, aficionados a caballos o a toros. La asiduidad de Facundo en la vivienda de su linda coima aflojó un poco en los días del trajín electoral; pero una vez llenas las urnas con el nombre de Beramendi, y proclamado su triunfo, restableció el andaluz la normalidad de sus costumbres, y el primer convite que organizó en casa de Teresa fue para obsequiar al nuevo diputado y a otros amigos, auxiliares en la electoral batalla.

La novedad de aquel banquete fue que Teresa contó su aventura de caridad en la calle de Ministriles, y el descubrimiento que había hecho de un horripilante caso de la miseria humana. Cautivaban estas historias al buen Beramendi, que era muy amante del pueblo, y sabía, como nadie, condolerse de sus desdichas. Dio a entender Teresa que si el contratista la dejaba explayarse en sus aficiones benéficas, trataría de restaurar a los hambrientos de la calle de Ministriles en la situación o estado que tuvieron antes de su desgracia; restablecería la casa de huéspedes, en la cual sería primer punto el hombre raro, el hombre poético, que hablaba como Castelar. Más vanidoso que caritativo, Facundo Risueño la autorizó, delante de los amigos, para que aplicase a socorrer al prójimo parte de la guita que él le daba para alfileres.

Así lo hizo Teresa, y apenas entrado Diciembre, tenía Jerónima su casa de pupilos en la calle de Juanelo, amuebladita con modestia y provista de todo; las niñas iban a un colegio, y el famoso Tuste hallábase en el pleno goce de un cuartito decente en la casa, y de algunas prendas de ropa para salir decorosamente en busca de colocación o trabajo. De vez en cuando iba Teresa a contemplar su obra y a oír las alabanzas y bendiciones de los favorecidos. A Santiuste le encontraba como en éxtasis, mirándose en su ropa, satisfecho y un tanto presumido; cuidándose el rostro y el pelo, que ya llevaba cortado y a la moda; esmerándose en el aseo y corrección de la persona. A su bienhechora mostraba un respeto que rayaba en devoción fanática. En la casa expresaba su culto con retóricas de un espiritualismo sutil, y declamaciones hiperbólicas, parafrásticas, imitadas del gran modelo de oratoria; en la calle, alguna vez que se encontraban casualmente, saliendo Teresa de la casa de Jerónima, no se atrevía el buen Tuste a darle convoy, temeroso de que la compañía de un hombre humildísimo mermara el decoro de tan gran señora; y a propósito de esto tuvieron en cierta ocasión unas palabras que merecen transcribirse.

«Déjate de pamplinas, Tuste -le dijo Teresa, entrando los dos en la Plaza del Progreso-, y no me llames a mí gran señora ni nada de eso, pues soy la menor cantidad de señora que se puede imaginar. O eres un inocente que no conoce el mundo, o crees que yo me pago de nombres vanos y de palabras sin sentido.

-No será usted gran señora para los demás -dijo Tuste con efusión caballeresca-; para mí lo es, y yo hablo por mí, no por el mundo que me condenó a la miseria... y en la miseria estuve hasta que me sacó un ángel del Cielo.

-Pamplinas, vuelvo a decir, recomendándote por milésima vez, pobre Tuste, que no seas pamplinoso, y que todas las faramallas bonitas que has aprendido de Castelar las guardes para pasar el rato. En la vida real, eso no sirve para nada. Yo no soy señora, aunque como las señoras me visto; yo, para decirlo de una vez, soy una mujer mala, una... que se ha dejado poner en la frente el letrero de mujer mala... Llevo ese letrero, que leen todos los que me conocen... No conviene que me vean contigo por la calle; pero no es porque yo me avergüence de ti, ni porque tu compañía me deshonre, sino porque en mi condición de mujer mala, si me ven contigo creerán lo que no es... El hombre con quien ahora estoy, Facundo, ya sabes... es bueno y no repara en que yo gaste lo que quiera... pero tiene la contra de que es algo celoso, y por cualquier cuento, por cualquier chismajo que le lleve un adulón o un mal intencionado, se pone insufrible... Con que... da media vuelta, Tustito, y déjame sola... Las señoras de mi categoría van mejor solas que bien acompañadas. Abur».

Esto pasó y esto se dijeron. Santiuste buscaba la soledad para dar libre rienda a su espiritualismo vaporoso; Teresa, si no podía recrearse en la meditación solitaria, dejaba libre el pensamiento en las ocasiones en que era más esclava, y hablando con este y con el otro se recogía en el sagrado de su alma para mirarse en ella... Dice la Historia psicológica que la guapa moza cayó en grandes tristezas por aquellos días de Diciembre del 58; que sus esfuerzos para disimular las murrias que la devoraban casi le costaron una enfermedad. En las fiestas de Navidad, el bullicio y alegría de la gente la mortificaban; las personas que a su lado veía constantemente, el contratista sobre todo, éranle odiosas. Para aislarse, exageró sus leves indisposiciones, quedándose en cama no pocos días. Risueño no abandonaba por acompañarla su sociedad de caballistas, ni el recreo de las innumerables amistades que endulzaban su existencia. Cuenta también la Historia íntima que una tarde que Facundo tenía gran cuchipanda con sus amigos en la Alameda de Osuna, Teresa se echó a la calle, de trapillo, y se fue a casa de Jerónima, donde le dijeron que Tuste no iba más que a comer y a dormir; que aún no había encontrado colocación; pero que en tanto, se había puesto a aprender el oficio de armero en el taller de un amigo. ¿Dónde? En las Vistillas. Allá se fue Teresa, movida de un irresistible anhelo de hablar con Tuste, de oírle sus poéticos disparates y de contarle ella sus intensísimas tristezas, que sin duda tenían por causa un error grande de la vida: el haber equivocado los caminos de la felicidad. No le había dado Jerónima, por ignorarla, la dirección exacta del taller donde Tuste trabajaba; pero ya lo encontraría preguntando, y al entrar en las Vistillas puso atención a los ruidos del barrio, esperando escuchar el son vibrante de los martillos sobre el yunque, o los chirridos de las limas raspando el metal. Nada de esto oyó. Viendo al fin en una tienda negrura y aparatos de ferrería, pero ningún hombre que trabajase, interrogó a una mujer que sentada en la puerta estaba. «Sí, señora, es aquí: pero el maestro armero y el aprendiz no están; se han ido a la compostura de unas máquinas. Si quiere la señora saber cuándo vendrán, pregúntele a la maestra... ¿Ve aquella mujer que está sentadita en un sillar dando de mamar a su niño? Pues es la maestra».

Vio Teresa desde lejos a la mujer señalada: se distinguía de las otras dos, que en el mismo sillar se sentaban, por ser más joven y tener chiquillo en brazos. Fuese allí derecha. Al verla llegar, las tres se sobrecogieron y se levantaron, pues aunque Teresa iba vestida con la mayor sencillez, su aire señoril en nada se desmentía. A la urbanidad de las pobres mujeres correspondió la Villaescusa con amable sonrisa, mandándolas sentar; y poniendo su mano cariñosa en el hombro de la que amamantaba, le preguntó... La pregunta no llegó a ser formulada, porque Teresa quedó suspensa a la mitad de la frase; miró a la mujer, se apartó un poco, acercose luego como si quisiera besarla... dudó... volvió a creer... al fin no había duda... «¡Virginia!... ¡Usted es Virginia!

-Sí, señora -dijo la otra, mirando y poniendo en su mirada toda la memoria-, y usted es... Conozco la cara; la cara no se me escapa... pero el nombre...

-Soy Teresa Villaescusa. ¿No se acuerda usted? Éramos amigas... de esto hace algunos años... No digo que tuviéramos gran intimidad; pero nos conocíamos... nos hablábamos...

-Sí, sí... Era usted más joven que nosotras... me acuerdo bien... ¡Oh, Teresa! era usted entonces muy linda, y hoy... hoy más. ¿Quiere usted que subamos a mi casa?... Es una pobre casa...

-No importa: vamos».


Capítulo XXV