O'Donnell : 22

O'Donnell
Capítulo XXII
 de Benito Pérez Galdós


En la Puerta del Sol se encontraron Beramendi y el Joven Anacarsis, ¡oh fatalidad cómica de los encuentros personales en el laberinto de las poblaciones!, y después de los saludos, cambiáronse las preguntas que infaliblemente se hacían siempre que la casualidad les juntaba. Ernesto preguntó por Aransis, y Beramendi por Teresa Villaescusa. Ved aquí las respuestas: continuaba en Atenas el Marqués de Loarre; pero fatigado ya de la vida helénica y algo resentida su salud, había pedido licencia para venir a Madrid y gestionar su traslado a Bruselas o Stockolmo. Teresa volvía de París, después de ausencia larga y de no pocas peripecias, según le habían contado a Ernestito sus amigos del Crédito Franco-Español. Ya no hablaba con Brizard; los motivos del acabamiento de relaciones, Anacarsis los ignoraba. Sólo sabía que la hermosa mujer había cogido en sus redes a un Marqués o Conde andaluz, tan cargado de años como de dinero, según decían, y no libre de los achaques que anublan el ocaso de una vida de continuos goces... De algo más habló Ernesto; pero en la memoria de Beramendi no quedó rastro de ello, y con indiferencia le vio partir y desvanecerse en aquella muchedumbre de la Puerta del Sol, compuesta de desocupados expectantes y de transeúntes sin prisa.

El mismo día en que Isabel II dio a luz con toda felicidad un Príncipe que había de llamarse Alfonso, llegó a Madrid Teresa Villaescusa. Recibíala su patria con tumulto de alegría y esperanzas, y con preparativo de festejos: hasta en esto había de tener Teresa buena sombra. En su paso desde la frontera a Madrid, las impresiones que recibió fueron asimismo muy gratas, según contó meses adelante a sus amigos de esta Corte. Ello fue que, viniendo de un país tan bello como Francia y de ciudad tan opulenta y fastuosa como París, al embocar a España por Behovia no sintió la tristeza que deprime el ánimo de la mayoría de los viajeros cuando pasan de la civilización a la incultura, y del vivir amplio a la estrechez mísera; sintió más bien alborozo y verdadero amor de familia. Atravesando en la diligencia las estepas de Castilla, no se cansaba Teresa de contemplar las tierras pardas, sin vegetación, a trechos labradas para la próxima siembra; entreteníase mirando y distinguiendo los tonos diferentes de aquella tierra esquilmada, madre generosa que viene dando de comer a la raza desde los tiempos más remotos, sin que un eficaz cultivo reconstituya su savia o su sangre. Miraba los pueblos pardos como el suelo, las mezquinas casas formando corrillo en torno a un petulante campanario... Ni amenidad, ni frescura, ni risueños prados veía, y, no obstante, todo le interesaba por ser suyo, y en todo ponía su cariño, como si hubiera nacido en aquellas casuchas tristes y jugado de niña en los ejidos polvorosos. Las mujeres vestidas con justillo, y con verdes o negros refajos, atraían su atención. Sentía piedad de verlas desmedradas, consumidas prematuramente por las inclemencias de la naturaleza en suelo tan duro y trabajoso. Las que aún eran jóvenes tenían rugosa la piel. Bajo las huecas sayas asomaban negras piernas enflaquecidas. Los hombres, avellanados, zancudos, con su seriedad de hidalgos venidos a menos, parecían llorar grandezas perdidas. Todo lo vio y admiró Teresa, ardiendo en piedad de aquella desdichada gente que tan mal vivía, esclava del terruño, y juguete de la desdeñosa autoridad de los poderosos de las ciudades. Por todo el camino, al través de las llanadas melancólicas, de las sierras calvas, de los montes graníticos, iba empapando su mente en esta compasión de la España pobre, a solas, muy a solas, pues la persona que la acompañaba esparcía sus pensamientos por otras esferas.

En Madrid permaneció Teresa algunos días en completa obscuridad. Advirtieron los amigos y parientes de la familia que la Coronela no echaba las campanas a vuelo por la llegada de su hija, sin duda porque esta no había rezado bastante al bendito San Millán para que le concediera el millón, objeto de las ansias maternales. Según indicaciones de Manolita, el rompimiento con Brizard no había sido por culpa de Teresa, cuyo comportamiento con el caballero francés fue siempre correctísimo. Los padres de Isaac le prepararon matrimonio con una opulenta señorita alsaciana, que debía de ser hebrea por el sonsonete del nombre, algo así como Raquel o Rebeca... Lo que le supo peor a Manolita fue que Brizard, al despedirse de Teresa, no le dio más que la porquería de diez mil francos. ¡Quién lo había de creer de un hombre tan rico, tan rico, que sólo en un punto que llaman Mulhouse tenía tres fábricas de hilados, y en otro punto que llaman Charleroi, allá por los Países Bajos, poseía minas de carbón muy grandes, muy ricas! En fin, no había más remedio que tener paciencia. Daba a entender asimismo la Coronela que no era muy de su devoción aquel embalsamado con quien Teresa volvía de París, un señor flaco, atildado y mortecino, que parecía un Cristo retirado de los altares. Limpio era y de maneras finísimas el Marqués de Itálica, que así le llamaban; pero algo tacaño, y además hurón: venía con el propósito de llevarse a Teresa a un pueblo de Sevilla donde tenía gran casa y hacienda mucha. ¡Vaya, que meter a la niña en un villorrio y esconderla como cosa mala!... Nada pudo contra esto Manolita, y vio pasar a su hija por Madrid como una sombra triste, después de socorrer a Centurión con algún dinero y a doña Celia con cuatro hermosas macetas de flores.

Hallábase Beramendi en aquellos días muy debilitado de memoria y con los ánimos caídos. Pasaban hechos y personas por delante de su vista sin dejar imagen ni apenas recuerdo, y la vida externa le interesaba poco, como no fuera en la esfera familiar y de las íntimas afecciones. Una vez que aseguró la libertad y sosiego de Mita y Ley, y les vio partir para el pueblo donde tenían su habitual residencia y modo de vivir, quedó tranquilo y no se ocupó más que de sus propios asuntos. Paseando solo una mañana por la calle de Alcalá, vio a Eufrasia que salía de San José con Valeria. Ambas venían de trapillo eclesiástico, vestiditas modestamente, y con rosario y libro. Ya sabía Beramendi que la moruna andaba en la meritoria empresa de corregir a la Navascués de sus locos devaneos, aplicándole la medicina infalible: frecuentar los actos religiosos. Consigo a diferentes iglesias la llevaba, eligiendo aquellas formas de culto que más pudieran cautivar por su solemnidad a la descarriada joven. Y no estaba Eufrasia descontenta. Valeria, mujer de indecisa y floja personalidad, se dejaba modelar fácilmente por toda mano que la cogía. Saludó a las dos damas el buen Fajardo, que después del cambio de cortesanías, oyó de labios de la Marquesa estas palabras afectuosas: «¡Ay, Pepe, qué caro se vende usted!... ¿Nosotras? Ya lo ve... venimos de la iglesia, venimos de comulgar... Aprenda usted, hereje, mal cristiano... Adiós, adiós, y vaya usted alguna vez por casa, que allí no nos comemos la gente».

Siguió cada cual su camino. Beramendi las vio pasar como sombras, y no pensó más en ellas. Así había visto pasar y caer el Ministerio Narváez-Nocedal, cuya política arbitraria y dura llegó a inspirar miedo en Palacio, y así vio venir el Gabinete Armero-Mon-Bermúdez de Castro, que no era más que una cataplasma simple aplicada al tumor nacional; vio después desvanecerse y morir con su último día el año 57, y aparecer con risueño semblante el 58; y vio cómo trajo también este año nuevo su correspondiente Ministerio anodino, que se llamó Istúriz-Sánchez Ocaña, y tan sólo se hizo memorable porque, dentro de él, unos tiraban a liberales templados, otros al absolutismo rabioso... En la mente de Fajardo se fijó la idea de que el alma de la Nación, como la de él, sufría un acceso de pesada somnolencia. Todo dormía en la sociedad y en la política; todo era gris, desvaído; todo insonoro y quieto como la superficie de las aguas estancadas. Pasaban meses, y las querellas entre las distintas fracciones moderadas, la liga blanca, la liga negra, no sacaban a la política de su sombría catalepsia... Por fin, un hombre agudísimo y de cuidado, don José Posada Herrera, astur, largo de cuerpo y de entendederas, puso fin a todo aquel marasmo y atonía de las voluntades.

Antes de ver cómo se movieron las dormidas aguas, sépase que una mañana de fines de Mayo fue sorprendido Beramendi por la súbita presencia de Guillermo de Aransis, que apenas llegó de Marsella corrió a los brazos de su entrañable amigo. Doce días había tardado del Pireo a Madrid, rapidísimo viaje en aquellos tiempos de lentitud en todas las cosas. Encontrole Fajardo envejecido, canosa la barba, ralo el pelo, y los ojos privados de aquel alegre resplandor que tuvieron en España. «¿Qué tal las griegas? ¿Te han tratado bien las griegas?» le dijo. Sonrió el de Loarre; y como el otro pidiera con insistencia informes del bello sexo en aquel clásico país, hizo Guillermo un resumen étnico y social de todo el mujerío ateniense, lacedemonio, beocio y tesálico... Luego, en el almuerzo, a instancias de Ignacia y de don Feliciano, dio noticias interesantes de Atenas, de la Acrópolis, del Partenón, de los montes Pindo, Himeto, y hasta del mismísimo Parnaso. Con todas sus hermosuras, más reales en el conocimiento humano que en la propia Naturaleza, Loarre quería dar un solemne adiós a la patria de Homero solicitando la representación de España en un país del norte de Europa. «Pide por esa boca, hijo mío, y no te quedes corto -dijo Beramendi-, que prontito vamos a tener en candelero a nuestro grande amigo don Leopoldo el Largo, y a él nos vamos como fieras cuando gustes... ¿Quieres mañana, quieres hoy mismo?».

Respondió Aransis que no había tanta prisa, y que si estaba en puerta O'Donnell, debían esperar a la efectiva entrada. «¡Ay, chico, cómo se conoce que vienes de Grecia, de un país alelado, de un país dormido sobre ruinas! Hay que tomar vez, hijo mío. No permitamos que el aluvión de pretendientes nos coja la delantera. Seamos nosotros aluvión de madrugadores. Iremos mañana. ¿No sabes lo que pasa? En el Ministerio de este pobrecito Istúriz han puesto una bomba, que se llama don José Posada Herrera, la cual estallará el día menos pensado, y vas a ver volar por los aires los restos despedazados del Moderantismo. Y hay más, querido Guillermo. Me consta, por revelación directa y verbal de un amigo mío que tiene alas para entrar en Palacio, y entra por los balcones, por las chimeneas, por las rendijas... vamos, por donde quiere; me consta, digo, que la pobrecita Isabel está desde hace un año muy pesarosa de haber despedido a O'Donnell... Fue un verdadero tropezón y torcedura de pie en aquel baile famoso... Su Majestad no tiene consuelo, y elevando sus Reales ojos a las bóvedas pintadas por Tiépolo, dice que no hay hombre más insufrible que Narváez; que se vio precisada a darle el canuto antes de tiempo, porque con sus malas pulgas y sus intemperancias sacaba de quicio a toda la Nación; que ha traído estos Gabinetes de cerato simple para calmar los ánimos, apurar las Cortes y ganar días, hasta que lleguen los de O'Donnell, que serán largos y felices... Esto y algo más que aquí no puedo decir, tengo yo que contarle al Conde de Lucena... A poco que él apriete, España es suya y para mucho tiempo. ¡Arriba la Unión!... Dime tú: ¿has leído el discurso que en el Senado pronunció don Leopoldo en Mayo del año último?... No, padre. Pues a tu Legación había de llegar la Gaceta. Pero tú, entretenido con las grietas, no ponías la menor atención en las cosas de tu patria. En aquel discurso memorable, sin fililíes oratorios, salpicado de frases pedestres y de alguno que otro solecismo, se nos revela O'Donnell como el primer revolucionario y el primer conservador. Él transformará la familia social; él ennoblecerá la política para que esta, a su vez, ayude al engrandecimiento de la sociedad... ¿No me entiendes? Pues ya te lo explicaré mejor. ¡Arriba la Unión, arriba O'Donnell!».

Fueron a visitar al grande hombre, a quien hallaron frío y reservado en la conversación política, afabilísimo y jovial en todo lo que era de pensamiento libre. Algo de las referencias de intimidad palatina que Beramendi le llevó, ya era de él conocido: algo había que ignoraba o que afectaba ignorar, añadiendo que le tenía sin cuidado. Dejaba traslucir la persuasión de que el poder iría pronto a sus manos; pero esperaba sin impaciencia la madurez del hecho. En su íntimo pensar, se decía Beramendi que esta actitud de flemática pasividad no carecía de afectación, finamente disimulada. Era un recurso más de arte político, casi nuevo entre nosotros. Variando graciosamente la conversación, O'Donnell pidió a Guillermo noticias de la política griega, de cómo eran allá las Cámaras, el parlamentarismo, de la forma en que se hacían las elecciones y se mudaban los Gobiernos. Aransis le explicó la política helénica con extremada precisión narrativa, y con detalles pintorescos y ejemplos anecdóticos que daban la impresión justa de la realidad. El General y todos los presentes alabaron la pintura, y doña Manuela sintetizó su juicio con esta seca frase: «Lo mismo que aquí.

-Lo mismo, no -dijo don Leopoldo-. Peor, mucho peor. Nos imitan, y los imitadores valen siempre menos que sus modelos».

Hablose esto en la modesta casa (calle del Barquillo) y en la modestísima tertulia del General, después de comer. Los íntimos que asiduamente concurrían no pasaban de media docena, y el tiempo se invertía en conversaciones familiares, o en alguna partida de tresillo casero, a tanto ínfimo. El juego favorito de O'Donnell era el ajedrez; pero no quería jugarlo sino cuando la ocasión le deparaba un adversario digno de su maestría. Conviene hacer constar los hábitos sencillísimos del gran don Leopoldo. Por las mañanas solía consagrar largas horas a la lectura de libros y revistas profesionales, que le ponían al tanto de la ciencia militar de su tiempo. Después de almorzar recibía visita de gente política, con la cual charlaba discretamente sin dar largas a su espontaneidad. Paseaba por las tardes, en buen tiempo, con la Condesa; no iba jamás a reuniones, y a teatros rarísima vez. Por las noches, después de la tertulia, en la cual se daba el rompan filas a hora temprana, tenía largas pláticas con su mujer, que, por sufrir pertinaces insomnios, procuraba entretener los instantes hasta que llegase el del deseado sueño. Gustaba doña Manuela de la lectura de folletines, y se deleitaba y divertía con los más excitantes, de acción enmarañada y liosa, que mal traducidos del francés eran la sabrosa comidilla que daba la prensa de aquel tiempo a sus amables suscritoras. Con igual interés se internaba la Condesa de Lucena en los asuntos enredosos y en los sentimentales, sin que se le escapara ningún lance ni perdiera jamás el hilo que por tales laberintos la guiaba.

Pues la noche aquella de la visita de Beramendi y Loarre, que debió de ser allá por Junio del año 58, retirose como de costumbre doña Manuela a su estancia apenas terminada la tertulia. Tras ella fue don Leopoldo, y como las anteriores noches, la invitó a que se acostara. ¿Qué necesidad tenía de calentarse la cabeza, vestida, leyendo junto al velón? «Yo leo, y tú escuchas hasta que te entre sueño». Así se hizo: dispuso la doncella el velador junto a la cama después de acostar a la señora; el gran O'Donnell ocupó a la vera de la mesita su sitio, y gozoso del papel familiar que desempeñaba, tiró de periódico y dio comienzo a la lectura, en el pasaje que su buena esposa le indicaba: Capítulo tantos de El último veterano; La Condesa de Harleville y el Mayordomo, por E. M. de Saint-Hilaire.

Guiando su vista con el dedo índice que de línea en línea resbalaba, el gran O'Donnell leía:

«Uno de los testigos prestó su sable a nuestro joven, que no decía una palabra; pero apenas se pusieron en guardia, cuando Monsieur Massenot conoció que el artillero, a pesar de ser boquirrubio, sería para él un adversario temible. En efecto: en el momento en que Mr. Massenot se aprestaba a introducir con una estocada recta seis pulgadas de hoja en el estómago del rubio, este ejecutó con su sable un molinete tan rápido, que se hubiera dicho que era un sol de fuegos artificiales».»

-¡Qué bien! -exclamó doña Manuela con júbilo-. Ese rubio, ya te acuerdas, es aquel artillerito que vino de la Bretaña disfrazado de buhonero. Por las trazas es hijo natural de la Condesa... Adelante.

-«Mariscal en jefe de los alojamientos, recoged vuestra nariz -le dijo el artillero con tranquilidad-, y otra vez sed más amable con vuestros inferiores». -Estas fueron las únicas palabras que pronunció el rubio.

-Según eso -observó doña Manuela-, ¿le cortó la nariz?

-Así parece... Y bien claro lo dice: «El rostro de Massenot se cubrió de sangre, que corría como dos arroyos sobre sus mostachos grisáceos».

-Me alegro, Leopoldo... Ande, y que vuelva por otra. Ahora veamos lo que sigue contando Harleville.

-A eso vamos: «Pues bien, mi querido acuchillado -dijo Harleville-, esa desgraciada aventura no corrigió al mayor Massenot, porque en 1815, antes del regreso de nuestro Emperador, se encontraba una tarde en el café Lamblin, en Palais Royal, sentado enfrente de un oficial de Dragones...».

Interrumpió doña Manuela la lectura incorporándose y atendiendo a ruidos que venían del interior de la casa.

-No han llamado -dijo el de Lucena-; sigamos: «enfrente de un oficial de Dragones, a medio sueldo como él...».

Sí que habían llamado, y también habían abierto. Oyeron doña Manuela y su marido los pasos de la doncella, que después de un discreto golpe con los nudillos, entró con un pliego en la mano, y dijo: «Esto trae un señor de Palacio...».

Levantose O'Donnell, y cogido el pliego abriolo despacio, y leyó para sí. Impaciente doña Manuela, quería echarse de la cama con esta ardorosa pregunta: «¿Qué, Leopoldo?... ¿Ya...?

-Sí, ya -replicó el grande hombre imperturbable.

-¡A esta hora! ¿No son ya las doce?

-Su Majestad no quiere que pase la noche sin hablar conmigo... Pronto... A Matías, que saque mi uniforme. Voy a vestirme».

Hizo doña Manuela por levantarse, movida de la gran vibración nerviosa y del cerebral tumulto que aquel repentino suceso en ella promovía. Mas el General le ordenó que siguiese en la cama, y con tranquilo acento le dijo al despedirse: «Creo que volveré pronto. Si cuando yo vuelva estás desvelada, seguiremos leyendo... Hay que ver si recobra su libertad la Condesa, y en qué para ese boquirrubio... Hasta luego».


Capítulo XXII